martes, 31 de julio de 2012

UN INSTANTE EN EL PARAÍSO

En la entrevista que incluí en la primera entrada de este mes de julio, la titulada El hombre tras las palabras, Antonio Muñoz Molina citaba una hermosa frase de Jorge Luis Borges. Pertenece al último libro del maestro argentino, Los conjurados, y dice así: “Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso”. Los que hayan escuchado la entrevista recordarán que Muñoz Molina traía estas palabras al hilo de una actitud que observa con frecuencia y que le llena de asombro: la incapacidad de las personas para concentrarse en lo que están haciendo, para atender a lo que se les dice; para vivir, en definitiva, el aquí y el ahora.  

Quién no ha sido testigo –y víctima- de un comportamiento como el mencionado por el novelista. Comentaba Muñoz Molina que él lo ha observado especialmente entre los incluidos en ese dudoso grupo al que podríamos denominar “gente importante”: en una reunión, en un evento, cuando le presentan a alguien de especial relevancia, con frecuencia sucede que durante la subsiguiente charla esa persona está todo el rato mirando a uno y otro lado, atisbando por encima de la cabeza de su interlocutor, como si sus palabras no le interesaran y estuviera a la espera de un acontecimiento mucho más atractivo que sucederá, qué duda cabe, en otro punto de la sala. Yo soy menos optimista tal vez que mi admirado Muñoz Molina, y pienso que este es un defecto mucho más extendido, no achacable a un solo grupo humano y que se está viendo reforzado, en tiempos modernos, por este nuevo mundo tecnológico que nos brinda siempre la posibilidad de estar hablando con quien no tenemos delante, de estarnos dirigiendo a toda velocidad hacia un sitio que suscita en nosotros mucho más interés que aquel en el que nos encontramos.

Desde que hace unos años empezaran a proliferar los teléfonos móviles, se repite en los lugares públicos una escena que llama poderosamente mi atención. Es especialmente frecuente en bares y cafés: una pareja está absorta en una animada conversación que no se produce entre las dos personas sentadas frente a frente, sino entre cada una de ellas por separado y otros ausentes cuyas voces llegan a través de sendos teléfonos móviles. Es un espectáculo fascinante, porque las actitudes se contraponen, uno de los miembros de la pareja está serio mientras el otro se carcajea, hablan los dos a la vez o coinciden en un instante de silencio. Uno conversa sobre trabajo y el otro sobre una cuestión familiar. Uno suelta una bronca a su interlocutor mientras el otro le ríe un chiste. No se miran entre ellos. Para qué. Será porque a mí me da mucha vergüenza atender llamadas cuando estoy acompañada –es uno de los muchos lastres de alguien a quien le da vergüenza casi todo-, pero es una situación que me resulta ajena e incomprensible. Por qué será que en esta sociedad moderna parece que nos apetece más conversar con quien no está presente. Siempre, durante la contemplación de esas parejas escindidas de amigos o novios, me planteo lo siguiente: Si estos dos estuvieran separados, en compañía de otras personas, ¿se morirían entonces de ganas de establecer comunicación entre ellos?

Luego está la cuestión de la impaciencia. Todo va muy deprisa, de un tiempo a esta parte. Hace unos años, por cuestiones familiares, me convertí en asidua espectadora de cine de acción estadounidense. Descubrí el mundo del cómic y los superhéroes y lo hice con auténtica delectación: de jovencita fui tal vez demasiado seria y me tenía prohibidos placeres tan básicos y liberadores. Estos personajes dotados de singulares poderes que luchan con villanos vistosos y juguetones me resultaron francamente divertidos. El único problema que encontré es que, en ciertas escenas de acción, todo sucedía tan rápido que me resultaba muy confuso. Los planos se superponían en mi retina a tal velocidad que mi cerebro no daba abasto para descifrarlos; dudo mucho de que los chavales que disfrutaban a mi alrededor devorando palomitas tuvieran tampoco tiempo de hacerlo. Pero en cualquier caso, ellos han asimilado ese ritmo frenético y les parece la cadencia natural de las cosas. Es muy complicado que entiendan que deben esperar, que cada realidad tiene su propio ritmo, que un libro o una película no es “un rollo” porque en el primer párrafo o secuencia no plantee un enigma que nos atrape de manera inevitable. Decía el gran cineasta Fellini que “estamos construyendo generaciones enteras de cretinos impacientes”. Yo creo que el problema viene de años atrás. Estos chiquillos a los que cuesta llevarse de excursión porque apenas se han subido al autobús ya quieren estar en su destino, viajan en coche con padres y madres que tocan la bocina apenas se abre un semáforo, con la esperanza tal vez de que el vehículo que los precede se desvanezca; que se ponen en peligro adelantando y esquivando coches por la carretera para llegar unos segundos antes a un objetivo del que probablemente escaparán a igual velocidad al cabo de un poco. Viajan en metro rodeados de viajeros que se precipitan escaleras abajo y se lanzan a los vagones a punto de partir como si su vida dependiera de ello. Acuden a supermercados en los cuales los compradores lanzan suspiros de disgusto si la cola de la caja no avanza a la velocidad que ellos juzgan adecuada. En su canción A quien corresponda, el gran Joan Manuel Serrat define con su verbo certero esta carrera sin tregua y sin destino de los tiempos modernos: “Que llegamos siempre tarde / donde nunca pasa nada”. Qué nos sucede, por qué nunca queremos estar donde estamos, estableciendo comunicación con las personas que nos rodean. Por qué la felicidad se nos escapa inevitablemente, parece estar siempre en otro sitio, en otro momento, en otra compañía, nunca aquí y ahora.

4 comentarios:

  1. Gran entrada. Y la frase de Fellini es abrumadora, porque cada año el mundo parece querer acelerar su ritmo a un nivel que roza la superficialidad absoluta.

    Sobre los celulares, me pasa lo mismo. A veces estoy conversando con alguien que mira su celular todo el tiempo. Me da rabia y pena al mismo tiempo, porque la gente parece cada vez más obnubilada por las cosas materiales y poco profundas.

    Un saludo!

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    1. Gracias y bienvenido, Lector Indiscreto. Ya me he acercado a echarle un primer vistazo a tu blog, presidido por ese encantador ratón de biblioteca que lee a Shakespeare.

      Me alegra especialmente dar la bienvenida a visitantes del otro lado del océano, con su hermoso lenguaje, que nos recuerda, por ejemplo, que ese impertinente objeto al que por estos lares denominamos móvil se llama también celular. Espero que sigamos encontrándonos gracias a la magia de la red.

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    2. Jajaja, cierto! Nunca se me ocurrió pensar en eso del "móvil". Curioso como el lenguaje propio se te pega y lo sueltas luego con una facilidad...

      ¡Gracias por tu bienvenida y por pasarte por mi blog! Yo sencillamente me enamoré del tuyo.

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    3. Gracias a ti, Lector Indiscreto. Espero seguir dándote motivos para que te pases por aquí.

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