miércoles, 23 de septiembre de 2015

LECTURAS DEL PASADO VERANO (2015)

Desde hace meses, tenía sobre la mesilla de noche las fotocopias de un par de relatos de Alice Munro. Cuando esta escritora recibió el premio Nobel hace ya casi dos años, me llegaron textos suyos por diversas vías: enlaces a páginas web, copias impresas de cuentos que circulaban por la red. Yo nunca había leído nada de esta autora, lo confieso. Pero mi primer contacto con uno de sus textos ―un relato perteneciente a su libro Demasiada felicidad, que un amigo me envió para conocer mi opinión― me impulsó a subsanar tan imperdonable vacío y a leer obras completas. En cambio, estos dos cuentos de los que hablo se traspapelaron. Anduvieron rondando por mi casa hasta que los rescaté y los coloqué sobre la mesilla de noche, en ese abultado montón de los que esperan a ser leídos. A ellos les tocó esperar mucho. Hará un par de semanas, en medio del maremágnum de final de curso, me encontré con un rato libre inesperado y busqué algo breve para leer. ¿Relatos independientes? Nada mejor. Me sumergí así de nuevo en el mundo turbio, inquietante, de esta escritora peculiar. Personajes que bajo su plácida apariencia arrastran el pesado lastre de una culpa, de un secreto inconfesable. Confortables rutinas domésticas en las que se abren fisuras que conducen directamente al malestar, a las pasiones malsanas, al horror. Los cuentos de Alice Munro son como la vida: uno tiene siempre la sensación de que no comprende del todo, de que hay algo más allá de lo que aparentemente sucede. Cuando terminé con las fotocopias, me informé de a qué libro pertenecían los dos relatos que acababa de leer. Ya lo tengo en mi mesilla, aguardando a ser leído: El amor de una mujer generosa. Esta vez, la espera será mucho más breve.

Admiro a Alice Munro por varias razones que, en el fondo, se reducen a una sola: es una autora que no cae jamás en la tentación de lo fácil. Y con esto me refiero, en primer lugar, al afán del escritor de crear en su obra un mundo cerrado, artificioso, en el que todas las piezas encajen con precisión matemática, para deslumbrar al lector con su oficio narrativo y la sólida construcción de sus ficciones. Los relatos de Munro son abiertos e imprecisos como lo es la vida; sus historias desbordan las páginas del libro y parecen correr por debajo como una corriente subterránea que el lector jamás llega a abarcar del todo, pero cuyo rumor le acompaña a lo largo de la lectura. Tampoco cae esta autora en la tentación de ganarse a base de complicidad sentimental la benevolencia del que se acerca a sus creaciones. Los personajes de Munro no reaccionan como esperamos o como nos gustaría que lo hicieran: son impertérritos cuando nosotros nos exaltaríamos; no aman necesariamente a quienes están ligados a ellos por lazos que nuestra sociedad considera sagrados e inmutables. Son, por ello, personajes incómodos, con los que resulta difícil confesar que uno puede, en un momento dado, sentir identificación. Por todo esto, Alice Munro me parece una escritora valiente, que se atreve con los resquicios más inseguros, inconfesables, del ser humano, sin buscar tampoco el efectismo o la provocación. El último de los relatos de El amor de una mujer generosa me parece especialmente significativo en este sentido: El sueño de mi madre es la crónica del difícil proceso de adaptación entre un bebé que rechaza a su madre y una madre que no siente el esperable amor por su bebé. Un relato sorprendente que explora, como yo nunca lo había leído, los terrenos resbaladizos de lo que realmente somos, frente al modelo que nos han inculcado de lo que debemos ser.

«Se supone que debería escribir sobre lo acontecido a partir de 1979, pero mis pensamientos franquean ese límite y vuelan hasta esa tarde otoñal de 1969 en que resplandecía el sol, brillaban los crisantemos amarillos y los gansos salvajes iban hacia el sur». Este es el poético comienzo de Cambios, el libro autobiográfico en el que el escritor chino Mo Yan recrea los primeros años de su existencia. Este párrafo inicial recoge a la perfección la idea central del libro: el carácter volátil y antojadizo de los recuerdos, que se encadenan a su antojo, acuden sin que se les llame o huyen de la cabeza del que se empeña en convocarlos. La primera anécdota relatada es también muy reveladora: un pequeño colegial que ha sido expulsado de la escuela por una falta que no ha cometido se cuela en el patio para observar fascinado los juegos de sus compañeros, de los que ha sido tan injustamente excluido. Conocemos así al joven protagonista, un niño sin grandes dotes ni fortuna, que solo llama la atención de sus mayores para mal y que con frecuencia carga con problemas que no ha buscado. Seguiremos sus pasos hacia la adolescencia y la juventud, en plena Revolución Cultural; seremos testigos de sus intentos por salir de la vida pequeña de su aldea y de su anhelo de conseguir algo más grande que él mismo no es capaz de precisar. Las peripecias de este muchacho componen la trama de este libro liviano, optimista, entrañable, que Mo Yan decide construir, frente a la dureza del marco histórico, dando prioridad al humor y a la esperanza.
 
