miércoles, 28 de mayo de 2014

MIS FOTÓGRAFOS (VII)

Hay imágenes que cuentan toda una historia. El fotógrafo ruso Dmitri Baltermants (1912-1990) documentó con valentía y sensibilidad las campañas militares de su país durante la II Guerra Mundial. En 1945 capta esta singular escena de un grupo de compatriotas unidos por la música en las ruinas de un edificio y la bautiza con un título que lo dice todo con una sola palabra: Tchaikovsky. El inusitado contraste entre lo desolado del escenario y la plácida actividad de los soldados; la iluminación lateral, de carácter claramente pictórico; la presencia de objetos hermosos ―el piano, el jarrón con flores―que remiten a una vida apacible, en las antípodas de la guerra; las resonancias que despierta en nuestra mente el apellido del gran compositor: todo contribuye a dotar a esta imagen de una fuerte carga emotiva. Los soldados reunidos en torno al instrumento musical nos parecen un oasis en medio de la barbarie y el horror. Es increíble que aún conserven su capacidad para dedicarse a una de las más hermosas manifestaciones del ser humano, igual que lo es que el piano haya sobrevivido al hundimiento de la casa que lo albergaba. Estos hombres que aparcan un instante las armas y este piano milagrosamente intacto son unos supervivientes en medio de un mundo que se desmorona.

Las fotografías que recogen una realidad previamente preparada por el artista suelen despertar en mí cierto recelo, que estoy dispuesta a olvidar frente a la encantadora inocencia de este Cortando un rayo de sol realizado en 1886 por el fotógrafo escocés Adam Diston. El autor dispone frente a su cámara los elementos que para él configuran la infancia: la imaginación de la niña que se enfrenta a la luz armada de unas tijeras, la alegre camaradería de los chiquillos que desfilan por el fondo con sus ingenuos disfraces de soldado. Nos parece escuchar el bullicio que inunda este espacio sucio y abigarrado, en principio no destinado al juego y, precisamente por ello, ideal para él. Retratada en una época que plasma el lado más convencional de las niñas, convertidas en mujeres en miniatura que remedan las poses y actividades de sus referentes adultas, esta jovencita de gesto espontáneo y desbordante fantasía resulta francamente simpática. Ni lleva sus mejores galas para la ocasión ni cuida el gesto para resultar agraciada; su sonrisa expectante y llena de picardía la hace muy cercana al espectador moderno. En torno a los infantiles protagonistas de la escena, se amontonan herramientas usadas, desechos e instrumentos rotos, vestigios de la dureza del trabajo manual. El contraste es impactante: lo viejo y lo nuevo, lo obligatorio y lo deliciosamente gratuito. Situada en este almacén de trastos olvidados, la infancia de Diston nos parece irremediablemente anclada en un tiempo perdido.

Los que hemos hecho nuestros pinitos en el arte fotográfico sabemos de la dificultad que entraña capturar con la cámara el vuelo de un ave, así como del golpe de suerte que supone su oportuna aparición frente a nuestro objetivo. La fotógrafa estadounidense de origen austriaco Inge Morath (1923-2002) nos deja una hermosa y dinámica plasmación del acto de volar en Niebla en el Támesis. Es fácil de imaginar el júbilo de la autora, en aquellos tiempos anteriores a la fotografía digital, al descubrir en la sala de revelado el bello dibujo trazado por estas gaviotas que danzan en círculo frente a la atenta mirada de una madre y su bebé. Esta imagen está construida sobre un eficaz contraste entre los dos planos separados por el muro: el fondo borroso frente al primer término de contornos precisos; la monocromía del cielo frente a los colores de los personajes; el movimiento de las aves frente al estatismo de los testigos de la escena. Casi me atrevería a añadir el griterío animal frente al silencio de los humanos que observan. En esta fotografía de intenso aliento poético, resultan impagables el rojo intenso de las botas del niño y del cochecito, el mortecino resplandor del disco solar que consigue brillar apenas, la fantasmal presencia del mástil de un barco, abriéndose camino en medio de la bruma.
 
Toda la belleza de un mundo sin estrenar se recoge en esta imagen titulada Marsella por la mañana temprano, obra del fotógrafo suizo nacido en 1930 Herbert Maeder. La casualidad y la oportuna mirada del autor reúnen en la misma escena a dos personajes que inician su tarea cotidiana y al gato oscuro que parece la encarnación de la noche que se retira. La calle brillante y húmeda, aún no ensuciada por las pisadas de los viandantes, llena de posibilidades como el día que comienza, contrasta con la figura del anciano vendedor que se aleja bastón en ristre, portando la pesada carga de su mercancía. Este rincón cualquiera de un barrio popular de Marsella ofrece al objetivo del fotógrafo un encuadre prodigioso, con ese final que se bifurca en una escalera que asciende y una pendiente que se sume en lo profundo de la ciudad. Las sombras que reinan en la parte izquierda de la imagen van cediendo el paso a la intensa luminosidad que se cuela por el fondo de la calle. Una escena aparentemente sencilla y casual se revela así como un prodigio de contrastes: lo que sube y lo que baja, lo que empieza y lo que termina, la oscuridad y la luz. Tal vez la realidad nos ofrece a menudo semejantes maravillas, pero sólo una mirada sutil es capaz de descubrirlas.

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