sábado, 11 de mayo de 2013

ESCRIBIR, REESCRIBIR

Recuerdo que cuando estudiaba aquel curso que respondía a las siglas ya casi olvidadas de COU, el profesor de literatura nos habló de la forma de escribir de Pío Baroja, comentando que éste abordaba sus novelas sin un plan previo, y que se dejaba llevar por el desarrollo de los acontecimientos que iban surgiendo de su imaginación. Con los años, me he dado cuenta de que aquel profesor de mis tiempos preuniversitarios era un docente nefasto, que se limitaba a dictar en clase unos apuntes extraídos tal cual de un libro de texto que no nos había pedido que compráramos para así tenernos entretenidos copiando durante toda la hora. Con todo, tuvo para mí el interés de ser el primero que me puso en contacto con la literatura del siglo XX, que para la joven lectora que yo era entonces fue una auténtica revelación. Gracias a sus palabras prestadas, nació en mí el impulso de leer a autores como Borges, que cambiaron mi vida. Y a menudo me acuerdo de él –injustamente- cuando acuden a mi memoria sus certeros y ajenos comentarios sobre literatos, como aquel en que explicaba que la narrativa de Baroja fluía sin ideas preconcebidas, libre e imprevisible, parecida, en fin, a la vida que intentaba reflejar.

Tanto como las obras literarias mismas, me fascina el proceso de creación, el sistema que sigue cada escritor para construir los mundos de ficción en los que me sumerjo como lectora agradecida. En alguna entrada anterior de este blog he reflexionado sobre los lugares de la escritura: autores que se encierran a cal y canto frente a otros que se abren al mundo exterior y desarrollan su tarea en lugares públicos, en cafés, en casas atestadas de ruidos humanos. Ahora que acabo de terminar una novela que me ha ocupado el último año y medio, y que afronto ese periodo de duración aún no definida de la relectura y las correcciones, me parece que el universo de la gente de letras se divide en dos grandes grupos: los que escriben de un tirón y los que someten su escritura a constantes revisiones; los que se dejan llevar por la inspiración y los que construyen un complicado andamiaje antes de escribir la primera letra; los que escriben sin más y los que reescriben sin tregua. Curiosamente, en las últimas semanas han llegado a mis manos dos obras de sendos autores a los que desconocía y que encarnan posiciones opuestas en este sentido.

Jesús Carrasco es un narrador en la cuarentena que ha tenido un inicio rutilante en el panorama de las letras españolas gracias a su primera novela publicada, Intemperie. La novela ha llegado a mí a través de la recomendación de una amiga que es además una fiel y entusiasta participante en el club de lectura que coordino, y el hecho de haber preparado la tertulia correspondiente me ha obligado a buscar información sobre este hombre discreto y prácticamente desconocido, cuya contundente y demoledora opera prima está arrasando en sus primeros meses de vida comercial. Lo que he descubierto en ese proceso de investigación ha sido sorprendente. Jesús Carrasco comenta que en la creación de esta novela de poco más de doscientas páginas ha invertido tres años de trabajo, repartidos a lo largo de otros siete. Es un escritor que somete sus frases a una constante poda, que relee y reelabora una y otra vez, en una paciente labor de búsqueda de lo esencial. Este hombre tranquilo de la literatura lleva veinte años escribiendo y sólo en tiempos muy recientes ha sentido la convicción de tener algo interesante que ofrecer a un editor. Quién sabe si pasarán otros veinte antes de que nos ofrezca una joya de intensidad similar a la de esta Intemperie, brutal y despojada como su genial título. Rezo para que la presión editorial no altere el ritmo demorado de un autor que posee la paciencia de otros tiempos menos frenéticos y que trabaja con el temple de un copista medieval. Curiosamente, al hablar de su minuciosa y exigente tarea lo hace con humildad, sin esos fastidiosos alardes de otros autores que hacen bandera de la lucha interna y el sufrimiento del creador. Copio su respuesta en un foro de Internet a la pregunta de una lectora sobre la dureza de su trabajo de escritor: “A mí no me resulta duro escribir. Es algo que me gusta hacer y, sobre todo, algo que yo he elegido libremente. Duro es recoger tomates en los invernaderos, subirse a un andamio en invierno o dar clase en la escuela pública”. Ni que decir tiene: aparte de un excelente novelista, Jesús Carrasco me parece un tipo sensato y cabal. Tiene, además de mi admiración, toda mi simpatía.

Hace un par de semanas, participé en un encuentro con los lectores organizado por la Asociación de Mujeres de Brihuega para presentar mi novela La voz de los extraños. Al final del acto, varios asistentes se acercaron para que les firmara su ejemplar. Uno de ellos era una chica, creo que la persona más joven que se encontraba en el salón de actos, con la que me puse a charlar sobre literatura después de escribirle su dedicatoria. Me comentó que acababa de descubrir a un autor rumano contemporáneo que le encantaba. Inmediatamente, le pedí que me escribiera su nombre; cualquier recomendación de lectura despierta de inmediato mi atención. El escritor en cuestión es un poeta y narrador llamado Mircea Cărtărescu y es el eterno candidato rumano al premio Nobel. La joven lectora me contó con entusiasmo que Cărtărescu había estado recientemente en España con motivo de la presentación de su última obra, acto al que ella había tenido la suerte de asistir. Entre las declaraciones del escritor, le había llamado la atención aquella que hacía referencia a su peculiar sistema de trabajo: al parecer, es un autor que nunca relee, y que cuando se dispone a retomar la escritura de una obra, se limita a revisar las últimas líneas escritas en la precedente jornada de trabajo y eso le basta para engancharse al hilo de la creación. Fue un dato que me dejó fascinada y que me impulsó a buscar, a la primera oportunidad, una obra de este escritor para mí desconocido. Me limitaré por ahora a decir que agradezco sobremanera a esta joven lectora cuyo nombre lamento haber olvidado el haberme puesto sobre su pista. Más adelante traeré a este blog las impresiones que me está causando el libro suyo que tengo entre manos, Por qué nos gustan las mujeres. De momento, dejo aquí una anécdota curiosa contada por él mismo durante su reciente estancia en España, en una entrevista en el programa de radio El ojo crítico. Hace veinte años, encontrándose en el aeropuerto JFK de Nueva York tras un largo viaje por Estados Unidos, el entonces treintañero Cărtărescu confió al azar su decisión de regresar o no a Rumanía, y lanzó al aire una moneda que cayó del lado del retorno a su país. No es extraño que este hombre impulsivo y sin planes previos en la vida se pasee por el mundo de la creación de forma tan libre, al dictado de su prodigiosa intuición. Algo que nos está vetado a los que meditamos indefinidamente sobre lo escrito y lo vivido. Porque –creo que no hace falta explicitarlo a estas alturas- yo pertenezco al grupo de los que reescriben.

2 comentarios:

  1. Bea, me alegro tanto de que escribas y reescribas¡ Porque me gusta lo que sale de tus manos. Pero me has hecho pensar en la terrible contradición en que vivo. Me encantaría improvisar,vivir cada día sin pensar, y,, sin mebargo, hay una fuerza que me obliga a planificar y replanificar cada situación. Qué locura. L.

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    1. El caso es que a mí me gustaría escribir con más alegría, sin tanta premeditación. Me siento más capaz de improvisar en la vida que frente a la pantalla de ordenador. Existe, tomando prestadas tus palabras, una fuerza que me obliga a planificar y replanificar los párrafos. ¡Qué no daría yo por tener en ese sentido una pequeña -o grande- dosis de locura!

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