lunes, 5 de enero de 2015

LOS CUADROS DE DICIEMBRE (2014)


Me confieso completamente rendida ante mi último descubrimiento pictórico, el noruego Harald Sohlberg (1869-1935), hábil transformador de la realidad en un mundo personal y sugerente. Me ha costado elegir entre sus obras, pero al final me he dejado vencer por el hechizo de este paisaje urbano bautizado con el conciso título de Noche. Hay algo perturbadoramente animado en la iglesia que ocupa el lugar central de la composición y que parece observarnos con el único ojo de su ventana iluminada. En torno a ella se extiende un panorama que es una síntesis de la existencia: los muertos representados por las lápidas y las cruces en desorden se prolongan hasta fundirse con los vivos, encarnados en las viviendas y las fábricas que se pierden en el entorno natural. La luz y el uso del color son, como siempre ocurre en los cuadros de este autor, bazas fundamentales para lograr que la simple contemplación de un paisaje se transforme en una experiencia extraordinaria. La negrura del cementerio en primer término parece una advertencia para los que aún habitan el abarrotado cúmulo de casas del segundo plano. Pero no hay nada lúgubre en esta noche que nos ofrece Sohlberg y que resulta luminosa como solo puede serlo una noche nórdica. La vida y la muerte, en estrecha convivencia y bajo un hermoso cielo azul que nos recuerda que, en última instancia, todos somos parte de la bella indiferencia del planeta.

Hace una semana, visitando una exposición de pinturas de la colección Abelló, me topé con esta maravilla salida de los pinceles de Amedeo Modigliani. El violonchelista ocupaba un lugar de honor en la muestra, en el interior de una vitrina que permitía ver otro retrato que su autor había pintado en la parte posterior del lienzo. Una tenue luz invitaba a una contemplación silenciosa y casi reverencial: así parecían entenderlo los visitantes que se acercaban como atraídos por un imán a este cuadro que acaparaba gran parte de la atención en una sala llena de obras interesantes. Tengo la teoría de que, independientemente de su puesto de privilegio en la citada exposición, hay algo magnético que se desprende de este retrato, de la expresiva sencillez de su composición, del colorido suave y crepuscular que ―me temo― no se refleja de forma adecuada en ninguna de las reproducciones que he podido encontrar en la red. Se me ocurre que en parte ese efecto lo causa la armonía entre el estilo del artista y el tema representado: la lánguida estilización de las figuras de Modigliani, su delicada tristeza, casan a la perfección con la imagen del músico que ensaya en la intimidad de su cuarto, ensimismado en su rutina, extrayendo a su violonchelo esas notas melancólicas que producen los instrumentos de cuerda cuando se tocan en soledad.


El pintor francés Nicholas Poussin llevó a cabo entre 1660 y 1664 una serie de cuadros dedicados a las cuatro estaciones, en los que cada una de ellas se plasma simbólicamente a través de una historia bíblica. Para representar el invierno se valió del episodio del Diluvio Universal. Creó así una escena de intenso dramatismo en la que la naturaleza se desata sobre un grupo de personajes que luchan por salvarse del poder destructor de las aguas. Pero olvidemos los datos que suministran las enciclopedias y los libros de Arte; sugiero enfrentarse a este cuadro como lo hice yo por primera vez, con una simple y concisa indicación de su título: El invierno. La escena resulta así profundamente misteriosa: estos seres humanos que intentan sobrevivir, que ponen a salvo a sus hijos o nadan en las aguas revueltas aferrados a sus animales y pertenencias, parecen estar atravesando un invierno mucho más duro y de más profundas implicaciones que el que marcan los calendarios. Poussin es un pintor claro y ordenado; la racionalidad y el equilibrio imperan en su obra, y de ahí el intenso efecto que produce  su decisión de afrontar un tema tan violento. A mí me da la sensación de que el relámpago que surca el cielo tormentoso rasga de parte a parte la placidez de los pinceles del artista, y que este deja salir, por una vez, actitudes crispadas, figuras retorcidas, poses desesperadas. El efecto en el que contempla el cuadro es de un profundo desasosiego. Y es que la agitación del que por regla general vive instalado en el equilibrio resulta doblemente perturbadora.
 

Otra visión de la estación invernal, delicada y con su punto de melancolía. El pintor soviético Aleksandr Deineka se aleja de su habitual estilo enérgico y contundente para crear este cuadro de doble título: Niña en la ventana. Invierno. Todo en este lienzo está construido sobre un fuerte contraste entre el exterior helado y el cálido interior: las rápidas pinceladas con las que se aboceta el paisaje frente al mayor detalle con que se plasma la habitación; los colores fríos del mundo de fuera frente a la gama de ocres desplegada en torno a la protagonista humana y su mascota. A mí me parece que este cuadro destila un profundo silencio, el que se desprende de la naturaleza cubierta por la nieve, del sueño apacible del gato y de la contemplación silenciosa de la niña. Algo en la actitud pensativa de ésta me lleva a pensar en reflexiones más profundas que las que suscita un simple paisaje; asocio su mirada perdida más allá del cristal con la calmada espera de lo que está por venir. Me ha parecido por ello el mejor de los cuadros para recibir el año que empieza, con su carga de novedades que presentimos, un tanto sobrecogidos, desde el refugio conocido del año que estamos a punto de abandonar.

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