Dicen que Patrick Modiano escribe siempre la misma novela. No seré yo quien le reproche el evidente parecido entre sus obras, teniendo en cuenta lo mucho que me afectan e inspiran sus temas recurrentes: el deseo de recuperar el pasado, la añoranza de la juventud, la búsqueda de asideros en una existencia que se manifiesta tan compleja e indescifrable como el laberinto de calles de París que sus personajes recorren insistentemente mientras se buscan, se pierden, se encuentran e intentan en vano conocerse. La hierba de las noches recoge múltiples elementos de En el café de la juventud perdida y Calle de las Tiendas Oscuras, las dos novelas de este autor que he leído hasta el momento: el protagonista desorientado que se esfuerza por comprender desde la distancia los hechos que vivió de joven, la muchacha de pasado misterioso a la que nunca se llega a acceder del todo, las anotaciones escritas hace años que sirven de guía en ese viaje sembrado de inseguridades. Añade a ello una visión mágica de París, cuyas calles son el medio de transitar con total libertad del presente al pasado o al mundo de los sueños. «Ya no me percataba demasiado bien de la diferencia entre el pasado y el presente», dice el narrador. «Llevaba toda la juventud ―e incluso la infancia― andando, y siempre por las mismas calles, de forma tal que el tiempo se había vuelto transparente». Este París capaz de anular las fronteras temporales es a ratos la ciudad del presente del narrador y a ratos el escenario de su juventud perdida, el de sus sueños o el de las vidas de los personajes de siglos anteriores que le fascinan; todas estas ciudades son una sola en este relato hipnótico e impreciso, del mismo modo que vestigios de un antiguo callejón se conservan en los largos corredores de un moderno edificio de oficinas, o resuenan los ecos de un antiguos café bajo los cimientos de un rascacielos.

Un joven que viene huyendo de una complicada vida familiar llega a una población minera de Nueva Zelanda. Corre el año 1866 y aquello es poco menos que el fin del mundo. Solo gente muy aguerrida se atreve a establecerse allí y enfrentarse a las duras condiciones de vida, a la dudosa protección de la ley y a las inclemencias del clima. Como en la más prototípica de las novelas decimonónicas, el muchacho entra en la sala de fumadores de un hotel e interrumpe una reunión de varios personajes que están deliberando sobre un grave asunto que los afecta a todos. Este es el punto de partida desde el cual la escritora neozelandesa Eleanor Catton juega a convertirse en una novelista del siglo XIX: con soltura de narrador omnisciente, se dirige a los lectores, salta en el tiempo, reinterpreta lo que los personajes cuentan para explicarlo de forma más eficaz. Los subtítulos de los capítulos son preciosas anticipaciones de su argumento que nos remiten a la narrativa más clásica: «En el que un forastero arriba a Hokitika, se interrumpe un conciliábulo, Walter Moody oculta sus recuerdos más recientes y Thomas Balfour empieza a contar un historia». Como se aprecia en el anterior pasaje, “Las luminarias” está construida a partir de los encuentros de personajes que ponen en común la parte que conocen de unos hechos que se han producido de forma casi simultánea y que los afectan a todos: la muerte de un hombre, la desaparición de otro y el intento de suicidio de una mujer. A partir de esos relatos sucesivos, se va creando esta historia caleidoscópica e intrigante, que es como una gigantesca tela de araña que se va tendiendo entre unos y otros y termina por atraparlos a todos, incluido el lector.

A los asesinos en serie les gusta la literatura. Pero no les vale cualquier literatura: solamente la que escriben los grandes. Con frecuencia Dante, si el psicópata en cuestión es protagonista de una película estadounidense. Kafka y James Joyce, en el caso del asesino de mente privilegiada, escurridizo y terrible creado por César Pérez Gellida en Memento mori, primera entrega de una trilogía que ―sospecho― es inevitable leer completa si uno se deja enganchar por el duelo a muerte establecido entre un criminal al que el lector conoce desde la primera página y el hombre empeñado en detenerlo. Uno de los elementos que hace que la novela funcione bien es precisamente el contraste entre los dos protagonistas, el sofisticado asesino de personalidad múltiple y el inspector Ramiro Sancho, un tipo normal que muy bien podría ser vecino o compañero de trabajo de cualquiera de nosotros, y por el que es fácil sentir simpatía y, cómo no, sufrir a medida que la trama se complica. Pérez Gellida sabe dosificar la información que da y la que oculta para crear así una historia llena de intriga y sorpresas. A mí, lo confieso, ha conseguido engañarme como a una niña ingenua en varias ocasiones. Son los riesgos de este otro duelo presente en la novela, el que se establece desde las primeras páginas entre novelista y lector.

