jueves, 27 de septiembre de 2012

VOLVER A JUGAR RAYUELA

En una carta a su editor escrita en 1962, comentaba Julio Cortázar que la que entonces era su esposa, Aurora Bernárdez, se echó a llorar cuando terminó de leer Rayuela por primera vez. Añadía a continuación con mucho humor que no sabía cómo tomarse semejante reacción: también un general del ejército norteamericano prorrumpió en llanto ante la visión de un plano dibujado por Mark Twain. Cortázar se refiere sin duda al mapa humorístico de las fortificaciones de París que el inefable escritor estadounidense publicó en un diario en 1870, y que iba acompañado por divertidísimos y ambiguos elogios formulados supuestamente por grandes figuras de la política y el ejército, del tipo: “Nunca he visto un mapa semejante” o “ No puedo mirarlo sin derramar lágrimas”.

Pero no. Sin duda el llanto de esta mujer que tuvo el privilegio de ser considerada por Cortázar como la única lectora a la que iba dirigido su libro nacía de emociones de otro signo. Puedo figurarme la conmoción que supuso para ella leer el manuscrito original de Rayuela, ser la primera persona en pasear los ojos sobre esta obra que pone patas arriba el concepto de novela y el de la existencia humana en general. Hay privilegios altísimos en las vidas de ciertas personas. Yo este me lo pido para mi próxima reencarnación.

Leí por primera vez Rayuela con apenas veinte años. Es el momento de las grandes revoluciones interiores, de los libros que dejan una huella indeleble. En una ocasión leí una entrevista en la que se les hacía a varios autores la misma pregunta: “¿Cuál es el libro que cambió su vida?” Durante unos días estuve dándole vueltas a la cuestión; creo que incluso elaboré una pequeña lista. Ahora veo claro que la respuesta más obvia se circunscribía al escueto título de esta novela de nombre juguetón y largos tentáculos. Es un libro que te puede perseguir toda la vida. A mí me persigue. Y cada vez que me encuentra, me deja un legado diferente.

En mi primera lectura de Rayuela me fascinó la parte titulada Del lado de allá. O lo que es lo mismo: París. Las calles que recorren sin rumbo fijo Horacio Oliveira y la Maga, los azarosos vericuetos que ambos trazan por separado hasta encontrarse por casualidad, los tipos marginales que habitan bajo los puentes del Sena, los apartamentos pequeños y ruinosos, abarrotados de intelectuales sin oficio ni beneficio que departen interminablemente sobre el arte, la vida y el jazz. Me sedujeron la audacia, la ruptura con el concepto tradicional de narrativa, el descaro y la soltura para utilizar cualquier material como parte de una novela. El voluntario alejamiento del sentimentalismo con el que tan fácilmente engancha el autor complaciente a los lectores bienintencionados. Cortázar me dejó claro su mensaje: con buenos sentimientos no se hace buena literatura. Sí con valentía y con un increíble dominio del idioma.

Releo Rayuela y cobra un extraordinario peso para mí la segunda parte, la titulada Del lado de acá. Es decir, Buenos Aires. El regreso al hogar del maltrecho protagonista, el reencuentro con el amigo de toda la vida cuya existencia procede a destrozar como hizo en París con aquella Maga que sabía quererlo sin plantearse dudas metafísicas, simplemente –cosa nada simple- queriendo. La caída en picado de Oliveira hacia la locura, su incapacidad para vivir, para dejar vivir a los que lo rodean. Hay una imagen brutal en uno de los capítulos finales: el protagonista atrincherado en una habitación, disponiendo meticulosamente una serie de trampas (hilos que se entrecruzan, recipientes llenos de agua) para recibir a su buen amigo Traveler, al que le supone intenciones asesinas. Esta vez, la lectura de Rayuela me ha dejado un poso amargo y angustiado. Me he reído mucho, también. Con las ocurrencias locas del protagonista, con los absurdos textos intercalados extraídos de diarios y obras inencontrables, auténtico muestrario de excentricidades y puntos de vista visionarios. Tal vez la madurez consista en esto, en captar la angustia de la vida en toda su dimensión pero ser capaz de afrontarla con una sonrisa.

