domingo, 28 de julio de 2013

ALIANZAS

Boceto para teatro I es el título de una pieza breve del dramaturgo Samuel Beckett. Se trata de una obra estremecedora, brutal y contundente, a pesar de su corta duración, o quizá precisamente gracias a ella. Está protagonizada por una de esas peculiares parejas que pueblan el universo dramático de su autor, uno de esos dúos que desgranan su tortuosa relación de dependencia y poder en paisajes solitarios y desolados, mientras recuerdan sus días felices del pasado o esperan a un Godot que nunca llega. En esta ocasión, los dos personajes tienen carencias complementarias: uno es ciego y el otro es un inválido que se desplaza en un carrito que hace avanzar propulsándose con una vara. Serían de importante ayuda el uno para el otro si se decidiesen a colaborar. Pero esa es una alianza que, al igual que Godot, no llega nunca.

Tuve ocasión de ver representada esta obra pequeña e intensa hace un par de décadas, y no he podido olvidarla. Los responsables de llevarla a escena eran alumnos de interpretación y dirección de la RESAD de Madrid, y como he tenido oportunidad de comprobar más de una vez, el ímpetu y entusiasmo de aquellos profesionales recién salidos del horno dotó a la representación de una fuerza extraordinaria. Recuerdo en especial el desenlace de la obra y la viva impresión que me causó. Tras un juego de ataques y defensas, de reproches y estrategias para hacerse con el poder, el ciego le arrebata al inválido el bastón con el que éste hace avanzar su vehículo y lo lanza fuera de escena en un ataque de ira. Sonó el golpe contundente de la vara al golpear el suelo en algún punto desconocido y se hizo el oscuro final: pocas veces me ha asaltado en una sala de teatro semejante sensación de desesperanza. Mientras aplaudía la labor de aquellos actores estupendos, recuerdo que pensé con angustia: “Dios mío, estos dos no se pondrán nunca de acuerdo… El inválido no puede moverse del sitio sin su bastón, y el ciego sólo se lo traería si se reconciliasen y aceptara seguir sus indicaciones… No hay solución posible”. Curiosamente, a mi lado estaba sentada una persona tan complementaria a mí como lo eran aquellas dos criaturas del universo de Beckett, y que había captado el mensaje de la obra en un sentido opuesto al mío. Mientras aplaudía ella también, se inclinó hacia mí sonriendo y me aclaró: “Ahora van a tener que colaborar”.

Me he acordado muchas veces a lo largo de los años de estos dos personajes atrapados en sus limitaciones físicas y en su imposibilidad de reconciliación. Y también del contraste entre mi visión desesperanzada del desenlace de la obra y la de mi acompañante, capaz de entrever en aquella negrura un resquicio abierto a la solidaridad y la colaboración. Esa imposibilidad mía de pensar con optimismo, que no ha decrecido con los años, no es algo que me haga sentirme orgullosa. Por eso me ha alegrado tanto la curiosa oportunidad que he tenido recientemente de darle un nuevo sesgo a esta historia de los dos personajes necesitados de una alianza salvadora.

Hace un par de semanas, estaba escuchando por la radio un programa sobre ajedrez. Un experto hablaba sobre un jugador al que había visto en acción hacía poco en un torneo. No recuerdo el nombre ni la nacionalidad del personaje; andaba yo algo difusa y sin prestar excesiva atención hasta que oí la característica que le otorgaba a este jugador un mérito extraordinario: se trataba de una persona ciega. El que con enorme entusiasmo hablaba de él pasó a contar una curiosa anécdota sobre su vida personal. Al parecer, en torneos anteriores se le había visto empujando la silla de ruedas de un colaborador suyo inválido, y recientemente, se había tenido noticias de que ambos habían contraído matrimonio. La anécdota tenía en sí suficientes elementos atractivos para llamar mi atención: la imagen del ciego empujando la silla de ruedas del inválido que le guiaba con sus indicaciones me pareció la más alta plasmación de la complicidad humana. Pero había algo más. La historia encendió de inmediato un chispazo en mi memoria que me hizo regresar a esos segundos finales de la pieza de Beckett y a mi desalentadora conclusión. Y me pareció que el oscuro final de la obra era, de repente, menos negro. Quizá mi acompañante tenía razón, y la historia del ciego y el inválido no terminaba con el golpe del bastón perdido contra el suelo. Después de todo, quién sabe si Godot está aún por llegar.

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