sábado, 19 de marzo de 2016

CUANDO LA LLUVIA NO ES BELLA

Llueve. Despertarme con el golpear de las gotas de lluvia contra la ventana es normalmente para mí una buena noticia. He escrito a menudo en este blog sobre el efecto regenerador de la lluvia: aparte de sus obvias ventajas prácticas, el agua caída del cielo es una fuente de belleza y alivio para los que, en contra del sentir popular, no pensamos que el tiempo lluvioso sea mal tiempo. Pero hoy no. Hoy el repiqueteo de las gotas en la ventana me llena de malestar.

Hace cuatro días se cumplió el quinto aniversario del inicio de la guerra en Siria. Tiempo suficiente para que existan mentes infantiles incapaces de concebir otro mundo que no sea el de la violencia, la provisionalidad y la huida; tiempo suficiente para que una confortable anestesia nos prive de sentir horror frente a lo que dista mucho ya de ser noticia. Con motivo de la efemérides, hubo una constante presencia en los medios de ese escenario del espanto que es el campamento de refugiados de Idomeni, en la frontera entre Grecia y Macedonia.

Nunca veo las noticias en televisión. No sé si por cuestiones prácticas ―paso bastante tiempo al volante― o porque el peso de las imágenes me resulta insoportable, pero el caso es que mi contacto con la actualidad suele venir a través de la palabra hablada. Y ésta tiene en ocasiones un poder avasallador: el de propiciar en nuestro cerebro la reconstrucción de los hechos, de los espacios y los rostros con la perspectiva que más nos sobrecoge. Nos volvemos los directores de una película que nos sacude por dentro y que nadie más puede ver.

El martes pasado me encontré al despertar en el campamento de Idomeni. Un locutor que me acompaña habitualmente durante los primeros momentos del día se había trasladado allí e intentaba transmitir por las ondas el inefable paisaje que lo rodeaba. Gentes hacinadas, tiendas de campaña, desperdicios, suelos de barro. Y, cubriéndolo todo, una lluvia tenue, constante, calando hasta el último resquicio con la terca insistencia de una enfermedad que se ha vuelto crónica.

Hoy miro la lluvia con otros ojos. No veo suelos como espejos ni plantas que despliegan sus hojas para recibir energía renovada. Veo suelos encharcados, horizontes negros y pesados que no dejan resquicio a la esperanza, nubes cerradas como fronteras frente a las cuales mueren las ilusiones de una vida mejor. Esta lluvia que golpea hoy mi ventana no tiene un ritmo juguetón. Golpea terca y sin tregua, tragándose los otros ruidos de la vida, la voz de los que piden ayuda, el eco de nuestras propias conciencias. 

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