lunes, 7 de septiembre de 2015

CABALLOS EN EL AGUA

Sueño mucho con el mar. En mis sueños, las olas rompen al pie mismo de mi balcón y lamen las paredes de la casa que habito. Suele ser un mar negro, nocturno, que me produce inquietud. Otras veces es una superficie acerada, de una calma casi sobrenatural, que parece presagiar un hecho extraordinario e inminente. A lo largo de mi vida he tenido temporadas en las que otros motivos ocupaban mis sueños de forma habitual: edificios laberínticos, persecuciones por la ciudad, escaleras de caracol que hay que bajar a la carrera, repentina sensación de ingravidez que me lleva a levantar el vuelo. Algunos de estos temas hace mucho que no se repiten. El mar, en cambio, está siempre ahí, desde mi infancia.

Para ser una persona tan amante de los animales, estos tienen una escasa presencia en mis sueños. Los gatos, que son mis claros favoritos, solo han protagonizado alguna escena onírica que plasma el terror que siento desde niña a que mi mascota se precipite desde el balcón a la calle. Los más presentes son, sin duda, los caballos, que suelen aparecer asociados al mar. Es el caso de un sueño que tuve hace muchos años pero que puedo evocar con especial nitidez. Yo estaba en una playa y experimentaba una intensa sensación de que iba a ocurrir algo fuera de lo común; era uno de esos mares de mis sueños que he comentado antes, que son un puro presagio. Entonces veía cómo se abrían las olas para dar paso a las figuras de piedra de un auriga y cuatro caballos que emergían de las aguas como empujados por una fuerza incontenible. La imagen duró apenas unos segundos ―si es que se pueden reducir a cómputo esos terrenos del subconsciente―, pero me dejó una huella indeleble.

Ayer estaba leyendo el periódico cuando una fotografía llamó mi atención de forma poderosa y me produjo una fuerte dosis de intranquilidad. Acompañaba a la noticia de la instalación en las orillas del Támesis de la obra Marea creciente del artista británico Jason deCaires Taylor. Se trata de una escultura que representa a los cuatro jinetes del Apocalipsis en una versión moderna que los asocia al cambio climático: las cabezas de las monturas han sido sustituidas por bombas de extracción de petróleo y dos de los jinetes, con el inequívoco aspecto de políticos o empresarios, miran hacia otro lado. Lo impactante de este conjunto escultórico es su instalación en una zona del río que queda inundada cuando se producen las crecidas, con lo cual, en ciertos momentos, se puede ver a las figuras emergiendo apenas sobre el nivel de las aguas. Su visión produjo en mí un efecto inmediato: me trajo a la memoria la imagen de aquellos caballos de piedra que son uno de los recuerdos más nítidos de mis sueños de juventud.


Jason deCaires Taylor es un escultor, fotógrafo subacuático y experto submarinista que ha creado obras destinadas a su instalación bajo las aguas del océano y a su consiguiente colonización por parte de la naturaleza, que con el paso del tiempo las convierte en arrecifes de coral. Se trata de un artista enormemente comprometido con la conservación del medio ambiente, activo artífice de la reactivación de la vida marina y espoleador de conciencias en contra del cambio climático. Pero es, además, el creador de numerosos conjuntos escultóricos de extraordinario poder de sugerencia. Basta introducir su nombre en cualquier buscador de Internet para navegar ―en este caso, con más propiedad que nunca― por un mar de imágenes increíbles: figuras humanas que forman corros o hunden sus cabezas en los fondos arenosos; vehículos y pianos de cola abandonados en las profundidades; ciclistas que se abren paso entre los peces. El artista aporta el talento y el sentido de la oportunidad para elegir el lugar idóneo; la naturaleza hace el resto, rodeando las esculturas de vegetación y cubriéndolas de excrecencias que las convierten en seres vivos en continua transformación. A mí las obras de este artista sorprendente me atraen y me inquietan a partes iguales. Supongo que no puedo zafarme del todo de esa amenaza sorda que me acompaña desde la infancia, el rugido del mar que se agita en mis sueños.


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