domingo, 24 de noviembre de 2013

PRIMEROS PLANOS (IV)

Había proyectado que esta fuera la última entrega de mi selección de primeros planos de cine. Curiosamente, las cuatro secuencias que la componen se corresponden con otros tantos desenlaces de películas; no ha sido una elección consciente, y sólo me he dado cuenta hoy cuando las he reunido para crear esta entrada. Era, por tanto, una consecuencia lógica e inevitable la de colgar el cartel de Fin. Pero hace unos días, el comentario de una fiel seguidora de este blog me hizo replantearme mi decisión. Me pedía que el encuentro entre Charlot y la vendedora de flores de Luces de la ciudad no fuera el último de esta serie de primeros planos que llevo ya meses comentando. En cuanto leí su petición, se puso en marcha en mi cerebro un doble mecanismo: por un lado el del aprecio que me une a esta lectora y amiga, y por otro el recuerdo de múltiples planos que me han impresionado y suscitado reflexiones que me había dejado en el tintero. La consecuencia es evidente. Este es un falso final. Mi memoria de espectadora de cine sigue funcionando y en breve dará nuevos frutos. Hasta entonces, dejo aquí estos cuatro emocionantes desenlaces.

Las adaptaciones al cine de obras literarias son con frecuencia terreno abonado para el recelo y el desconcierto ―cuando no la indignación― de los lectores. Pero alguna vez sucede el milagro, y uno se encuentra con que la plasmación en imágenes de lo leído se ajusta perfectamente a lo imaginado durante la lectura. A mí me sucede con Sostiene Pereira, versión cinematográfica de la novela homónima de Antonio Tabucchi dirigida por Roberto Faenza en 1996. Y me sucede hasta tal punto, que me resulta imposible imaginar al personaje protagonista ―el entrañable, culto y pacífico periodista que vive ignorando la terrible situación de su país, en manos de un gobierno represor―  con un rostro distinto al de Marcello Mastroiani. Traigo aquí los segundos finales de la película. Tras despertar a la dura realidad de la dictadura gracias a su relación con un joven opositor, y denunciar valientemente el asesinato de éste en un artículo que consigue burlar la censura, el viejo periodista toma sus más preciadas posesiones y, con ellas al hombro, se dispone a huir del país. En un plano final bellísimo, la cámara nos lo muestra caminando entre la multitud por la hermosa Vía Augusta de Lisboa, mezclándose con los hombres y mujeres en nombre de los cuales ha tenido el valor de enfrentarse a la brutalidad del régimen. Mientras la cámara se acerca al rostro satisfecho y animoso del personaje, suenan de fondo las notas de la banda sonora de Ennio Morricone y la voz de Dulce Pontes. Es el triunfo del hombre normal frente al miedo, la represión y la violencia. Hay para mí un motivo de emoción añadido en este desenlace: ese momento final en que el rostro del actor se difumina es la última vez que vi en acción al gran Mastroiani, al que le quedaba sólo un año de vida. Hermoso desenlace también para la carrera de un actor.



El primer plano que más de una actriz mataría por interpretar. O al menos, el primer plano por el que yo habría matado cuando me dedicaba a esas lides. Año 1988: el director británico Stephen Frears lleva al cine la novela epistolar de Choderlos de Laclos Las amistades peligrosas. La historia de dos libertinos que ponen a prueba sus dotes de seducción en un duelo perverso tiene suficientes elementos de atractivo para el espectador moderno, pero no sería lo mismo sin la inolvidable interpretación de Glenn Close. Traigo a esta sección la escena final de la película. La Marquesa de Merteuil acaba de recibir la noticia de la muerte en duelo del Vizconde de Valmont, su contrincante en el peligroso juego de engaño y amoralidad del que creyó salir victoriosa. Pese a su desgarro interior, la marquesa acude al teatro esa noche. Y es aquí donde empieza el castigo de este personaje cruel y sin escrúpulos, pero también independiente, audaz y rompedor para una época en la que el único papel de la mujer era el de ser un bello adorno para el hombre al que entregaba su vida. La marquesa afronta en su palco del teatro el peor trago posible para alguien que vive de la apariencia y la admiración de los demás: el escarnio público. Es abucheada por lo más granado de la sociedad de su tiempo, que la culpa de la muerte de Valmont. De vuelta a su casa, a la intimidad de su tocador, esta mujer fuerte y brillante va retirando las capas de su maquillaje y se queda sola, despojada, frente al espejo. Lo ha perdido todo: la consideración ajena y el hombre al que amaba. Es una secuencia prodigiosa. Vemos, por fin, al ser humano vulnerable que se esconde tras el oropel y la arrogancia. La lágrima que se funde con el oscuro final nos deja la impresión última de haber sido testigos, por debajo de la frivolidad y el cinismo, de una historia conmovedora.



Siempre me ha llamado la atención que una película tan seria como El último tango en París se haya visto rodeada durante tanto tiempo por un halo de escándalo y provocación. Me pregunto hasta qué punto verían defraudadas sus expectativas las hordas de espectadores que hicieron complicadas combinaciones para verla, como sucedió en el caso de nuestros compatriotas de finales de la Dictadura. Qué pensaría ese público ávido de emociones fuertes ante la amarga historia que plantea Bertolucci, la del hombre maduro y la jovencita que buscan alejarse de sus respectivas frustraciones a través de una relación física sin ataduras, sin circunstancias externas, sin nombres. Traigo aquí el desolador desenlace, construido a base de intensos primeros planos de los dos protagonistas, Marlon Brando y Maria Schneider. Ella ha intentado terminar con los encuentros entre ambos, él insiste en continuar, la situación se les va de las manos. Al día siguiente, probablemente los periódicos contarán la versión de la muchacha: ha tenido que matar a un atacante desconocido que intentaba abusar de ella. En un precioso detalle final, cada personaje habla para sí mismo en su lengua materna, él en inglés, ella en francés. Vuelven a estar aislados en sus respectivos mundos, de los que durante un tiempo han llegado a salir para unirse en sus anónimos encuentros.



Si tuviera que elegir el más emocionante desenlace de película, me quedaría con este. Era casi obligado traerlo aquí para poner punto final a la sección de primeros planos de este blog. Se trata de los últimos segundos de Luces de la ciudad, la historia de la relación entre un vagabundo y una muchacha ciega rodada en 1931 por el maestro de maestros, Charles Chaplin. El argumento parte de un tema clásico de larga tradición en las letras: lo que los ojos captan y lo que el corazón siente, o la divergencia entre apariencia y verdad profunda.  Una florista ciega confunde al entrañable desheredado interpretado por Chaplin con un hombre rico. El vagabundo decide mantener el equívoco para continuar esa relación que estaría si no abocada al fracaso. Cuando la joven recupera la vista gracias a una operación, el impostor desaparece de su vida, pero un día descubre a su amada trabajando de dependienta en una elegante floristería y no puede evitar detenerse a mirarla. El encuentro es inevitable. Ella sale a darle una limosna y, al sentir el contacto de la mano de él, descubre su identidad. Chaplin resuelve el emotivo momento con una breve alternancia de primeros planos: el rostro asombrado de ella, la expresión emocionada de él. Intenso, conmovedor, sentimental, pero sin caer en la sensiblería. Sutilezas como esta son las que sitúan a un autor en la cumbre de los elegidos. Lo confieso: soy de las que lloran con las películas. Pero nunca tanto como con este desenlace magistral.
 

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