Calculo yo que, si dejo pasar un número de años similar al que ha mediado entre la primera y la segunda lectura, puedo tener tiempo de leer Rayuela una tercera vez. Ya informaré sobre el resultado.

8 comentarios:

  1. un mandala literario!! en este instante me acuerdo del imposible capítulo 68, me sorprende la manera de crear algo a partir de palabras inexistentes y que esas palabras puedan cobrar sentido en ese mundo...y en el mío, y quizá cree otros más dependiendo de la interpretación que le de cada lector.
    Hermosa entrada, como siempre.
    Angélica

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    1. Ah, ese maravilloso capítulo 68 escrito en glíglico: "Apenas él le amalaba el noema..." Cada vez que lo leo, "amalar" me sorprende designando una acción diferente y "noema" se refiere a una parte distinta de la anatomía... Tengo la impresión de que existen tantos "amalar" y "noemas" como lectores.

      Gracias por dejar tu comentario y hasta pronto.

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  2. Soy un fan incondicional de Cortázar y me encanta releerlo y descubrir nuevas cosas suyas. Sin embargo, confieso que aún no he leído Rayuela. Pero por una razón bien simple: no me atrevo.

    Es que tengo tantas ganas de leer ese libro que temo que mis expectativas superen la barrera ideal que cualquier lector debería cuidarse de cruzar antes de sumergirse en una obra desconocida para él.

    Sin embargo, con tu entrada me has devuelto los ánimos y convertiré a Rayuela en mi próxima lectura, apenas termine con las que llevo. Ahí te cuento como me va.

    ¡Un abrazo!

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    1. Si te gusta Cortázar, debes leer "Rayuela". Y si, como es tu caso, te gusta mucho, no tienes escapatoria posible. Probablemente te desesperará a ratos, ciertos pasajes te resultarán oscurísimos, otros te sublevarán; de repente, una frase o un capítulo te sacudirán de la cabeza a los pies. Querrás arrojar el libro por la ventana y acto seguido te parecerá que sin él tu biblioteca se queda coja. Es parte del encanto. No todas las novelas son capaces de causar un tumulto semejante. Ya me contarás.

      Un abrazo.

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  3. Somos cronopios Beatriz ;) aunque a veces te confieso que me siento como un cronopio solitario navegando en medio de muchas famas y esperanzas. Un abrazo. Angélica

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    1. Me encanta que me consideres incluida en el grupo de los maravillosos cronopios, Angélica, aunque a veces me siento a años luz de ellos, atada a un mundo de orden, horarios y escrupulosa atención a detalles que no importan. A raíz de tu comentario me he puesto a hojear mi edición de "Historias de cronopios y famas" y me han entrado unas tremendas ganas de releerlo... Qué estupendo es esto de contagiarse mutuamente las ganas de leer. Un abrazo.

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  4. Por fin me atreví a leer Rayuela. No entiendo qué me retenía y tuve q.ue esperar tu presentación para decidirme porque es uno de los logros de este blog: me anima y me hace desear "poseer" aquello que tú valoras tanto.
    El resultado ha sido increible. El impacto de los personajes -mehe enamorado de la Maga- y la sensación de deslizarme por la lectura. Qué gozo. Gracias por acercarme a estas obras. L

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    1. Tengo la teoría de que el mundo se divide entre los que, como tú, aman a la Maga, y los que, como yo, se miran fascinados en el espejo de Horacio Oliveira. Qué alegría me da que compartas mi entusiasmo por este libro, que es uno de los que más ha marcado mi vida. Es curioso: la lectura, que es una tarea tan solitaria, trae consigo la deliciosa necesidad de compartir.

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