sábado, 3 de septiembre de 2016

LOS CUADROS DE AGOSTO (2016)

Estos elegantes personajes que se disponen a salir de caza como si iniciaran una coreografía son el emblema del mes de agosto en el libro de horas Très Riches Heures du Duc de Berry, iluminado a mediados del siglo XV por un extraordinario pintor anónimo. Es insólito que se cuele entre mis obras favoritas una que plasma una escena de cacería, pero no hay nada en esta imagen que resulte brutal o violento; cuesta imaginarse el pausado ritmo de tan refinado séquito alterado por la aparición de una fiera, de igual manera que los perros y las rapaces que acompañan a los humanos parecen tener una función ornamental, como los tocados de las damas o los adornos de las caballerías. Nada menos sangriento que este cortejo de figuras que se enlazan unas con otras con increíbles equilibrio y armonía. Como buena hija de su época, esta miniatura está llena de detalles candorosos y encantadores: la representación del sol como un anciano con barba que, curiosamente, parece conducir un carromato de cómico ambulante; los símbolos de Leo y Virgo recortados sobre un cielo estrellado; la ciudadela de cuento de hadas que se levanta en el horizonte; las ingenuas representaciones de la siega y de los bañistas en el río. Un mundo irreal, artificioso, en el que todos ocupan sin esfuerzo el sitio que se les asigna por nacimiento, plasmado por la mano experta de un artista con un especial sentido de la composición y capaz de crear los azules más hermosos que he visto nunca.

 
Una de las alegrías que me ha brindado mi reciente viaje a Berlín ha sido la oportunidad de dialogar largo y tendido (y en ocasiones en solitario) con un pintor que me fascina. Tenía una cita con él en el Alte Nationalgalerie, museo consagrado por entero al arte del siglo XIX, pero también tuve un encuentro no esperado en uno de los pabellones del Palacio de Charlottenburg. Caspar David Friedrich me salía al encuentro, y lo hacía con cuadros que había visto muchas veces a través de reproducciones y con alguno que no conocía. Esto último me sucedió con el que traigo hoy a esta sección, Dos hombres junto al mar contemplando la luna. Era un cuadro nuevo para mí, pero que me produjo una sensación de enorme familiaridad, por ser uno de los innumerables paisajes de su autor en los que personajes de reducidas dimensiones, situados de espaldas al espectador, se enfrentan a la grandiosidad de la naturaleza. El contraste entre lo desmesurado del entorno natural y la pequeñez de la figura humana expresa con increíble eficacia el sentimiento de soledad del hombre perdido en el infinito, la melancolía o la angustia de un ser mortal frente al universo que le sobrevivirá. Dos hombres junto al mar se orienta más hacia el terreno de lo melancólico, con la serenidad del reflejo lunar extendiéndose sobre las aguas y la actitud contemplativa de los dos protagonistas. Estos presentan además la peculiaridad de la enorme semejanza de su porte e indumentaria; se diría que son un mismo individuo desdoblado que contempla, desde dos puntos de vista distintos, los grandes problemas de su existencia. El paisaje marino, nocturno y apacible, se resuelve con una bellísima gradación de ocres y dorados. En momentos así, Friedrich se sitúa a escasa distancia de la abstracción y es capaz de expresar con hondura y libertad absoluta –como lo haría la música— esos sentimientos que nos agitan por dentro y a los que resulta tan difícil ponerles nombre.

Las Metamorfosis de Ovidio son una extraordinaria fuente de motivos para los pintores renacentistas y barrocos. El personaje representado de forma más recalcitrante, y nunca bajo su propia apariencia, es el del dios supremo del Olimpo, capaz de adoptar innumerables formas ―cisne, lluvia de oro, águila, nube― para amar a los mortales que son objeto de su capricho. El pintor italiano Antonio Allegri da Corregio (1489-1534) elige precisamente esta última opción, tal vez la que supone un mayor desafío técnico, y muestra el encuentro amoroso entre el dios transformado en nube y su amada en Júpiter e Io. Se trata de un cuadro prodigioso, que se salta de golpe tres siglos y nos remite a la perfección en el tratamiento de las texturas que alcanzarán los pintores academicistas del XIX (de no ser por el tipo femenino, tan adscrito a los cánones del Renacimiento, uno esperaría encontrarlo firmado, por ejemplo, por Bouguereau). Júpiter e Io es un cuadro de enorme dinamismo, gracias sobre todo a la diagonal que preside la composición y que sitúa a la mujer en una actitud de profundo desequilibrio. Es esa línea diagonal la que divide el lienzo en dos mitades contrapuestas en tonalidades e iluminación: la claridad del cuerpo femenino, dispuesto sobre una reluciente tela blanca, y la oscuridad de la sombra que se cierne sobre él, en la que se adivinan un rostro y un brazo vagamente humanos. El contraste entre el suave abandono de Io y la amenazadora indefinición de la nube que la envuelve es estremecedor. Alejado de representaciones mitológicas estereotipadas, Correggio dota de inmediatez y dramatismo a la vieja historia fabulosa; gracias a artistas como él, los mitos estarán siempre vivos.

El año pasado por estas fechas tuve ocasión de admirar uno de los más hermosos claros de luna sobre el mar de los que guardo recuerdo (y aficionada como soy a dejar pasar el tiempo frente a las olas, esto es decir mucho). Cuando vi este paisaje de Darío de Regoyos, me dejé llevar de inmediato por la nostalgia y supe que tenía que terminar con él la selección de cuadros de este mes de agosto que se escapa. La playa de Almería de noche es un lienzo limpio y sencillo como su título, pero a la vez, como suele suceder en los proyectos en apariencia simples de los grandes maestros, oculta una importante dosis de sabiduría. Esta escena casi monocroma está llena de detalles en los que nuestra mirada puede recrearse. Véase por ejemplo el juego de los reflejos: el rastro brillante creado por la luna, que se derrama sobre las aguas profundas, sobre la blancura de las olas y sobre la arena mojada; en contraste, el pequeño y compacto sendero que un foco de luz, tal vez el de un faro, dibuja en la orilla contraria a la nuestra. La parte más negra del firmamento está tachonada de estrellas, de igual forma que en alta mar la oscuridad queda rota por un lejano resplandor, proveniente quizá de una barca de pescadores. La paleta del artista viaja desde el blanco resplandeciente hasta la negrura más profunda con sorprendente facilidad, en una gradación sin estridencias. Sombras y luces se alternan en una escena plácida, que invita a la contemplación y a la serenidad, y también ―por qué no― a la evocación de paisajes semejantes que nos han conmovido en la vida real.

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