Tenía referencias tan entusiastas de esta novela, por la que su autor recibió el Premio Goncourt en 2013, que albergaba cierto temor de que su lectura me desilusionase. No ha sido así en absoluto. Pierre Lemaitre realiza en esta obra un increíble ejercicio de malabarismo, conjugando con soltura elementos tan distintos como el humor, la crueldad, el esperpento, la ternura, la reflexión, la profundidad psicológica. En Nos vemos allá arriba seguimos los pasos del joven soldado Albert Maillard desde los últimos días de la Primera Guerra Mundial y lo acompañamos en su reingreso a la vida civil, con todas las dificultades que esto conlleva. Maillard es un entrañable antihéroe experto en meterse en situaciones complicadas de las que le cuesta lo indecible salir. Es un hombre apacible abocado por las circunstancias a afrontar una vida llena de avatares. Su destino está además vinculado al de un compañero gravemente herido en la contienda, el estrafalario y sorprendente Édouard Pericourt, al que le une una profunda deuda de gratitud. Esta singular pareja debe sortear un sinfín de obstáculos que mantienen en vilo al lector de esta historia que habla del sinsentido de la guerra, de la inmoralidad de los poderosos y de los que aspiran a serlo, del difícil entendimiento entre padres e hijos, pero, por encima de todo, del imparable poder de la amistad.

Augusto-Orestes, el asesino con doble personalidad protagonista de Memento mori, continúa sus andanzas “incompatibles con la vida” (según su propia y cínica definición) en esta segunda parte de la trilogía creada por César Pérez Gellida y que responde, como no podría ser menos, a un título latino. Entre citas literarias, poemas de propia creación y música de sus grupos favoritos, este tipo brillante y de múltiples apariencias va sembrando el horror en un escenario nuevo para él, la ciudad de Trieste, lugar vinculado a la figura de uno de sus escritores favoritos, James Joyce. Augusto (Orestes) sigue engañando a propios y extraños actuando en sus mismas narices, camuflándose una y otra vez, jugando a registrarse en lugares públicos con nombres vinculados a su gran pasión, la literatura. Sigue, cómo no, orquestando complejos asesinatos, dejándose guiar por su doble sentido: el estético y el del humor. Pero, a diferencia de lo que ocurría en la anterior novela de la serie, este asesino por completo entregado a su afición no está solo en su empeño; en una trama paralela, se desarrolla el complejo panorama de los Balcanes posteriores a la guerra, con sus masacres y la indiferencia criminal de sus líderes, al lado de los cuales nuestro asesino en serie resulta casi un aprendiz.
 
Voy a tomarme la licencia de hablar un poco de mí antes de comentar esta novela cuya lectura acabo de terminar. Tuve noticias de su existencia a finales del curso pasado, cuando una compañera de instituto con la que me crucé fugazmente en la escalera ―los encuentros entre colegas suelen ser fugaces en esa época del año― se detuvo al verme y me dijo que estaba leyendo un libro que le recordaba a mi forma de escribir. No tuvo tiempo de precisar más: tomé nota mental del título pero no del autor, cuyo apellido mi informante no fue capaz de reproducir con exactitud. Cuando me vi más libre, lo localicé en la biblioteca pública de mi barrio. El novelista de apellido ciertamente complicado era el francés Jean-Paul Didierlaurent, un completo desconocido para mí. El título de la obra, no muy fácil de recordar tampoco, El lector del tren de las 6.27. Me costó un poco hacerme con ella; estaba muy solicitada. Finalmente, empecé a leerla hace unos días y la terminé a toda velocidad. He de confesar que al principio me desconcerté un poco en mi intento de buscar una relación entre el estilo de Didierlaurent y el mío. Ahora comprendo la inutilidad del intento: uno nunca sabe del todo cómo escribe, del mismo modo que no capta realmente su propio rostro o el timbre de su voz, porque esa facultad de percibir lo que uno es sólo les pertenece a los demás. Una vez que me liberé de ese empeño, me dejé encantar por esta deliciosa historia de personajes solitarios que se mueven por una de las pasiones más universales, el deseo de escuchar historias. A medida que avanzaba por sus casi doscientas páginas que me han parecido muchas menos, comprendí que en esta novela se encierran varios temas que me son gratos: el amor a los libros, la necesidad de reinventar la realidad, la estrecha relación que se establece entre desconocidos que descubren que están unidos por vínculos más sólidos que los que los unen a las personas de su entorno. Y, por encima de todo, la palabra y su mágico poder para sanar, huir de la rutina, consolar y crear un mundo más hermoso y habitable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario