sábado, 31 de agosto de 2013

LAS GRANDES PALABRAS

Ya lo he confesado en más de una ocasión en este espacio: soy una recién llegada al mundo de las redes sociales y las comunicaciones cibernéticas. Tengo una cuenta en Facebook que uso únicamente para comunicarme con un grupo restringido de personas, a las que me une un interés muy concreto. Nada de Twitter: apenas un vistazo fugaz. Y sólo en tiempos muy recientes, tras la adquisición de uno de esos teléfonos modernos que en su abrumadora eficacia son capaces de ejercer de biblioteca, cámara, callejero, discoteca, diario, confidente y amigo, he llegado a experimentar la actividad que se esconde tras la exótica denominación de “whatsappear”. Tal vez esta tardía incorporación mía a semejantes adelantos me hace, a la vez que notoriamente inepta, capaz de observar con ojos limpios y asombrados una forma de proceder que se ha instalado en la vida de una amplia mayoría de personas con naturalidad y sin visión crítica alguna. Dicho de otro modo: he llegado tarde a una fiesta, y al entrar, me ha parecido que los otros invitados se comportaban de una forma muy rara.

No voy a referirme aquí a la costumbre de desvelar intimidades frente a propios y extraños; ya he tratado ese tema en alguna otra ocasión. Hoy me quiero referir al lenguaje. No para quejarme de abreviaturas ni de la supresión de tildes y signos de puntuación. Tampoco de la sustitución de frases enteras por simpáticos muñequitos que en un golpe de vista plasman nuestra alegría, nuestro asombro o tristeza, que quedan así sorprendentemente equiparados a la alegría, el asombro o la tristeza de otra persona cualquiera. Muy al contrario, me voy a referir a las palabras que sí se usan. Que se usan, incluso, demasiado. Son las palabras estrellas de la red. El problema está en que ahora me cabe la duda de si lo eran en los tiempos antediluvianos en que nos comunicábamos sin hacer uso de teclados ni pantallas.

Ingresar en una red social, entrar a formar parte de un grupo de conocidos que se comunican constantemente y se muestran a tiempo real imágenes de sus respectivas actividades, trae una consecuencia curiosa y, por qué no, beneficiosa para la autoestima. Basta hacer la prueba de subir una fotografía que lo muestre a uno en una actitud moderadamente favorecedora. Al instante, se produce un aluvión de comentarios por parte de conocidos, que están todos de acuerdo en que la imagen sólo se puede glosar con una palabra: Guapo, a. Uno puede estar ataviado para una boda, practicando deporte, tomándose unas cañas, sacando a pasear al perro. Uno puede hallarse en cualquiera de los puntos que van desde el atildamiento más exquisito hasta el desaliño absoluto. No importa: el citado adjetivo acudirá inexorablemente a ocupar los comentarios al pie de la foto. Ya no estamos graciosos, divertidos, interesantes, atractivos, rejuvenecidos. Sólo podemos estar ―lo contrario sería un fracaso― guapos. Bien es verdad que la monotonía se evita con las distintas variantes que adopta el calificativo, escoltado por un número fluctuante de signos de exclamación (los signos de apertura han pasado a habitar el baúl de los recuerdos) y por una mayor o menor repetición de la vocal final. Es como si el adjetivo fuera cayendo al vacío, y su último sonido se nos quedara retumbando en el oído.

La otra expresión que copa mis comunicaciones en la red desde tiempos recientes me produce más incomodidad. Por razones obvias, aparece asociada a cuestiones sentimentales: felicitaciones, fechas señaladas, muestras de agradecimiento o de adhesión hacia alguien que atraviesa una mala racha. De repente, se abre la caja de la emotividad y la expresión aflora, incontenible: te quiero. Los que con tanta efusividad dan rienda suelta a sus emociones, a veces quieren a una persona en concreto, otras a una familia o a un colectivo. Te quiero, os quiero. La red está llena de gritos de cariño incontenible dirigidos a veces a grupos humanos numerosos, cuyos componentes responden lanzando s su vez idénticos misiles para demostrar que su afecto no se queda atrás. Te quiero. Expresión complicada de pronunciar donde las haya y tan fácil de soltar a golpe de teclado. No es del todo extraño, si se considera que me estoy refiriendo a ámbitos en que a los cientos de conocidos incorporados a un perfil se les otorga el hermoso nombre de amigos.
           
