domingo, 27 de octubre de 2013

LA ESQUINA DEL CUADRO (III)

Cuando yo era una estudiante de COU, tuve una profesora de Historia Contemporánea cuyo nombre he olvidado, pero de la que guardo dos recuerdos muy concretos. Uno es el frecuente empleo de la muletilla “horror y pavor”, con la que recalcaba los momentos de especial intensidad de los hechos que nos relataba en sus clases. Nos decía así, por ejemplo: “Y entonces Napoleón III comprendió, horror y pavor, que había perdido la batalla”, y los casi cuarenta alumnos adolescentes que abarrotábamos el aula escondíamos la cabeza en los apuntes para disimular la risa.

El otro recuerdo que guardo de esta profesora tiene para mí un gran valor sentimental y está directamente relacionado con esta serie de entradas que dedico a comentar detalles de obras pictóricas.  Se trata de un consejo que nos dio cuando se enteró de que íbamos a visitar el Museo del Prado guiados por su colega de Historia del Arte. Con gesto soñador, comentó que había un cuadro en la sala de los primitivos flamencos que le gustaba especialmente. Creo que fue la única vez que la oí hablar de algo personal, alejado del programa de Historia que desarrollaba con mano férrea. Lo hizo casi con vergüenza: a aquella mujer discreta, semejante alejamiento de lo puramente académico debía de parecerle una entrada en el terreno de la intimidad. No sé si alguno de mis compañeros tomó nota de su recomendación; yo sí lo hice, y la prueba de que fue un acierto es que ahora, tres décadas después, le estoy dedicando estas líneas.

El cuadro que con tanta emoción nos recomendó aquella profesora es una obra pequeña, que puede fácilmente pasar inadvertida en medio de otras más grandes y aparatosas que pueblan esa zona del Museo. Es fácil que la mirada se desvíe hacia el dramatismo de Van der Weyden o la estrambótica profusión de El Bosco y pase por alto este cuadro de modestas dimensiones y tema cotidiano. Se trata de una pintura firmada por Robert Campin que representa a Santa Bárbara, pero que podría muy bien ser el retrato de una dama que entretiene sus horas de ocio leyendo junto al fuego, en un interior ordenado y burgués. El estilo meticuloso del autor ha sembrado el escenario que rodea a la protagonista de objetos pintados con extraordinario virtuosismo: los jarrones de distintos materiales, el artesonado del techo, la tela de los ropajes, el libro que sostiene la santa, con sus páginas primorosamente decoradas. Es un cuadro frente al cual uno puede pasarse horas, y siempre descubrirá un elemento nuevo que parece recién incorporado por una mano mágica. A mí me ha llevado años caer en la cuenta de la presencia de una escarpia clavada en una viga del techo, plasmada con enorme realismo, con su sombra proyectada sobre la madera.
 
Pero el detalle que entusiasmaba a mi profesora de Historia es la ventana. Un vano abierto hacia un paisaje luminoso en el que se distinguen una torre en construcción, varios personajes a pie y uno a caballo, un cielo cubierto de nubes, una ciudad lejana: un cuadro dentro de otro cuadro. El consejo que nos dio fue, cómo no, que nos asomáramos a ella. Yo lo hice en aquel momento, y desde entonces, siempre que paso por esa sala, me acerco al cuadro de Campin para volverme a asomar. Como si hubiera caído sobre mí un hechizo. Da vértigo contemplar ese universo en miniatura que se abre en una esquina de un espacio ya por sí no muy grande. Imagino al artista concentrado en esa parcela de su obra, dando pinceladas con mano firme, y no puedo sentir más que gratitud. También la siento, cómo no, hacia la mujer que me hizo reparar en esta pequeña maravilla. Jugadas de la memoria: fue la primera persona que me paseó por los grandes acontecimientos de la historia contemporánea, y lo que no he podido olvidar de ella es que me invitó a asomarme a una diminuta ventana.  

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