domingo, 25 de marzo de 2018

LECTURAS DEL PASADO INVIERNO (2018)

Me está impresionando tanto este libro que me cuesta ordenar mis ideas con respecto a él. Empezaré por el modo en que tuve noticias de su existencia: una breve reseña radiofónica me alertó sobre la publicación de lo que, según me pareció, era una obra autobiográfica en la que la autora británica Olivia Laing contaba su experiencia cuando, tras una ruptura amorosa, se encontró sola y a miles de kilómetros de distancia de su país. Esa “ciudad solitaria” a la que alude el título no es otra que Nueva York, metrópoli bullente y llena de vida en la que, por contraste, la sensación de orfandad de la escritora cobró un especial realce. Me hice con el libro y pronto descubrí que era lo que había esperado y mucho más. La ciudad solitaria es una indagación sobre el sentimiento de soledad y sus consecuencias en el arte. En sus páginas me he encontrado con personajes a los que conocía sobradamente (Hopper, Warhol, Greta Garbo), pero también he descubierto a otros desconocidos para mí, artistas en ocasiones marginales que no alcanzaron la proyección de los antes nombrados y que combatieron sus respectivos desamparos por medio de la música, la fotografía, la escritura. Y, sobre todo, el libro es un repertorio de las distintas caras de la soledad: la conciencia de ser distinto y no encajar, la frustración de entregarse a una labor que nadie valora, la carencia de una vida familiar normal desde la infancia, la no identificación con las formas de sexualidad admitidas por la sociedad conservadora, el estigma de una enfermedad que se considera vergonzosa. Es un libro impresionante, que a ratos sobrecoge, pero que a la vez conforta por lo que tiene de puesta en común de las necesidades sociales y afectivas ―no siempre satisfechas― que laten en el fondo de todo ser humano.

2017 ha sido para mí el Año Murakami y lo he terminado con la lectura de esta novela de título desconcertante (lo reconozco: si hubiera estado firmada por otro, no me habría animado a averiguar qué se escondía tras una denominación tan disuasoria). Pero la caza de la que habla el título no es lo que parece y la novela ha resultado, para mi sorpresa, la más tierna y conmovedora de cuantas he leído de este autor hasta el momento. El protagonista es, como no podría ser de otra forma, un joven desubicado y sin ambiciones, al que la vida trae y lleva sin que sea capaz de oponer resistencia. Pero este tipo humano al que los lectores de Murakami conocemos tan bien es, en esta ocasión, especialmente cálido y entrañable: un personaje sencillo y sentimental, tan carente de pretensiones que no tiene ni nombre, y que se embarca en una estrafalaria aventura que, en última instancia, lo lleva a bucear en su propio pasado y en la amistad perdida. La historia parte de una premisa muy loca, pero si el lector está dispuesto a asumirla (y no hay amante de Murakami que no esté deseando creer a pies juntillas las realidades más descabelladas), se unirá a una trama de investigación clásica, en la que las piezas se van engarzando hasta llegar a la resolución del misterio (todo lo que los misterios de este autor llegan a resolverse, claro está). La caza del carnero salvaje tiene además una recreación de espacios llena de encanto y sugerencia: la ciudad que crece a base de eliminar el mar y la casa aislada en mitad de la nieve son dos paisajes inolvidables dentro de ese álbum de lugares insólitos que los que leemos habitualmente a este autor vamos llenando de imágenes.

Voy a escribir una reseña previa a la lectura. No suelo hacerlo, pero es que este libro es de los que se empieza a disfrutar ya antes de leerlo. El tacto de sus páginas, el diseño de su cubierta, la consistencia de sus tapas, la variedad de su índice: la editorial Impedimenta se encarga de que el placer de la lectura se diversifique y amplíe. En esta ocasión, pone a disposición de sus entregados lectores una antología de relatos de fantasmas escritos por autoras victorianas, algunas tan conocidas como Charlotte Brontë y Elisabeth Gaskell, pero la mayoría olvidadas; se trata de textos que aparecieron en su día intercalados en historias más largas o publicados en la prensa, con lo que resultarían imposibles de encontrar por otras vías. La edición tiene además un atractivo inesperado, que descubrí tras quitarle el precinto al ejemplar: la inclusión de dos recortables para crear sendas “criaturitas fantasmales”, figuras que evocan dos muñecas victorianas de ojos vacíos que acunan en sus brazos, respectivamente, una calavera y un siniestro muñeco vestido de payaso. Según las instrucciones que las acompañan, basta recortarlas e introducir un cordel por las aberturas para montar «tu propia Muñeca Maléfica Fatal». ¿Su función? «Asustar a las visitas. Atemorizar a las tías». Qué grandes son los amigos de Impedimenta. Cómo me hacen disfrutar. Y eso que todavía no he empezado la lectura.

