jueves, 13 de agosto de 2015

NI CON NIÑOS, NI CON ANIMALES...

Es fama que Alfred Hitchcock, cuando terminó de rodar La posada de Jamaica, manifestó que era mejor no trabajar ni con niños, ni con animales, ni con Charles Laughton. La frase, que era originalmente un comentario ácido sobre las dificultades que había encontrado para dirigir al actor en la mencionada película, se ha utilizado con posterioridad para aludir a los peores compañeros de reparto posibles, aquellos que sin duda se llevarán la atención de los espectadores y robarán el protagonismo a los otros miembros del reparto. Porque, ¿quién va a mirarle a uno si tiene al lado a un monstruo de la escena como Laughton… o, en su defecto, a un encantador niño o una entrañable mascota?

En 2011, el Óscar a la mejor película fue a parar a una cinta francesa atípica, rodada en blanco y negro, que evocaba los gloriosos tiempos del cine mudo de la forma más ajustada posible, es decir, sin utilizar una sola palabra. La vi al poco de su estreno y la recuerdo como una historia emotiva, rodada con ingenio y elegancia, con una preciosa fotografía y unas interpretaciones eficaces. Y, por encima de todo, recuerdo al perro: un pequeño terrier de rostro expresivo que secundaba al actor principal en todo momento y que protagonizaba algunas de las escenas más intensas, como aquella en que frustra el intento de suicidio de su amo. Es, sin duda, lo primero que se me viene a la cabeza al evocar la película. Al final, voy a darle la razón al gran Hitchcock, o al menos a las reinterpretaciones que se han hecho de su célebre frase. Actuar junto a un perro no es buen asunto. Siempre conseguirá robarte el plano.

Esta mañana he leído en el periódico la noticia de la muerte de Uggie, el intérprete canino que encarnó con tanta solvencia al compañero inseparable de la estrella de cine mudo protagonista de The artist. Tenía trece años, lo cual es una edad respetable para su especie, y ha tenido que ser sacrificado como consecuencia de un cáncer. Leyendo las desoladas declaraciones de su adiestrador, no he podido evitar ponerme melancólica. Por lo que he podido ver en las redes sociales, no he sido la única. Supongo que a los que han pensado que era una noticia triste les habrá pasado como a mí: se habrán acordado de otros animales más cercanos que salieron de sus vidas en un momento que siempre parece prematuro. Estas criaturas maravillosas son la máxima expresión del desequilibrio cruel al que estamos sometidos los humanos: poner grandes sentimientos en lo que está destinado a desaparecer. La ternura, la lealtad y la camaradería, condenadas a caer en el vacío cuando su destinatario nos abandona. Y estos pequeños compañeros, salvo trágicas excepciones, salen de escena siempre antes que nosotros. Nos dejan conmocionados y extrañamente vacíos. No queda otra solución que buscarles sustitutos. Es, al menos, una de las constantes de mi vida. No sé si seguiría el consejo del maestro del cine de no trabajar con animales. Lo que tengo claro es que me resulta imposible vivir sin ellos.

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