sábado, 26 de noviembre de 2016

MUNDOS PARALELOS

A veces sucede que las palabras de un amigo nos remiten a las que otro nos dijo tiempo atrás. Se produce entonces un momento mágico, la sensación de que los cerebros están conectados, de que se está reanudando una conversación interrumpida, cuyos interlocutores no son los mismos, pero cuya esencia permanece inmutable.

También sucede de vez en cuando que los escritores ―amigos, al fin y al cabo― nos hablen de cosas semejantes. Es un efecto curioso: nos los imaginamos poniéndose de acuerdo y acercándose a nuestra cabeza inclinada sobre el libro para susurrarnos, cada uno por un oído, dos ideas parejas. Cuando esto lo hacen dos de tus escritores más queridos, se experimenta la maravillosa sensación de estar muy bien rodeado.

Patrick Modiano me lo dijo hace unos meses, en su novela Accidente nocturno:
 
«Había leído no sé dónde ―a lo mejor era una nota a pie de página de “Las maravillas celestes”― que a algunas horas de la noche puede uno meterse en un mundo paralelo: un piso vacío en donde se ha quedado la luz encendida e incluso una callejuela sin salida. Nos encontramos allí con objetos extraviados hace mucho: un talismán de la suerte, una carta, un paraguas, una llave, y los gatos, los perros o los caballos que perdimos según pasaba la vida».

Haruki Murakami ha insistido hace unas semanas, en este pasaje de Kafka en la orilla:
 
«Junto al mundo que habitamos existe otro mundo paralelo. Hasta cierto punto es posible penetrar en él y regresar después sano y salvo. Si prestas la debida atención. Pero, en cuanto traspasas cierto punto, entonces ya es imposible el retorno. Pierdes el camino. Es el laberinto.»

Estos mundos paralelos de los que hablan mis queridos Patrick y Haruki se tiñen en cada caso, claro está, de su sello personal: el del recuerdo en el caso del francés, el de las misteriosas conexiones entre realidades en el del japonés. Modiano abre un túnel hacia el pasado; Murakami, ventanas hacia la fantasía. Creo que ambos tienen razón. Ese mundo paralelo en el que refugiarse existe. El mío se alimenta de gente como ellos: se llama lectura.

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