viernes, 20 de junio de 2014

SOLTAR LASTRE

Todos los finales de curso me acuerdo mucho de Robert De Niro. No interpretando al patriarca de la familia Corleone ni al taxista justiciero que quiere limpiar las calles de Nueva York, ni caracterizado de Al Capone ni de monstruo de Frankenstein. Lo recuerdo con el pelo largo y una vestimenta ligera, arrastrando trabajosamente por ríos y pendientes una cesta que contiene los instrumentos de su vida anterior.

En la película de Roland Joffé La misión, De Niro interpreta a un traficante de esclavos que por un asunto de celos se enfrenta a su propio hermano y le da muerte. Acosado por los remordimientos, emprende un viaje hacia una misión regentada por jesuitas, arrastrando un atado con los objetos (las piezas de su armadura, su espada) que simbolizan su antigua condición y el peso de su culpa. La imagen de este tipo poderoso salvando trabajosamente desniveles de terreno con el lastre de su pasado pendiente de su pecho se ha quedado prendida en mi retina desde que vi la película en su estreno, a mediados de los años ochenta. Como soy muy dada a la mitificación, me gusta recrearme en su recuerdo en estas últimas semanas de curso en que los profesores deambulamos de aula en aula y subimos escaleras con la expresión esforzada del que arrastra tras sí un peso insoportable. No el de la culpa ni el de una vida anterior, en nuestro caso, sino el de un cansancio extremo.

Siempre que trato este tema con conocidos y amigos empiezo haciendo la misma aclaración: soy consciente de que esto no se entiende desde fuera. Sólo el que trata a diario con un material sensible, escurridizo, imprevisible e inagotable puede comprenderlo. En definitiva, sólo el que trabaja con adolescentes sabe de la intensa escalada final a la que nos vemos sometidos los profesores en este último mes en que los problemas se multiplican, la urgencia por solucionarlos crece, la capacidad de aprender desciende a mínimos y la euforia primaveral lo complica todo. Es una fórmula muy simple: ellos están llenos de energía e incapacitados para el orden y el estudio; nosotros estamos sobrepasados. Únanse a ello la múltiple casuística que hay que resolver, las cuestiones burocráticas, el papeleo enloquecedor, los problemas individuales que afloran con la dolorosa claridad de lo que ya no tiene remedio. ¿Resultado? Caminamos por los pasillos del instituto como si un inmenso peso tirara de nosotros hacia detrás, y yo me acuerdo inevitablemente de Robert De Niro.

Todo lo anterior es tal vez una excusa por haber escrito tan poco, por haber leído de forma tan trabajosa en los últimos tiempos. Por una extraña desviación del concepto de culpa cristiana, ambas omisiones se me antojan un pecado imperdonable. Confío en que en breve surcaré el río, remontaré la pendiente, alcanzaré mi destino y soltaré el peso que apenas puedo ya arrastrar. Las letras sobre el blanco del papel volverán a formar un ejército aliado y no enemigo. Durante un tiempo, disfrutaré de la escritura, ajena al hecho de la inminente formación el curso próximo de un lastre similar que poco a poco irá creciendo hasta hacerse insoportable. Pero no: mejor poner freno a la imagen que me asalta ahora el cerebro, que es la de Sísifo subiendo una piedra hasta la cima de un monte para verla luego caer. Esa imagen se merece, creo yo, una entrada diferente para ella sola.

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