viernes, 2 de agosto de 2013

LOS CUADROS DE JULIO (2013)

Llevaba tiempo queriendo traer a esta sección a Modigliani, sin acertar a decidirme entre su larga serie de melancólicos, estilizados, personales retratos. La elección estuvo clara en cuanto me encontré frente a esta Pequeña niña de azul, pintada en 1918. Este cuadro posee la singular visión del mundo del artista, su capacidad para transformar a sus modelos en seres parecidos todos entre sí en su simplificación, en su carácter de ídolos que nos miran desde una realidad distinta a la nuestra, pero a la vez desprende un especial candor que lo hace irresistible para mí. Modigliani sustituye sus tradicionales colores terrosos por un azul limpio, ingenuo, infantil, que inunda el vestido y el fondo y parece emanar de la mirada de la protagonista. Por una vez, la contemplación de una de sus obras no nos produce tristeza o inquietud. La ingenuidad de esta niña que nos observa con su postura modosa de señorita bien educada se derrama por todas las esquinas del cuadro hasta alcanzarnos a nosotros, en nuestra posición de espectadores, y también al pintor, alejado en esta ocasión de sus turbias visiones de artista atormentado.

Los temas archirrepetidos en la historia del arte presentan el aliciente de permitirnos comparar el momento que cada autor elige para su plasmación por medio del cincel o los colores. Es el caso de la historia de Andrómeda, la hermosa muchacha condenada a ser víctima de un monstruo marino para aplacar así la ira de Poseidón. Con frecuencia, los artistas se decantan por la intervención del valeroso Perseo para salvar a la joven; no faltan las recreaciones del feliz desenlace, con el héroe liberando a la prisionera de sus cadenas mientras entre ambos se cruza una mirada de incipiente amor. El artista francés Gustave Doré (1832-1883), especialmente conocido por sus grabados e ilustraciones de obras literarias, elige un momento previo de la trama e inmortaliza a la bella y desvalida Andrómeda cuando, desnuda y atada a las rocas, se enfrenta en solitario a la amenazadora presencia de su agresor. Con extraordinario instinto dramático, Doré se centra en los aspectos más sombríos del mito y nos muestra la aterradora soledad de la heroína, el brutal contraste entre la delicada anatomía de la muchacha y la espantosa criatura que la ronda. Todo es dinamismo en esta composición de extraordinario impacto visual: la curva del cuerpo femenino, la espuma que salpica la roca, la melena agitada por el viento. Apenas entrevemos el rostro de la protagonista, oculto por las sombras y el pelo; del monstruo sólo adivinamos su terrible envergadura por las fauces que asoman a la superficie. Y es que, con pericia de maestro, Doré comprende que resulta mucho más eficaz sugerir que mostrar. Éste es un cuadro del que me acuerdo a menudo en los últimos tiempos, cuando a diario me llegan noticias de la voracidad de los grandes mecanismos de poder, prestos a devorar al indefenso ciudadano de a pie. Y no lo puedo evitar: me resultan mucho más simpáticos estos monstruos de las leyendas de antaño.


Los cuadros hiperrealistas ejercen en ocasiones un efecto perturbador sobre mí, en especial cuando tengo la impresión de que hacen referencia a algo más allá de la realidad física que con tanto detalle y fidelidad reproducen. Es el caso de la obra del pintor canadiense nacido en 1965 Rod Penner, un auténtico periplo por los territorios de la desolación. Las pinturas de este artista reproducen edificios modestos, rincones de pueblos y ciudades, instalaciones funcionales y cotidianas, pero presentan la peculiaridad de omitir a los seres humanos que los habitan. Contemplando los paisajes urbanos de Penner, uno tiene la inquietante sensación de haber llegado justo después de una catástrofe que ha borrado de un plumazo todo rastro de vida. Calles vacías, casas abandonadas, gasolineras y cafeterías iluminadas en la noche, a la espera de clientes que no terminan de llegar. Penner es el pintor de los suelos sin asfaltar, de los charcos que son restos de lluvias pasadas, de la maleza que nadie se ha molestado en arrancar. Sus lienzos destilan una profunda tristeza. Así sucede en el titulado Clayton Dry Cleaners, con su humilde edificio de letrero descolorido y puerta clausurada por una pared de ladrillos, con el gris que emana del cielo y parece inundar la retina y el estado de ánimo del espectador. La tristeza de los objetos abandonados, la melancolía causada por la más absoluta soledad.
 
Desenvuelta, vivaz, dinámica, extrovertida: así se nos muestra la pintora franco-rusa Zinaida Serebriakova (1884-1967) en su Autorretrato en el tocador. Esta artista, que poseía el don de crear retratos de extraordinaria naturalidad, fue capaz de captar con idéntica frescura su propia imagen a los veinticinco años. Ni rastro de la trascendencia y solemnidad, del aire intelectual o melancólico que con frecuencia dominan los autorretratos de los grandes artistas. Serebriakova se presenta frente a nosotros como una jovencita de mirada franca y pícara, con su punto de coquetería y una personalidad arrolladora. La artista invita al espectador a entrar en su intimidad; el cuadro está lleno de pequeños detalles que así lo atestiguan, como el hombro descubierto de la modelo o el repertorio de objetos de aseo y arreglo personal que pueblan la habitación y que están reflejados con encantadora minuciosidad. Aun así, no encontramos ni rastro de recato en esta muchacha sorprendida en un momento privado. Es más bien el espectador el que se siente intimidado frente a su mirada directa y llena de chispa. Viendo la sonrisa que le baila entre los labios y los ojos y el gesto decidido con el que sujeta su larga melena, uno creería capaz de cualquier cosa a esta joven pintora a la que tantas décadas de vida y trabajo le quedan por delante.

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