domingo, 15 de julio de 2012

MIS FOTÓGRAFOS (I)


Alfred Stieglitz, esposo de la pintora Georgia O’Keeffe, es uno de los grandes pioneros de la fotografía estadounidense. A él se deben melancólicos paisajes urbanos y bellas vistas de la naturaleza lluviosa y nevada, bañados por una luz misteriosa e imprecisa que se erige en protagonista. En 1901, capta con su cámara esta sugerente imagen y le da el título de Primavera. Gracias a la magia del objetivo de Stieglitz, la figurita infantil se convierte en una presencia sobrenatural, y habitará para siempre, como un hada, en medio de la naturaleza que renace tras los rigores del invierno.

En mi adolescencia, tuve durante mucho tiempo en la pared de mi habitación un póster con estas Muchachas en bicicleta del fotógrafo británico David Hamilton. Autor de innumerables retratos de adolescentes que hoy en día resultan más que perturbadores para la moral imperante, Hamilton capta en esta fotografía todo el misterio de la vida que empieza. A mí, que tenía por aquella época una edad similar a la de las dos modelos, me encantaba dejar pasar los minutos en ensoñación frente a esta imagen difusa y sugerente, imaginando adónde conduciría la carretera que se pierde entre el verdor. No sé qué fue de aquel póster, y no había vuelto a pensar en esta foto hasta que la encontré hace unos días navegando por la red. Me ha impresionado verlas ahí, a mis dos compañeras de aquellos lejanos tiempos, detenidas aún al borde del camino, entretenidas en su charla, sin haber llegado a averiguar a dónde las conduciría esa carretera que, una vez que se inicia, no tiene marcha atrás. Dichosas ellas.

Hablar del fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado es hablar de un inigualable retratista de la condición humana en medio de la dureza de la vida. Frente a su objetivo han desfilado pueblos enteros exiliados por el hambre y la guerra, trabajadores que cargan sobre sus hombros las más arduas tareas del planeta, niños que aprenden que la existencia que les ha tocado en suerte carece de contemplaciones. Y siempre, en medio del paisaje arrasado por los conflictos bélicos, por la más extrema pobreza, se erige la figura de los seres humanos dotada de extraordinaria belleza y dignidad. He aquí un pequeño ejemplo: el fondo oscuro, las figuras de los tres pequeños refugiados abrigados con mantas, una iluminación privilegiada y los ojos del niño del primer término, que se clavan directamente en la conciencia del espectador. Es difícil crear una obra más hermosa con la áspera trama del día a día de los desfavorecidos. “Hay un instante que la realidad elige para decirse con perfección”, dijo al respecto el escritor uruguayo Eduardo Galeano. Y no cabe duda de que, cuando eso sucede, la cámara de Salgado está allí, para dejar testimonio.

La fotógrafa británica Fay Godwin (1931-2005) se dedicó a explorar los paisajes rurales de su país, cámara en mano, y nos dejó una hermosa y melancólica colección de imágenes en blanco y negro como este Árbol hundido captado en el lago Derwentwater. Privados del color, los paisajes de esta artista adquieren una pureza de líneas esencial; se despojan de lo accesorio para entregarnos su alma. Si paseáramos por el enclave real, sin duda quedaríamos atrapados por las tonalidades de la vegetación, por el azul limpísimo del cielo, por el juego de gradaciones de las montañas que cubren el horizonte. En la fotografía de Godwin, la línea negra y torturada del árbol que hunde sus raíces en el agua alcanza una relevancia extraordinaria. El elemento más humilde del entorno se vuelve así protagonista en este paisaje espiritual que nos habla de soledad, de paz, de lo que perdura más allá de las veleidades mundanas.

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