miércoles, 2 de enero de 2013

LOS CUADROS DE DICIEMBRE (2012)


Eero Järnefeld (1863-1937) es un pintor finlandés poco conocido en nuestro país que se dedicó, con impecable técnica realista, a reflejar los paisajes y los problemas sociales de su tierra. En este cuadro, titulado Botella de vino francés, nos introduce en el interior de una humilde taberna. Muchos siglos de historia de la pintura están contenidos en el hábil juego de iluminación de la escena: la intensa claridad que atraviesa el escaparate, la distinta incidencia de la luz sobre las variadas superficies (mostrador metálico, mesa de mármol, objetos de cristal), el contraluz en el que se recorta la figura del hombre de pie, que oculta entre las manos la claridad de una cerilla, el rostro a medias sombrío y a medias iluminado del hombre sentado, el resplandor rojo de la tela que cubre la escalera de caracol. Pero este juego de destrezas no se queda en un simple alarde formal gracias a la mirada triste, intensamente humana, que el hombre junto a la mesa clava en el espectador. Nos gustaría saber qué hay detrás de esa expresión seria y cansada, aunque sospechamos que nada que el tiempo y las dificultades diarias que todos conocemos no puedan explicar.
  
El maestro indiscutible en el empleo del color negro, Édouard Manet, deja de lado las impactantes manchas oscuras que ocupan lugar preeminente en muchas de sus grandes obras y adopta una paleta suave y delicada en el pastel titulado Mujer ajustándose la liga, pintado en 1878. Aprovechando el privilegio de los artistas de colarse en alcobas y vestidores, el espectador disfruta del acceso a la intimidad de esta mujer de cuya exuberante anatomía se nos da tan buena cuenta, pero cuyo rostro se nos escamotea. Hay una indudable picardía en el juego de mostrar y recatar que plantea el autor. Es impagable el estampado que cubre la pared y que sirve de telón de fondo: la escena no sería la misma sin el grácil aleteo de esas florecillas trazadas con mano ágil y risueña. No hay sombras ni amenazas en este momento feliz, intrascendente. La gravedad de la vida se ha quedado fuera del cuadro, probablemente en el mismo lugar que habita el color negro.


El pintor británico David Hockney (nacido en 1937) es autor de paisajes de nítidos trazos y vibrantes colores, como este titulado Hojas de otoño. Con la claridad de sus formas y sus brillantes superficies, el autor nos sitúa en un universo artificioso, decorativo, jovial; nada más alejado de la habitual visión melancólica de esta estación del año. En el otoño de Hockney no hay lugar para las brumas, el barro, la lluvia, los tonos apagados; no hay lugar tampoco para la tristeza ni los pensamientos sombríos. Todo es diseño y juego de líneas, en este mundo a duras penas natural, ordenado por el artista. La rama que preside la composición parece un precioso adorno colocado allí ex profeso por una mano poderosa, para que decore el bosque con el encanto de sus hojas doradas. Al que contempla el cuadro no le queda más opción que la de sonreír, frente a este inesperado otoño risueño.

La ingenuidad con que los pintores de iconos ortodoxos tratan los temas piadosos hace que sus obras posean para mí un encanto especial. En este caso, la terrible historia de Simeón el Estilita, riguroso asceta que en su voluntad de apartamiento del mundo pasó más de treinta años en lo alto de una columna en medio del desierto, se plasma de la mano del artista en una escena deliciosa. La columna de la tradición se transforma en la torre de un primoroso edificio de reminiscencias eslavas; el desierto, en bellos riscos dorados entre los cuales se abren paso unos arbolitos trazados con esmero, hoja a hoja. El Simeón adusto que rechaza el trato humano se ha convertido en un viejecito cordial que departe amistosamente con la Virgen y el Niño, como si charlara con una vecina desde la azotea. Todo es acogedor y risueño en esta revisión de la vieja leyenda; nos cuesta creer que este santo bondadoso sea el que ha pasado a la tradición como el inventor del cilicio. Un único detalle nos remite a la magnitud de su sacrificio: los recipientes que penden de sendas poleas, a ambos lados de la torre. Simeón debe acudir a este sistema para procurarse alimento porque jamás abandona su encierro. La escalera de ingenua perspectiva que se abre al pie del edificio conduce, sin duda, a una puerta perpetuamente cerrada.

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