sábado, 1 de julio de 2017

LOS CUADROS DE JUNIO (2017)

He aquí mi último descubrimiento: el pintor e ilustrador chileno Federico Infante, un artista muy joven (nacido en 1982) que tiene ya en su haber una considerable obra gráfica en la que explora el mundo de los sentimientos, la intimidad y el subconsciente. Son frecuentes las referencias a él como “pintor surrealista”; de hecho, según su propio testimonio, su técnica consiste en cubrir el lienzo con varias capas de pintura acrílica que después rasca para ir sacando de su interior las imágenes, en un proceso de total libertad, al margen de las ataduras de la razón. Elegir una sola de las obras de este artista sugerente en grado superlativo ha sido tarea difícil: me gustan todas, todas me emocionan o me conmueven o me remiten a mi mundo interior. Sus cuadros presentan espacios cercanos a la abstracción, en los que aparecen personajes solitarios concentrados en tareas, a veces insignificantes, que cobran sin embargo una gran trascendencia. Me gustan de forma especial los que, como el que encabeza estas líneas, recrean figuras femeninas que se repiten en un curioso eco visual. La mujer se arregla el vestido en un escorzo que nos impide identificar sus rasgos más personales; el paisaje arbolado que la rodea pierde definición en la zona inferior del lienzo, donde parece derretirse: es un mundo a la vez material e intangible, un espacio para el pensamiento y la reflexión, para las búsquedas personales, en el que esta mujer triplicada nos representa un poco a todos.


No es la primera ni la segunda vez que el estadounidense Andrew Wyeth comparece en esta sección. Sospecho que no será la última. Se trata de un pintor dotado de la capacidad de prestar un significado especial a los elementos cotidianos: es la virtud que distingue a los grandes realistas. Las ventanas ocupan un lugar privilegiado en su obra; son, se me ocurre, trasuntos de esa mirada atenta del artista, abierta hacia el mundo exterior, pero a la vez conectada con la propia sensibilidad. Hoy traigo aquí su cuadro titulado Viento del mar y lo hago por razones circunstanciales. Para afrontar la ola de calor que nos aplasta un año más por estos lares, he buscado consuelo en la pintura y he encontrado este hermoso retrato de lo intangible, de esa brisa que mueve el visillo y que es la protagonista del cuadro. El mar, apenas visible en una esquina del paisaje exterior, es más una presencia adivinada que una realidad. Pintura de lo sutil hasta en el título: lo que no se toca, lo que no se ve, ocupan un lugar de privilegio. Un canto al frescor, al alivio, a la vida; a lo que deseamos sin verlo, a lo que presentimos y anhelamos.


El pasado domingo visité en el Palacio Real la exposición Carlos III. Majestad y ornato. En ella me encontré con una joya inesperada: la colección de pinturas titulada Tipos populares, obra de Lorenzo Tiepolo, el menor de los hijos del gran Giambattista. Fue para mí un doble descubrimiento. En primer lugar, porque ignoraba que el apellido Tiepolo englobaba a varios artistas de la misma familia; en segundo, porque dicha colección es una deliciosa galería de personajes retratados con agudeza y elegancia. Elijo el cuadro que más llamó mi atención, el titulado Tipos populares y joven con abanico. Lo primero que atrapa de él es la exquisita técnica del pastel y el delicado colorido, la contraposición de los tonos claros y oscuros que distinguen a los personajes femeninos y a los masculinos del primer término. Pero hay algo más allá de la reproducción cuidadosa de tipos extraídos del Madrid de la época. Lo realmente interesante de este cuadro es la composición, la curiosa acumulación de rostros, algunos de los cuales se escapan de los límites del lienzo. El precioso abanico central sirve de eje en torno al cual se articulan una serie de personajes con un complejo juego de miradas: unos se observan entre ellos, alguno mira hacia un punto indeterminado, otros clavan sus ojos en nosotros. Lo más inquietante, sin duda, son esos rostros fragmentarios que consiguen asomarse apenas, como observando nuestro presente desde un tiempo y un espacio al margen de la realidad. Dos detalles sólo de esta obra a la vez tan clásica y desconcertante: el ojo azul de la muchacha del lazo amarillo que nos mira con fijeza desde el fondo del cuadro y las dos figuras femeninas con el abanico desplegado, en un extraño juego de duplicidad que nos hace pensar en un ser humano secundado por una misteriosa doble.

Robert Campin es uno de los grandes maestros de una época y un lugar en el que hubo un buen número de ellos. Su carta de presentación ―la pericia técnica, el detallismo, el estudio minucioso de las texturas― son los rasgos habituales de los primitivos flamencos, pero los cuadros que realizó o que la posteridad le ha atribuido tienen algo que los singulariza dentro del rico panorama de su época: un delicado juego de miradas y actitudes, que dota a sus personajes de una extraordinaria vitalidad. Retrato de una mujer es un ejemplo de esta gran capacidad del artista para crear vida con sus pinceles. Recortada sobre un fondo negro que nos obliga a concentrar nuestra atención en ella, la figura femenina está tratada con exquisita atención a los detalles: las manos cruzadas que asoman apenas de las mangas, la sortija con su piedra brillante, los alfileres que sujetan primorosamente la toca blanca, reproducida con increíble realismo. Esta mujer de expresión ensimismada y preciosos ojos grises mira algo que está a la vez en el exterior del cuadro y en su propio interior. Es un prodigio de sutileza y de unión de contrarios; totalmente anclada en su siglo por su atavío y su actitud, es a la vez un ser humano que late en el lienzo y al que sentimos cercano a nosotros.

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