lunes, 4 de junio de 2012

LOS CUADROS DE MAYO (2012)


Dicen que Picasso comentó sobre Marc Chagall: “Cuando Chagall pinta, no se sabe si está durmiendo o soñando. Debe de tener un ángel en algún lugar de su cabeza”. No cabe mejor definición para este productor infatigable de imágenes oníricas y encantadoras. Entre 1938 y 1942, años en que vive a caballo entre Francia y Estados Unidos, Chagall pinta esta Virgen de la aldea. En contraposición al terrible panorama del momento, el pintor bielorruso da vida a una esperanzadora imagen de un mundo sobrevolado por seres alados y mágicos, por ángeles y animales músicos que se dirigen hacia una figura femenina que lo mismo podría ser una representación religiosa que un hada. Como siempre en este artista, los colores son una fuente de gozo para el espectador: los azules intensos, el blanco radiante, el amarillo que juega a transmutarse en verde. Toda la humanidad parece concentrarse en esa aldea de casitas dibujadas con ingenuidad infantil. Sobre ellas se elevan las criaturas voladoras y se enciende una gigantesca vela: la llama de una esperanza que no se agota, la que se mantiene viva cuando artistas como Chagall son capaces de soñar y crear mundos mejores. 


Pablo Picasso está iniciando su época rosa cuando pinta esta enternecedora plasmación de la amistad entre humanos y animales titulada Muchacho con un perro (1905). El carácter intermedio de la obra dentro de la trayectoria de su autor se nota en la presencia de los azules de su etapa precedente, por debajo de los cuales se van abriendo paso los nuevos tonos rosados y terrosos. Con impresionante sencillez, la mano del pintor traza la figura de este melancólico niño de vestimenta escueta y atemporal, detenido en el gesto de llevarse un alimento a la boca por una presencia o un suceso que escapa al campo de visión del que contempla el cuadro. A su lado, mirando en la misma dirección que el chico, un perro de raza indeterminada hace frente común con su dueño y se deja acariciar por el gesto protector de este. No hay nada extraordinario en estos dos seres humildes, y sin embargo, el espectador tiene la sensación de estar siendo testigo de un instante de privilegio. La pareja de amigos podría pertenecer a cualquier época y lugar: las pinceladas vigorosas del artista crean para ellos un fondo desligado de cualquier alusión concreta y los sitúan para siempre en el terreno de lo indeterminado, de lo eterno, donde habitan los sentimientos que nos definen como humanos y que perduran más allá de las exigencias del momento.

Francesco Sassetti y su hijo Teodoro de Domenico Ghirlandaio (1449-1494). Todo es contraste en este cuadro del maestro florentino: las edades de los dos personajes retratados; la gravedad del padre y su expresión ensimismada; el candor del hijo, que se vuelve hacia el rostro de su progenitor como queriendo descifrar sus pensamientos, con ese delicioso gesto de los seres pequeños que miran hacia arriba para atisbar lo que queda por encima de su estatura y sus pocos años. El rojo oscuro del atuendo del hombre maduro nos habla de la solemnidad de su posición, del peso de su papel en la sociedad y en su familia. El estampado del niño, de las alegres expectativas de una vida que empieza a florecer. Ghirlandaio ha fijado para la posteridad los entresijos de la relación paterno-filial, la entrañable proximidad y la simultánea grieta entre las preocupaciones del adulto y la ligereza de la juventud. Ignoramos si, con el tiempo, el joven Teodoro llegaría a comprender los pensamientos que ocupaban la mente de su padre.


Francisco de Zurbarán, pintor de monjes y santos, de ambientes tenebrosos y blancos hábitos, es el creador de los más exquisitos bodegones que he contemplado jamás. En 1630 pinta esta Taza de agua y rosa sobre bandeja de plata. Por el procedimiento de eliminar todo lo accesorio, Zurbarán carga de significado los escasos elementos que componen esta naturaleza muerta austera y espiritual. Es portentoso el juego de texturas, voluntariamente contrapuestas: la suavidad de la flor, la dureza de la plata, la liviandad del líquido. Desgajados de cualquier contexto por el fondo oscuro en el que vagan desde hace siglos, estos tres objetos adquieren una trascendencia inesperada: la importancia de lo que se observa detenida y amorosamente; el valor de lo que es único e irrepetible si se mira con atención. Con este cuadro aparentemente humilde, el pintor nos da una lección inolvidable. No hay motivos importantes y banales, no hay temas más grandes que otros: solo miradas capaces de transformar lo sencillo en arte.

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