lunes, 4 de noviembre de 2013

LOS CUADROS DE OCTUBRE (2013)


Como siempre me ocurre con los pintores que me gustan especialmente, me ha costado seleccionar un cuadro de John Singer Sargent para traerlo a esta sección. Sargent fue considerado como el gran retratista de la alta sociedad estadounidense de finales del siglo XIX y comienzos del XX, pero sus obras poseen para mí un encanto y un aura de misterio que trasciende con mucho el simple reflejo de un mundo refinado. Así sucede con este peculiar retrato titulado Las hijas de Edward Darley Boit. Se trata de un cuadro que capta a la perfección esa mezcla de candor y melancolía que tiene la niñez vista desde la perspectiva adulta. Llama la atención en especial la forma en que el artista dispone a sus cuatro jóvenes modelos: dos posan para nosotros, otra nos mira como si la hubiéramos interrumpido en plena conversación, la cuarta nos da casi la espalda. Estas niñas no componen el habitual conjunto familiar preparado para la posteridad, sino que se muestran frente a nosotros en un orden aparentemente casual que nos dice mucho de la personalidad de cada una: la espontaneidad de la infancia más temprana, el desparpajo de la primera década de vida, el recato o la desconfianza de la proximidad con el mundo adulto. Como sucede en todos los grupos humanos, hay aquí quien se expone a las miradas y quien se oculta, quien establece alianzas y quien se mantiene al margen. Es, en definitiva, una radiografía de cualquier familia. Y, al fondo del cuadro, esa zona oscura que se adentra en la parte privada de la casa, donde se esconden los secretos familiares, esos que los extraños tan sólo podemos sospechar.

Hace unas semanas, una amiga que es seguidora habitual de este blog me regaló un marcapáginas con una reproducción de este San Mateo y el ángel del pintor italiano Guido Reni (1575-1642). Lo hacía, además, poco después de que yo escribiera una entrada acerca de dos cuadros de Caravaggio sobre el mismo tema. Este espacio se puebla, por tanto, de los míticos personajes alados que tanta atracción ejercen sobre mí y que disparan poderosamente mi imaginación. En la versión de Guido Reni, el carácter sobrenatural del visitante pasa a un segundo plano. Apenas alcanzamos a ver parte del ala de lo que nos parece un simple niño que alza la cara hacia su acompañante con delicioso gesto infantil. El punto fuerte del cuadro es la intensidad de las miradas de los dos personajes, que se escrutan mutuamente. No parece haber nada al margen del anciano que escribe las palabras que su compañero de tarea le va dictando: el entorno queda oculto por la oscuridad que envuelve a las dos figuras centrales de la composición. Este motivo del evangelista que escribe por intervención divina es, en definitiva, una metáfora del carácter sobrenatural de la inspiración. Sin duda por ello me resulta tan sugerente esta plasmación del mundo reducido al mágico acto de escribir.

Esta mañana, al salir a la calle, he tenido por primera vez la impresión de que el otoño estaba aquí, y me he acordado de este cuadro del pintor ruso Isaac Ilyich Levitan (1860-1900). Este artista que murió antes de cumplir los cuarenta alcanzó en su breve carrera una altura técnica portentosa y es autor de paisajes bellísimos, llenos de lirismo. En este Día de otoño pintado a la temprana edad de diecinueve años, Levitan parte del clásico recurso del camino que se abre ante el espectador y lo invita a introducirse con la imaginación en el paisaje desplegado frente a él. En mi caso, la invitación surte efecto: son muy fuertes las ganas de dar ese salto ilusorio que me haría avanzar por el sendero cubierto de hojas secas, al encuentro de la mujer vestida de negro que se acerca sumida en sus pensamientos. No es necesario insistir en la armonía de los colores, en el delicado trazo de las hojas de los árboles, en la sobrecogedora belleza del cielo, creado a base de pinceladas vigorosas. Y, sobre todo, en el misterio del paisaje que se difumina a lo lejos, en ese punto en que el camino traza una curva y se pierde de vista, adentrándose en lo desconocido.

La simple elección de un color puede conferir un toque maestro a una pintura o abocarla al fracaso. En Retrato de una mujer elegante, del pintor español Federico Beltrán Masses (1885―1949), la omnipresencia del azul convierte a la protagonista femenina en una imagen llena de misterio y fascinación. A mí, lo confieso, es un color que me atrae de forma irresistible y cuya contemplación, cuando está bien empleado, me llena de felicidad. Este es un cuadro que no puedo dejar de mirar, con ese precioso azul que lo inunda todo en sus distintas tonalidades, la nocturna de cielo y paisaje, la entreverada de gris del vestido de la dama, la verdosa de vegetación y del anillo que luce la modelo en su mano izquierda, con un brillante toque esmeralda. Los únicos elementos que se apartan de esta gama cromática adquieren por contraste un enorme relieve y pertenecen todos ellos a la anatomía de la modelo: el negro de pelo y ojos, la blancura de la piel, el rojo de mejillas y labios. Es como si esta mujer de identidad desconocida hubiera querido rodearse de un color que su cuerpo no posee y que responde tal vez a rasgos internos de su persona; el color de la noche, de lo oculto, de la intimidad. La fachada que se asoma a lo lejos entre la espesura nos parece así un acceso a su universo más secreto.

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