Me pregunto si no estaremos gastándoles el significado a estas palabras en otro tiempo grandes; si “guapo” no habrá pasado a significar “majo”, y “te quiero”, algo así como “me caes bien”. En tal caso, tendremos que buscar urgentemente algo con que ocupar los espacios dejados por estas expresiones que se diluyen y van perdiendo fuelle a base de pasar de mano en mano. Pero no me preocupa demasiado esta necesidad de buscar palabras. En contra de lo que parece querer demostrarnos la red, al castellano no le faltan.

6 comentarios:

  1. Buenas noches:

    Ya el título de este post o entrada suya viene a invitar a pensar, por un momento, que en las denominadas redes sociales (auténticas telas de araña) pueden ofrecer un instante de reflexión o serenidad.

    El formato no da para más, como usted puede comprobar, y dentro de una vorágine tal, poco o nada se puede hacer al respecto.

    Así las cosas, no es extraño ni descabellado parece que la inercia humana sea a ser más escueto y, si a lo anterior, le sumamos el efecto contagio que no es más que una INDECOROSA autocensura, entonces y solo entonces, acertamos a comprender la cárcel dorada en la que nos hemos instalado por "motu propio"...

    Gracias por sus reflexiones.

    Un saludo cosrdial

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    1. Está claro que esta red en la que andamos todos, en mayor o menor medida, implicados, deja muchos espacios para la reflexión, el conocimiento, el contacto provechoso, el enriquecimiento personal. Es sólo cuestión del uso que se haga de ella. ¿Peligros de dejarse llevar por el "efecto contagio" de ciertas actitudes? Los mismos que en la vida. Es cuestión de mantener alerta un cierto espíritu crítico.

      Gracias por visitar una vez más este espacio. Un saludo y hasta pronto.

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  2. Buenas tardes.
    Lo que yo digo es, que si la gente está la mayor parte de su tiempo subiendo fotos, comentarios, etc. y viendo los de los demás y comentando .... se está perdiendo además de la riqueza del lengüaje y la corrección ortográfica porque las faltas de ortografía son increíbles ( menos mal que hablan estilo telegrama ), la comunicación persona a persona y eso a mi me desconcierta. No se si sera bueno o malo a largo plazo. No entiendo por qué un grupo de personas jóvenes que esta reunido se comunica entre ellos a través de sus móviles en vez de mirarse a la cara y hablar.
    Un saludo.

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    1. A mí también me desconcierta, Marga, y alguna vez lo he comentado en este blog: personas que asisten a un concierto y en lugar de concentrarse en él lo graban; viajeros preocupados por enviar imágenes de sus andanzas y no por disfrutar de ellas; grupos sumidos en el silencio, con sus miembros abstraídos en la contemplación de sus respectivas pantallas, que los enlazan con personas ausentes... Yo tampoco me atrevería a afirmar si todo esto será a la larga bueno o malo. Simplemente, es distinto. Supongo que nuestros antepasados sintieron idéntico recelo frente al teléfono y a lo antinatural que era comunicarse con alguien cuyas expresiones no se podían ver. Yo me recuerdo de niña, recién separada de una amiga que vivía en el portal de al lado, corriendo a telefonearla. Podría haber vuelto a bajar a la calle a buscarla, pero esa otra forma de hablarse, a través del hilo, aportaba nuevos motivos de regocijo.

      Gracias por comentar y hasta pronto.

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  3. Si, es una locura. Yo me miro, cual adolescente, tecleando sin poder esperar en el momento en que oigo el bipbip con la urgencia de contestar; a veces me da un poquito de vergüenza. Pero, como a todo se acostumbra uno, voy soltando amarras y controlo los impulsos furiosos de mirar quién escribe. Por otro lado pienso que esas palabras gastadas o que estamos desgastando sólo las utilizamos, o al menos yo las utilizo, en estos pequeños mensajes. Guapa no lo suelo decir en una conversación habitual y te quiero tampoco. Me gustaría creer que en nuestra comunicación, en nuestros encuentros, somos mas creativos. Es claramente una disculpa. Ya he vuelto. Lola

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    1. ¡Qué alegría, Lola, leerte por aquí de nuevo! Esto de aparecer y desaparecer periódicamente les da mucho encanto a tus intervenciones. A mí también me ocurre lo que comentas: la loca urgencia por averiguar quién me escribe, más que la necesidad real de saber lo que quiere comunicarme. Siempre me da por pensar qué ocurriría si tuviéramos algún tipo de aviso similar cada vez que alguien está pensando en nosotros. En el fondo, pienso yo, es un afán de ser importante para los otros, una forma de vanidad, más que un deseo de estar en contacto.

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