Es siempre agradable encontrarse a un viejo amigo; lo es más todavía encontrárselo por sorpresa. Es lo que me ha ocurrido a mí con Patrick Modiano, que firma el prólogo de estas memorias noveladas de Françoise Frenkel en las que se repasan los duros años del germen y el triunfo del nazismo, así como sus consecuencias en la vida de esta judía de nacionalidad polaca que había concebido la singular ―en ese momento histórico― idea de abrir una librería francesa en Berlín. El título de esta edición castellana despista un tanto con respecto al contenido. El original, Rien où poser sa tête, recoge mucho mejor el sentimiento de desarraigo y de inseguridad de la protagonista, en constante huida y búsqueda de refugio durante dos décadas de su existencia, que coinciden precisamente con uno de los momentos más convulsos de la historia europea. Pero volvamos a Modiano: con su sensibilidad habitual, nos pone en antecedentes de lo que el libro de Frenkel nos va a ofrecer y lo hace con una imagen preciosa. De la existencia real de la autora quedan muy pocos datos (documentos legales, resguardos de la confiscación de sus pertenencias); Françoise Frenkel es una sombra fugaz que nos deja, sin embargo, un vívido testimonio de sus angustias y contratiempos. Según dice Modiano en su prólogo, la relación que establece el lector con este libro es como la que se produce en los trenes de madrugada, cuando se entabla conversación y se intima con un completo desconocido al que, somos conscientes, le perderemos la pista a la mañana siguiente, pese a lo cual quedarán resonando en nosotros las confidencias compartidas.

Me encanta husmear en los mecanismos mentales de los escritores, en sus hábitos y métodos y en el sistema que emplean ―si es que se puede hablar de “sistema”― para poner en pie sus creaciones. En el caso de este libro, el placer es doble, porque se trata de indagar en el proceso creativo de un autor especialmente querido por mí y de cuya obra conozco una gran parte. Me atreveré a decir que, leyendo De qué hablo cuando hablo de escribir, he tenido la sensación de estar dialogando con un conocido (¿un amigo?) que repasaba conmigo un territorio sobradamente familiar para ambos, dándome nuevas claves para su interpretación. Este japonés solitario y de hábitos sencillos, tan parecido a sus personajes, es el fundador de un universo fascinante, en el que lo insólito y lo cotidiano se funden de una manera tan peculiar que no encuentro parangón en lo que conozco de literatura; sin embargo, la explicación de sus procesos creadores es simple y diáfana: se diría que se trata de un manual para realizar una actividad manual o física (no es gratuito el paralelismo del título con De qué hablo cuando hablo de correr, del mismo autor). Con voz nada engolada, en las antípodas del autor poseído de su éxito, Murakami repasa los ingredientes de su fórmula como escritor: la creación de personajes, el uso del lenguaje, el empleo de las propias experiencias, la reinterpretación de la realidad. Todo un placer compartir sus secretos. Y, ¿qué más puedo decir? Siento ahora unas tremendas ganas de leer alguna de las novelas suyas que tengo pendientes. Se veía venir.

El amigo que me regaló este libro me previno de que me iba a hacer enfadar. También de que me iba a causar más de una desilusión. Afronté por ello su lectura con mucha prudencia, respirando hondo y sorteando las fáciles reacciones emocionales que me suscitaba. Porque La aritmética del patriarcado es un repaso del concepto de la mujer a lo largo de la historia, un repertorio de los defectos, flaquezas y síntomas de inferioridad que los grandes, medianos y pequeños hombres de todas las épocas (por desgracia, algunos de ellos muy grandes)  han esgrimido para perpetuar su firme posición en una sociedad patriarcal. Por fortuna, la autora del ensayo, la filóloga y escritora Yadira Calvo, emplea dos armas utilísimas que ayudan a sobrellevar la lectura sin más sobresaltos de los imprescindibles: la ironía y el sentido del humor. Con su agudo punto de vista, repasamos las mediciones cerebrales, las asociaciones entre incapacidad intelectual y aparato reproductor, la glorificación de la maternidad como único objetivo de la hembra humana, y demás teorías que han desembocado en la asignación a la mujer del papel de retrasada, hermana menor, musa, objeto transformable a voluntad del hombre, pero nunca de colega equiparable a su compañero varón. Desde Aristóteles hasta Darwin, desde Kant hasta Ortega y Gasset, los grandes cerebros masculinos se han esmerado en encontrar razones fisiológicas, psicológicas, espirituales, filosóficas y estéticas que justificaran este desfase. De la mano de Yadira Calvo, es fácil asombrarse e indignarse, pero también relajarse con el poder de la ironía y, sobre todo, es fácil aprender del pasado y reflexionar sobre sus efectos en el presente y su proyección hacia el porvenir.

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