miércoles, 12 de febrero de 2014

JULIO CORTÁZAR, QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

Hoy se cumplen treinta años de la muerte de Julio Cortázar. Recuerdo con mucha vividez el momento en que recibí la noticia, aquel lejano 12 de febrero de 1984. Yo había accedido hacía muy poco a los narradores del Boom latinoamericano y me parecía que un mundo deslumbrante se había abierto frente a mi ávida mirada de lectora inexperta. Y entre todos ellos, este cuentista prodigioso ocupaba un puesto de excepción. Mi hermana, que compartía mi simpatía, fue quien vino corriendo a darme la noticia; acababa de oírla por la televisión. Recuerdo mi reacción inesperada: me enfadé. Me enfadé mucho. Le solté incluso un desplante a la mensajera. Se llevó, la pobre, la consecuencia de mi gigantesco enojo con la vida. Porque yo acababa de descubrir a ese tipo largo e insólito, y apenas había empezado a observar el mundo desde su perspectiva, cuando una muerte prematura me lo arrebataba. Todos los escritores a los que había amado y admirado hasta ese momento ―Bécquer, Poe, Wilde, Emily Brontë― habían llegado a mí ya con su condición de ilustres difuntos. Pero Julio Cortázar estaba vivo mientras yo aprendía de su mano a jugar con el lenguaje y con las cosas más solemnes. Fue como enterarse de que un amigo se marchaba de viaje para no regresar nunca.

Cortázar me enseñó el regocijo que puede esconderse tras la cara sombría de un velorio familiar. Me dio instrucciones para llorar, para subir una escalera, para darle cuerda a un reloj. Me mostró las inmensas posibilidades que se abren tras la sencilla pretensión de recuperar un pelo que se ha colado por un desagüe. Me demostró que la humanidad entera, con sus afanes y pulsiones, cabe en un atasco de tráfico. Que se pueden expresar los más íntimos y lúbricos deseos en un discurso que no contenga ningún sustantivo ni verbo reconocible (y aun así, qué reconocible y perturbador resulta aquello de «apenas él le amalaba el noema…»). Que un tipo puede ver cómo su vida se desmorona a base de vomitar conejitos. Que salir a las calles de París a ver si el azar cruza nuestro camino con el de la Maga es el más inútil, y por eso mismo el más bello, de los entretenimientos. Que tender una tabla entre dos ventanas y caminar por ella pendiendo sobre el vacío es lo más parecido a la incertidumbre de estar vivo.

Cuando el director de cine Fernando Trueba recogió en 1994 su Óscar a la mejor película de habla no inglesa, manifestó frente a la sorprendida concurrencia que le gustaría creer en Dios para agradecérselo, pero que solo creía en Billy Wilder. Es la ventaja de los descreídos: podemos elegir al objeto de nuestra devoción. A mí me sucede con Julio Cortázar. Yo me dirijo a él a menudo ―supongo que podría decirse que le rezo― desde que hace tres décadas nos abandonó para ingresar en el Paraíso de los escritores excepcionales. Con todo, habría preferido tenerlo más tiempo entre nosotros, abriendo resquicios inesperados por los que asomarse a otra realidad. Supongo que, en el fondo, no se me ha pasado del todo el enfado que me asaltó hace hoy treinta años.

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