sábado, 8 de junio de 2013

MIS FOTÓGRAFOS (IV)


El estadounidense Steve McCurry (nacido en 1950), auténtico mago de la fotografía en color, ha recorrido las zonas más calientes del planeta dejando testimonio de las terribles consecuencias de la guerra sobre los seres humanos. En este caso, explora un frente de batalla más cotidiano pero igualmente devastador, el del hambre y la pobreza. Esta fotografía titulada Niña mendiga fue tomada en la India en 1993. Con estremecedora clarividencia, McCurry sitúa su objetivo en un ámbito al resguardo de las inclemencias y miserias del mundo exterior. Desde nuestra posición privilegiada, los espectadores de esta imagen llena de sabiduría observamos el dolor de los desfavorecidos, encarnado prodigiosamente en los ojos desmesurados del niño que clava en nosotros la mirada y en la mano de la muchacha, apoyada en el cristal. La violenta mancha de color del traje femenino es un aldabonazo en nuestra conciencia. Pero no nos engañemos: los problemas son ajenos y los vemos con un cierto desenfoque, tamizados por la cortina de agua; este coche que nos lleva arrancará y nos conducirá lejos, dejando atrás a los dos jóvenes mendigos, a merced de la lluvia.


El pintor, diseñador y fotógrafo ruso Alexander Rodchenko (1891-1956) sintió la necesidad de explorar la realidad desde puntos de vista inéditos, que produjeran el extrañamiento del espectador. Tiende así a situar el objetivo de su cámara en puntos elevados o muy bajos, proporcionando una visión distinta de emplazamientos cotidianos. Una simple escalera y una mujer que la sube acompañada de un niño y con una cesta en el brazo se convierten de la mano del artista en una imagen de sorprendente impacto visual. Las líneas transversales de los escalones, el juego de sombras de los peldaños, el contraste entre el blanco y el negro, la ubicación central de las figuras humanas, producen la impresión de un mundo estilizado y ordenado a gusto del fotógrafo. Todo es limpio, aséptico, casi futurista, en esta escena que, tomada desde otra perspectiva, no pasaría de tener el valor testimonial de un simple paisaje urbano.

El húngaro André Kertész, que es junto a Sebastiao Salgado el fotógrafo al que más admiro, ha estado presente repetidas veces en este blog por su afición a retratar personas sumidas en el maravilloso acto de leer. Traigo en esta ocasión una imagen suya totalmente distinta y que está también entre mis favoritas. Fue tomada al poco de la llegada de su autor a París, durante una visita a otro gran talento de las artes plásticas, el pintor holandés Piet Mondrian. En casa de Mondrian es una fotografía de una prodigiosa elaboración bajo su aparente sencillez. Este rincón austero, poblado de objetos sin importancia, se convierte gracias al sabio encuadre del fotógrafo en una imagen inolvidable. El juego de las luces y las sombras confieren a la obra un claro carácter pictórico. Los protagonistas inanimados de la escena cobran extraordinario relieve: el sombrero colgado en la percha, la pared de pintura deslucida, el felpudo desgastado, el humilde jarrón que recibe el privilegio de la máxima iluminación. Todo es limpio y ordenado en este universo cotidiano en el que predominan las líneas rectas y en el que destaca la elegante curva del recodo de la escalera. Nada es casual ni está fuera de sitio, como no podría ser menos en un homenaje al pintor de la simetría y las composiciones geométricas. Este rincón reducido a las líneas esenciales sólo podría pertenecer a la casa de Mondrian. Y sólo André Kertész podría haberlo captado con su objetivo.


El fotógrafo indonesio nacido en 1963 Hengki Koentjoro es autor de espectaculares imágenes en blanco y negro en las que con frecuencia el agua desempeña un papel fundamental. Frente a su objetivo desfilan los impresionantes paisajes de su tierra, vertiginosas cataratas, umbrosas selvas, hermosos templos budistas, animales de las profundidades y buceadores en plena actividad, captado todo ello desde un punto de vista original que dota a su fotografía de un singular atractivo. En ocasiones, sin embargo, el ojo del artista se posa también en elementos cotidianos e insignificantes, como este muelle desvencijado que se adentra en un mar en calma. La limpieza y esencialidad de líneas de esta imagen proporciona a su humilde protagonista una extraordinaria trascendencia. Es inevitable que nuestra mente eche a volar ante la contemplación de esta precaria sucesión de maderas que se abre paso en medio de una quietud casi sobrenatural, hacia un cielo iluminado y lleno de promesas.

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