lunes, 5 de agosto de 2013

LAS CARRETERAS DE LA NOSTALGIA

Terminé de leer hace unos días Reunión en el restaurante Nostalgia, de la autora estadounidense Anne Tyler, y llevo desde ese momento dándole vueltas a la idea de escribir en este blog una entrada sobre esta novela delicada y llena de matices, centrada en los afectos y desafectos de la vida familiar. Me parecía una tarea difícil: se trata de una obra sutil, en la que el lector bucea en las profundidades psicológicas y en las relaciones entre los cuatro protagonistas, y es difícil comentar nada que proporcione una idea ajustada sobre la sensibilidad y acierto con la que la autora reduce a cuatrocientas páginas los infinitos acontecimientos que jalonan la vida de un grupo humano a lo largo de varias décadas.

He decidido centrarme en un capítulo de la parte final de la novela, que constituye casi una unidad autónoma. Podría, de hecho, funcionar como un cuento. Un cuento de ese género tan norteamericano, de amplia fortuna en la literatura y el cine, en el que se narran los hechos vividos por personajes que se mueven de un sitio a otro, siguiendo una carretera.  

El protagonista —o más bien testigo de los hechos— es Luke, un adolescente que en un arrebato ha escapado de su casa y pretende recorrer haciendo autostop el camino desde Nueva York hasta Baltimore, donde viven su abuela y su tío. En su periplo va encontrándose con distintos personajes que conducen vehículos, que lo recogen, comparten unos kilómetros con él y le cuentan algo sobre sus vidas. Para todos ellos, la carretera tiene un significado mucho más profundo que el de un medio de transporte; es una vía de acceso a su pasado, a sus recuerdos, a las vidas que pudieron ser y no fueron, a una realidad más satisfactoria.

El primero de estos personajes es un camionero. Es un hombre acostumbrado a ir al volante, para el cual el acto de conducir no debería tener significación especial alguna. Y sin embargo, hay un momento en el trayecto que está dotado para él de un valor único. Es el desvío hacia el hospital al que llevó a su mujer cuando dio a luz a la primera hija de ambos. El camionero recuerda la angustia de los padres primerizos que se enfrentan a un parto prematuro, el afortunado desenlace de este y la profunda felicidad que experimentó en su relación con la recién nacida, hasta que la niña murió repentinamente a los seis meses. Para este hombre básico y ocupado, la vida no ha vuelto a ser la misma. Han tenido varias hijas más, su mujer se ha repuesto y ha empleado todas sus energías en sacar adelante a la familia. Pero él está condenado, por motivos profesionales, a pasar una y otra vez frente a ese desvío hacia el hospital, donde empezó todo, y a plantearse cómo irían las cosas si pudiera volver atrás en el tiempo y recuperar a esa hija a la que quiso como no será ya capaz de amar a nadie en la vida.

El segundo coche de este desfile que plantea Anne Tyler está ocupado por una curiosa pareja. Son un padre y su hijo, un niño que ha afrontado con regocijo el juego planteado por su progenitor: recién salido de un divorcio, el padre ha decidido desenterrar la lista de las que fueron sus novias en el instituto e ir visitándolas una a una y admitiendo su hospitalidad por un tiempo. Bajo la capa exterior de frivolidad de este dúo familiar que aparentemente se comporta como dos colegas de parranda, el lector capta en este extraño viaje al pasado la tristeza por las vidas fallidas, así como un intento por ocultar el dolor por el recuerdo de la esposa y madre ausente.

El tercer y último coche está conducido por una mujer llorosa que se indigna y preocupa al ver a Luke viajando sin sus padres. Esta mujer maternal y bondadosa se ofrece a llevar a su pasajero a dondequiera que este vaya. La razón de tan extraña actitud es que su conducción no tiene destino concreto; todas las tardes se mete en el coche y conduce durante horas, sin rumbo fijo, con la única intención de no estar en casa y huir así de la presencia de una hija adolescente que la tortura con su insolencia y su desprecio.

Cuando llega a su destino, el joven Luke, y el lector con él, tiene la sensación de haber aprendido unas cuantas cosas importantes sobre la vida. Huidas, vueltas constantes al pasado, deseos de transformar la realidad por medio del humor: a mí estos personajes de Tyler atrapados en coches que en realidad no van a ningún lugar físico, sino al fondo de sí mismos, me han recordado a los habitantes de los sucesivos planetas que va visitando el Principito, en la célebre novela de Saint-Exupéry. Y me han traído también a la memoria muchos recuerdos de mi vida de conductora, muchos trayectos en los que lo importante no era el destino sino el acompañante, algún que otro periplo de madrugada para espantar los malos humores, muchas horas perdidas —o encontradas— al volante, viendo pasar el paisaje frente al parabrisas y las propias preocupaciones por el interior de la cabeza. Ese tirar del hilo de la propia experiencia es, en mi opinión, una de las grandes funciones de la literatura, y la cumple sobradamente esta novela que lleva la nostalgia ya en el mismo título. 

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