viernes, 10 de agosto de 2012

CALOR

Supongo –espero, también- que hasta el próximo verano no volveremos a sufrir por estos pagos un día tan caluroso como el de hoy. Las altas temperaturas invaden las conversaciones en ascensores y supermercados y proporcionan amplio material de relleno para los telediarios. Son inevitables las entrevistas callejeras en las que los ciudadanos de a pie alcanzan su momento de gloria manifestando su asombro o su resignación ante las condiciones atmosféricas, así como las intervenciones de expertos en la materia –ignoro cuál- que nos asesoran sobre el modo de sobrevivir cuando se alcanzan los cuarenta grados. Lo confieso: yo las altas temperaturas las encaro con escasa paciencia. Siempre echo la culpa a un ancestro anglosajón del que apenas tengo otra noticia que su nombre de esta escasa resistencia mía a las contingencias veraniegas. Pero este año, para aguantar el mal trance, se me ha ocurrido echar mano de la literatura.

Hace un par de meses, leí una entrada de un blog –no recuerdo el nombre de su autor, y bien que me pesa- sobre la  asociación de ciertos escritores con el frío o el calor. He buscado con denuedo dicho texto en la red y no lo he encontrado, pero si la memoria no me traiciona, se mencionaba a los novelistas rusos como principales plasmadores del frío en la literatura, y a William Faulkner como emblema del calor. Para consolarme de la bocanada ardiente que se cuela por mi ventana, me he puesto a recordar pasajes literarios en los cuales las altas temperaturas tuvieran especial relevancia. Me han venido a la cabeza muchos: por seguir con Estados Unidos, los campesinos de Steinbeck viajando como vagabundos por las carreteras y el gran sabueso de Raymond Chandler, Philip Marlowe, persiguiendo a los criminales bajo el sol de Los Angeles; los días ardientes de Macondo, como aquel en que el futuro coronel Aureliano Buendía va con su padre a conocer el hielo, en Cien años de soledad; los fructíferos paseos bajo el cielo radiante de Corfú del joven Gerald Durrell, en amorosa comunión con todas las criaturas, en Mi familia y otros animales; las amenazadoras noches a bordo del barco que surca el río Congo en El corazón de las tinieblas de Conrad; la atmósfera ruidosa y superpoblada del Saigón que rodea el dormitorio donde los protagonistas de El amante de Marguerite Duras consuman su amor. Pero el fragmento que me ha parecido de más utilidad para las presentes circunstancias pertenece a Rayuela, la gran novela de Julio Cortázar.

Leí Rayuela hace muchos años pero, como me ocurre con frecuencia con las obras de Cortázar, algunos pasajes se me han quedado prendidos en la memoria para siempre. Es el caso del capítulo 41 de la segunda parte de la novela, la titulada Del lado de acá, en el que el protagonista, el sin par Horacio Oliveira, dedicado a la trascendente tarea de enderezar clavos, se enfrenta al terrible calor de Buenos Aires imaginando que está inmerso en una ola de frío polar. Con su estilo juguetón y su lenguaje deslumbrante, Cortázar nos describe ese proceso de autosugestión al que su personaje, en camiseta de tirantes y martillo en mano, se entrega con especial dedicación. El pasaje es muy divertido; a mí su relectura me ha hecho sonreír, lo cual tiene mérito, dadas las temperaturas reinantes. Lo incluyo por si a alguien más le sirve de bálsamo contra los cuarenta y dos grados que estamos alcanzando en estos momentos. Es un remedio contra el calor que no mencionan los expertos de los telediarios: el poder de la imaginación.

"«Qué frío bárbaro hace», se dijo Oliveira que creía en la eficacia de la autosugestión. El sudor le chorreaba desde el pelo a los ojos, era imposible sostener un clavo con la torcedura hacia arriba porque el menor golpe del martillo lo hacía resbalar en los dedos empapados (de frío) y el clavo volvía a pellizcarlo y a amoratarle (de frío) los dedos. Para peor el sol empezaba a dar de lleno en la pieza (era la luna sobre las estepas cubiertas de nieve, y él silbaba para azuzar a los caballos que impulsaban su tarantás), a las tres no quedaría un solo rincón sin nieve, se iba a helar lentamente hasta que lo ganara la somnolencia tan bien descrita y hasta provocada en los relatos eslavos, y su cuerpo quedara sepultado en la blancura homicida de las lívidas flores del espacio. Estaba bien eso: las lívidas flores del espacio. En ese mismo momento se pegó un martillazo de lleno en el dedo pulgar. El frío que lo invadió fue tan intenso que tuvo que revolcarse en el suelo para luchar contra la rigidez de la congelación. Cuando por fin consiguió sentarse, sacudiendo la mano en todas direcciones, estaba empapado de pies a cabeza, probablemente de nieve derretida o de esa ligera llovizna que alterna con las lívidas flores del espacio y refresca la piel de los lobos".

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