sábado, 11 de febrero de 2017

DESTELLOS

Encontrar tiempo para escribir en este espacio me resulta casi una proeza en los últimos tiempos (¿por qué el mes de febrero me viene siempre así, húmedo, desapacible y atareado?). Me limitaré por ello a reflejar aquí un breve destello poético que me ha sorprendido en los últimos días. El avance implacable del reloj no me da margen para nada más.

En una entrada del mes pasado titulada Versos esenciales, me refería a un relato de Lucia Berlin en el que un personaje proponía a la protagonista buscar versos que encerraran la esencia de la vida. Entre los que esta última recordaba, figuraba uno impactante del poeta británico Dylan Thomas: «No entres dócilmente en esa noche quieta».

Apenas unos días después de escribir la entrada a la que me acabo de referir, me encontré con el mismo verso en una obra de corte bien distinto, La carne de Rosa Montero. Una de esas felices casualidades que de vez en cuando nos brinda la literatura. Su protagonista, una mujer de sesenta años que se deja llevar por la pasión con la misma intensidad que en su juventud (¿es que hay alguna diferencia?, parece preguntarse la autora, y yo con ella) está pasando por el amargo trance de ver como su último amante ―tal vez el último que le deparará la vida― se aleja para siempre. La temida sensación de vejez se le hace de pronto corpórea, palpable. Y alcanza una formulación estremecedora en este pasaje del poeta galés: «No entres dócilmente en esa larga noche, / la vejez debería arder y enfurecerse al concluir el día, / rabia, rabia contra la muerte de la Luz».

Breves, contundentes, impactantes destellos. Todo lo que me permite en este mes de febrero el feroz mecanismo del tiempo.

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