jueves, 20 de abril de 2017

PECADORAS ARREPENTIDAS (II)

El pasado mes de septiembre publiqué una primera entrada sobre las representaciones pictóricas de la figura de María Magdalena. La componían tres visiones alejadas entre sí pero que se movían dentro de los parámetros clásicos: Magdalenas elegantes, bellas, sufrientes, comedidas en su dolor. Añado ahora una nueva entrega, en la que se incluyen obras de artistas más recientes o al menos de concepciones más modernas, que nos ofrecen versiones alejadas de los cánones tradicionales, sorprendentes e incluso rompedoras. El personaje dolorido y abnegado de épocas anteriores se contagia de una nueva visión del papel de la mujer.


Jules Joseph Lefevre es un pintor academicista francés que con frecuencia encuentra motivo de inspiración en figuras femeninas míticas e históricas. Realizó varias versiones del personaje de María Magdalena, pero en ninguna de ellas llegó tan lejos como aquí a la hora de resaltar su belleza y sensualidad. Esta María Magdalena en la gruta se centra en principio en la faceta de penitente de nuestra protagonista, que se nos muestra alejada del mundo, viviendo en contacto con la naturaleza en un acto de expiación de su pasado; sin embargo, no creo pecar de desconfiada si pongo en duda las piadosas intenciones de Lefevre, que con sus pinceles crea una de las mujeres más carnales y sugestivas de la pintura del XIX. Esta María Magdalena parece contagiada más bien de las visiones tradicionales de la diosa Venus: yacente y desnuda, en una actitud que lo mismo puede ser de tristeza que de desmayo amoroso, rodeada de un paisaje más exuberante que el habitual desierto, es un hermoso canto a la juventud y al goce de los sentidos.


El pintor finlandés Albert Edelfelt nos presenta a un personaje femenino muy joven y atormentado, sumido en oscuros pensamientos o a merced de terribles acontecimientos que contrastan con su fragilidad; una Ofelia tal vez, enfrentada a los fantasmas de su propia locura. La indumentaria ―contemporánea a su autor― y la falta de referencias espaciales derivada del hecho de tratarse de un esbozo, terminan de redondear una visión nueva e inesperada de nuestra pecadora arrepentida. Si buscamos información, descubriremos que se trata de un apunte para el cuadro Cristo y María Magdalena. Edelfelt reinterpreta el personaje tradicional y lo dota de ternura y vulnerabilidad, de hondura y recogimiento. Esta Magdalena de mirada ensimismada nos parece sincera en su dolor y a la vez nos conmueve por su aire infantil y su desvalimiento.


Una sensualidad explícita y oscura se da la mano con el componente onírico en esta peculiar reinvención del mito realizada por el pintor búlgaro Goshka Datzov. El sueño de María Magdalena explota el tema de la relación entre la pecadora y Jesucristo, decantándose claramente hacia el terreno de lo erótico. Esta mujer que nos oculta el rostro y nos muestra su cuerpo semidesnudo aparece poseída por una pasión que apenas se sugería en representaciones más antiguas. Las enérgicas pinceladas que componen las figuras y su entorno parecen dominadas por idéntico arrebato. Es la única en esta galería de mujeres solitarias que está acompañada, aunque la luminosa figura masculina que la flanquea no pertenece al territorio de lo real, sino que es fruto de su imaginación y su anhelo: esta Magdalena sombría y perturbadora se mueve así en el terreno del sueño, de la prohibición, del deseo.

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