domingo, 3 de marzo de 2013

LOS CUADROS DE FEBRERO (2013)

La búsqueda en la red trae de vez en cuando la recompensa de descubrir auténticos tesoros debidos a los pinceles de completos desconocidos. Es el caso del pintor alemán Alois Erdtelt (1851—1911), artista del que no he podido encontrar otra referencia biográfica que sus fechas de nacimiento y muerte, y que es el autor de esta Cabeza de muchacha, prodigio de elegancia y captación psicológica. Con la sobriedad y eficacia de los clásicos, Erdtelt reduce al mínimo su gama cromática y concentra el foco de luz en el rostro de su modelo para hacerlo emerger de la oscuridad circundante. No hay entorno para este personaje, cuya indumentaria queda reducida al cuello claro de una vestimenta que no vemos. Con semejante economía de medios, el autor  logra el milagro de hacernos sentir que del lienzo surge no tanto un cuerpo real de carne y hueso, sino las profundidades del alma humana. La mirada triste y ensimismada de esta muchacha es de las que desafían las leyes físicas; cómo conformarse con la explicación de que lo que tenemos frente a nosotros es tan sólo una combinación de pigmentos sobre una tela.

Hay cuadros que uno puede pasarse la vida entera contemplando sin llegar a conocerlos del todo. A mí me sucede con Joven caballero en un paisaje, pintado en 1510 por el artista italiano Vittore Carpaccio, y que he tenido la suerte de poder ver al natural muchas veces en el Museo Thyssen. Este guerrero pertrechado con su armadura que mira receloso hacia un punto en el exterior del cuadro, dispuesto a desenvainar, está lleno de secretos para el que lo observa. Nada sabemos del origen de su actitud de desconfianza, igual que se nos escapa el sentido de la profusión de elementos que ocupan su entorno. Un personaje montado a caballo emerge, lanza en ristre, del castillo situado en segundo plano. Un paisaje otoñal y melancólico envuelve a nuestro protagonista: un árbol casi desnudo muestra sus últimas hojas, la construcción del fondo tiene los tejados en ruinas y está invadida por la vegetación. Y lo más apasionante y enigmático: esa multitud de criaturas que pueblan la escena, y a las que el espectador moderno supone un sentido que no llega a captar del todo. El pequeño y delicado armiño del primer término, los perros que acompañan a los humanos, las aves que se reúnen a la orilla del lago, los conejos que corretean, el ciervo que otea el horizonte, el pavo real encaramado en un muro. Todo un universo natural que nos parece, en realidad, una materialización del alma del retratado, este caballero que es como un viejo amigo que nunca pierde el poder de sorprendernos.


Me maravilla la capacidad de los artistas para, partiendo de las mismas percepciones visuales que el resto de los mortales, crear una realidad alternativa, posible solo dentro del lienzo. Así sucede con el pintor expresionista alemán August Macke (1887-1914), que fragmenta la naturaleza en piezas que recompone a su antojo para crear este Paisaje con vacas y camello. El artista emprende ese juego de dotar de un nuevo orden a la realidad con la misma alegría del niño que organiza un rompecabezas. Contribuye a esa sensación de jovialidad el empleo de los colores más brillantes de la paleta. El resultado es risueño, abigarrado, un alarde de esplendor natural: el ojo del espectador reconoce aquí y allá la silueta de las palmeras, los arbustos, el cielo y la hierba, en confuso tropel. Y en medio de ese paisaje de cálidas resonancias, milagrosamente intactas, las figuras de los animales que dan título al cuadro, plácidamente asentados en ese universo ficticio que es un trasunto de la imaginación del pintor.

El más barroco de los pintores barrocos, el flamenco Peter Paul Rubens, abandona de cuando en cuando sus habituales composiciones aparatosas y de movimiento frenético para crear retratos llenos de hondura y sobriedad. Cuanto menor es la categoría social del retratado, se produce un mayor despojamiento del oropel que con frecuencia enturbia nuestra captación del grandísimo pintor que subyace bajo el efectismo y las servidumbres de su época. Así sucede con este Retrato de un hombre joven, en el que un personaje de identidad desconocida nos mira con gravedad desde una distancia de cuatro siglos. El modelo goza de una posición desahogada y así lo demuestran la dignidad de su vestimenta, el exuberante cuello y el delicado encaje del puño. Por lo demás, nos encontramos ante un ser humano en el que podemos reconocernos, con sus limitaciones y debilidades. La mirada, que en nuestro primer encuentro con el retrato nos puede parecer arrogante, es un prodigio de sutileza psicológica: en ella se leen cansancio, recelo, preocupación e incluso vulnerabilidad. Uno puede mirar cara a cara a este hombre del pasado durante horas sin dejar de encontrar nuevos matices en su expresión. Y qué decir de la mano que emerge del negro de las vestiduras, un alarde de técnica y delicadeza, un placer para los ojos.

2 comentarios:

  1. Hola Beatriz:
    Hace un tiempo que descubrí tu blog y hoy por fin me decido a escribirte estas palabras .Primero de agradecimiento y admiracion por la generiosidad y la calidad de tus entradas y en segundo lugar decirte que que me siento bastante isentificada contigo ,pues yo tambien soy profesora y me dedico al mundo del arte como pintora.
    Me gusta mucho tu seccion de los cuadros del mes y de la semana.Es impresionante la sensibilidad en la descripcion de como trabaja el pintor y porqué.
    El cuadro de Eva Gonsaléz me parece una maravilla y aunque murió joven siempre me he preguntado porque no se la valoró más dentro del mundo del Impresionismo.
    Decirte por último que yo trato de recrear el mundo de la infancia en mis cuadros ya que es con el que convivo a diario y el que me apasiona.Preciosas las fotografias de niños.Un abrazo Beatriz y hasta la proxima charla. Martmina

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    1. Siempre es una alegría descubrir que alguien se lanza a escribir en este espacio después de seguirlo durante un tiempo. Y más si es una persona con la que es posible compartir tantas cosas. Qué suerte tienes, Martmina, de poder recrear con tus pinceles ese mundo de la infancia con el que ambas tenemos tanto contacto a diario. He echado un vistazo a las pinturas que aparecen en tu blog y me parecen deliciosas.

      Espero seguir dándote motivos para pasarte por este rincón. Un abrazo y bienvenida.

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