jueves, 4 de junio de 2015

LOS CUADROS DE MAYO (2015)

El australiano Troy Ruffels (nacido en 1972) es un artista de difícil clasificación; en su obra utiliza diversos medios gráficos, incluida la fotografía, para crear imágenes que oscilan entre la minuciosa reproducción de la realidad y la creación de un mundo aparte. La primera vez que vi la que precede a estas líneas, que responde al título de Bramble (zarza), pensé que, en caso de encontrarme frente a ella en una sala de exposiciones, me vería en un serio aprieto con el vigilante, dado el irrefrenable impulso de tocar su superficie que despertaba en mí. Es como si la mirada no bastara en este caso para captar el mensaje transmitido por el autor, como si hubiera que corroborar la impresión inicial de dureza con la intervención del tacto. Esta obra de Ruffels está articulada sobre un violento contraste: el que se establece entre la zarza y el horizonte, lo cercano y lo inalcanzable, lo áspero y enredado frente a lo suave y volátil. O entrando en un terreno metafórico, lo laberíntico frente al espacio abierto, el encierro frente a la libertad.  Hay algo en este apretado nudo vegetal del primer término que lo asemeja en un primer vistazo a una alambrada; atrapados tras ella, solo podemos alzar los ojos hacia el cielo surcado de nubes, del que parece aislarnos para siempre la maraña oscura y amenazadora de nuestro cautiverio.


Hace un par de días, escuché por la radio la noticia de que el cuadro de Sorolla Las tres hermanas en la playa iba a ser subastado en breve por la casa Christie’s partiendo de un precio millonario. De inmediato, acudió a mi memoria la impresión de una luz cegadora: fue la que me causó la contemplación de dicho cuadro cuando tuve oportunidad de verlo en una reciente exposición monográfica sobre su autor celebrada en Madrid. Para consuelo de los que carecemos de cuentas corrientes tan exuberantes, traigo hoy a esta sección este cuadro luminoso donde los haya, si bien no existe reproducción alguna que pueda hacerle justicia al maravilloso juego de reflejos del lienzo original. El encuadre espontáneo y aparentemente descuidado que trunca una de las figuras infantiles, o más bien crea la sensación de que está a punto de entrar de un salto en nuestro campo de visión, dota de extraordinaria espontaneidad a esta escena playera y familiar. La alta línea del horizonte escamotea a nuestra mirada todo lo que no sea mar: solo quedan frente a nuestros ojos las olas, la arena mojada y el brillo del agua bajo la luz cegadora del Mediterráneo. La paleta del pintor se reduce al rosa, el blanco y el azul, colores de la infancia y del verano. Por lo visto ―o así lo juzga Christie’s― existe una cifra capaz de tasar este mágico juego de luces. Las personas comunes nos conformaremos con mirar sus reproducciones en los libros y en la web, o tal vez con evocar, como es mi caso, la impresión rutilante que nos produjo cuando lo contemplamos en vivo por primera y única vez.

Tenía ganas de volver a la pintura clásica y lo hago de la mano del pintor italiano Carlo Dolci (1616-1686) y este Ángel de la Anunciación. Dolci es un artista que gozó de enorme prestigio en su época y en los siglos siguientes por su visión suave y académica de los temas religiosos. Es cierto que con cierta frecuencia cayó en una estética fácil y edulcorada, pero también que, cuando supo mantenerse dentro de los límites de la contención, creó obras de una belleza emocionante como esta que traigo hoy aquí. Es difícil, en mi opinión, hacer surgir del lienzo un rostro más hermoso: la finura de los rasgos y la delicadeza del gesto componen una imagen de la que cuesta apartar la mirada. Dolci es, además, un artista de técnica depurada, como demuestran el primoroso trazado de los rizos, el juego de luces y sombras del cuello, el tratamiento de las telas. Y qué decir de las manos, al mismo tiempo ideales y de un increíble realismo. Soy, lo confieso, una ávida coleccionista de ángeles. Este encanto adolescente de sonrisa ensimismada y sexo indeterminado está entre mis favoritos. Es de una belleza sobrenatural pero los colores oscuros y el peso de sus vestimentas le dan una cualidad corpórea; es divino y humano, inalcanzable y tangible a la vez. Dolci elige retratarlo con la mirada clavada en el suelo y no es extraño: esta criatura venida de una realidad superior está fuertemente conectada con el mundo que habitamos los que tenemos la suerte de contemplarlo.
 
Sensual, fetichista, obsesivo, detallista hasta lo enfermizo: el pintor canadiense Paul Kelley es un constante recreador de universos poblados exclusivamente por mujeres bellas que posan para solaz del artista. No es en principio un tipo de pintura que me atraiga; es más, he de confesar que con frecuencia me molesta la complacencia de este autor en las poses provocativas de sus modelos. Y sin embargo, como pequeños oasis en su obra, surgen cuadros como este, titulado Contra una pared en ruinas, en el que el abandono en la actitud de la protagonista dota a la escena de una melancolía que prende mi atención. El poderoso contraste entre la exultante belleza de la joven y el deterioro del marco que la rodea marca la diferencia con otras obras del mismo autor. La sensualidad de la indumentaria, la cazadora que se desliza para dejar el hombro al aire, las medias negras y los zapatos de tacón cobran un significado distinto al unirse a una pose que nos habla más de abatimiento que de afán de seducir. Esta modelo que no clava la mirada en nosotros y cuyo rostro se oculta tras la melena nos parece cansada de ejercer de foco de atracción: hay algo en su interior que se está desmoronando, igual que el muro contra el cual se apoya y que sirve de telón de fondo a su desánimo.

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