jueves, 28 de noviembre de 2013

NIEVE EN OTOÑO

Una de las señales inequívocas de haberse hecho mayor es descubrirse a uno mismo afirmando, con la autoridad que da llevar una trayectoria importante a las espaldas: «Nunca hasta ahora había visto…», e incluir a continuación un hecho que está sucediendo en esos instantes y que queda así elevado a la categoría de extraordinario. No olvidemos cómo en telediarios y programas televisivos de variada índole se acude con frecuencia al testimonio de los más viejos del lugar, que nunca recuerdan haber sido testigos de algo semejante al suceso que es objeto de atención. Cuando era jovencita, estaba convencida de que esos ancianos locales estaban desmemoriados. Tal vez ahora sea yo la que haya entrado en la fase del olvido y la mitificación.

Esta mañana, al salir a la calle, me he encontrado con que estaba nevando. Los medios de comunicación llevaban anunciándolo incansablemente desde el día anterior. Los paneles luminosos de las autovías habían alertado de la presencia de máquinas repartiendo sal. Yo no estaba demasiado convencida; cómo iba a estarlo, si mi experiencia me aconsejaba desconfiar: nieve en otoño en estas latitudes; qué disparate. Pero cuando me he encontrado en la calle aún en sombras y he visto el aire surcado por las ráfagas de color blanco, me ha asaltado un sentimiento de gozo ―sigo siendo la misma niña que se encharcaba los guantes de lana, camino del colegio, a base de atesorar copos de nieve― y ha acudido a mi mente un pensamiento tajante: jamás había visto nevar en noviembre. Se trata de un mes muy ligado a mí por cuestiones personales, y creo guardar un recuerdo preciso de las condiciones climatológicas de esta época del año. Lluvia, frío a veces, con frecuencia últimos restos del calor. Pero nieve, nunca.

Alguna vez he escrito en este blog sobre la belleza del color blanco en la pintura. Hoy quiero referirme a la fotografía y a la presencia en ella de esa capa que embellece las realidades más vulgares y las convierte en objetos de excepción. Porque una de las primeras cosas que me ha venido a la cabeza esta mañana al contemplar el paisaje nevado camino del trabajo ha sido una imagen del fotógrafo francés Édouard Boubat titulada Primera nieve, Jardín de Luxemburgo, París, precioso repertorio de figuras infantiles y vegetales que se recortan con nitidez sobre un fondo inmaculado. Hasta el desordenado montón de sillas apiladas en primer término se transforma en una maravillosa filigrana, por obra y gracia de la nieve. Un último dato: descubro en Internet que la foto fue tomada en enero de 1956. Está claro que sus protagonistas, esos pequeños que juegan olvidados de sus obligaciones escolares, sienten tanto gozo como yo esta mañana, pero no similar asombro, ante esa primera nevada que cubre su ciudad. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario