jueves, 13 de noviembre de 2014

MIEDOS DIFERENTES

Me acuerdo mucho de los pintores impresionistas cada vez que afronto mi paseo semanal por la Gran Vía madrileña. No puedo, como Monet, usar los pinceles para reflejar incansablemente el mágico juego de la luz y las circunstancias atmosféricas sobre una misma fachada, pero me gusta recrearme en los cambios que experimenta un paisaje urbano que recorro a idéntica hora todos los viernes del año. A falta de colores, dispongo de palabras; mis versiones de la Gran Vía no se plasman en lienzos, pero quedan fijadas humildemente en entradas dispersas en este blog.

Hace casi quince días, mi descenso semanal desde la Puerta del Sol hasta la Plaza de España coincidió con esa celebración advenediza ―como todas lo son en algún instante de su existencia― y de éxito creciente por estos pagos que es Halloween. Por una afortunada conjunción climática, la noche parecía más propia de las proximidades del verano que del otoño; el cielo fue clemente con las inagotables hordas de individuos que circulaban disfrazados arriba y abajo de la gran arteria ciudadana. Menos mal, ya que la prudencia no es virtud muy usual en semejantes circunstancias: el que planea un disfraz se preocupa de ser original, divertido, impactante, de sacar lo más atractivo de sí o al menos de salir del paso sin molestias ni gastos excesivos, pero rara vez se preocupa de pensar que llevar parte de la anatomía con escasa o nula cobertura puede ser un problema en según qué épocas del año. Por fortuna, la pasada noche del 31 de octubre acogió con primaveral benevolencia a las momias a duras penas vendadas, las brujas de opulentos escotes, los monstruos de exigua vestimenta y los diablos y diablesas preparados sin duda para enfrentarse a los calores eternos. Disfruté de lo lindo aquel trayecto constantemente interrumpido por rostros maquillados con esmero o resueltos a manchurrones, por sudarios, capas negras, escobas, sombreros aparatosos. Hubo algún que otro momento de desconcierto, como aquellos en que crucé mi camino con una tortuga ninja o con un grupo de enfermeras minifalderas que parecían extraídas de una revista erótica. Conservo también imágenes memorables, como la de dos brujas de las de toda la vida, minuciosamente maquilladas, verrugas incluidas, que se habían sentado tranquilamente en un bordillo de la Puerta del Sol, a fumar un cigarro y supongo que a esperar a su particular macho cabrío.

Como era previsible, pasó Halloween y llegaron el frío y la lluvia. Una semana más tarde, bajaba yo la Gran Vía a la misma hora disfrutando de un panorama completamente distinto al del viernes anterior: la gente caminando apresurada, embutida en sus vestimentas de abrigo. Iba llegando ya al final de mi trayecto cuando una imagen inesperada me sacó de mi abstracción. Era un payaso de disfraz multicolor que estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la fachada de uno de los edificios cercanos a la Plaza de España. Por un momento, tuve la absurda sensación de haber retrocedido de golpe una semana: la figura inmóvil de aquel payaso de peluca naranja y cara pintada de blanco resultaba una imagen sorprendentemente siniestra en medio del apresurado tráfago de viandantes. Cuando estuve cerca de él, descubrí entre las piernas de los que pasaban a su lado un cartel escrito a mano. Decía más o menos lo siguiente: «No tengo trabajo. Tengo hambre. Una ayuda, por favor». Entonces sentí de golpe todo el frío del otoño recién inaugurado. Aquella sí que era una imagen de miedo. De un miedo diferente. Amargo, silencioso, helador.

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