miércoles, 4 de abril de 2012

POR FIN, LA LLUVIA

Hacía tanto que no veíamos llover por estos lares, que algunos habíamos olvidado hasta el sonido de las gotas al caer. Cuando volví a oírlo ayer por la tarde me produjo una impresión deliciosa. Es, en mi opinión, de los sonidos más bellos que existen. Un sonido que acompaña sin perturbar, tranquilizador como el silencio pero mucho más hermoso. Un sonido que hipnotiza, que sosiega, que parece transmitir un mensaje que es distinto para cada uno. Como el de las fuentes, como el de los ríos al correr, como el de las olas que van y vienen. Todo es agua, al fin y al cabo.

En estos tiempos de sequía, me he acordado con frecuencia de una película dirigida en 2006 por el realizador indio M. Night Shyamalan titulada La joven del agua. Es una película curiosa, que parece oscilar entre varios géneros sin decidirse por ninguno, con un guión un tanto errático y a veces algo extravagante, pero que parte de una idea preciosa. Cuenta la historia de un hombre de apariencia vulgar, encargado del mantenimiento de una urbanización, que un día se encuentra, en las galerías que pasan por debajo de la piscina comunitaria, con una misteriosa muchacha que resulta ser una criatura perteneciente al mágico reino de las aguas. Esta ninfa moderna debe ser devuelta con urgencia a su medio natural, pero para ello su descubridor, ese hombre gris que oculta una terrible tragedia bajo su aspecto insignificante, se ve obligado a enfrentarse a poderosas fuerzas malignas. En esa aventura les ayudarán todos los habitantes de la urbanización, un conjunto de personajes curiosísimos, estrafalarios, divertidos: no cabe un grupo humano más alejado del perfil del héroe tradicional.

Hay una escena de la película que recuerdo especialmente. Mientras se resuelve la manera de vencer a los seres malvados que se oponen a la protagonista, esta languidece y enferma por tener que vivir alejada del agua. Llega un momento en que sus nuevos amigos resuelven tenerla sentada en una ducha, con un grifo abierto continuamente sobre ella, porque apartarla del agua y matarla es todo uno. Es la sensación que he tenido estos últimos tiempos al viajar y ver a través de la ventanilla del coche los campos amarillos, la tierra cuarteada bajo un sol que ha estado cayendo ininterrumpidamente sobre ella durante días y días. Me habría gustado ser uno de los peculiares personajes de Shyamalan, y haberme erigido en heroína para sanar a esa pobre criatura que se estaba muriendo delante de mis ojos, privada del agua durante demasiado tiempo. Pero en la vida real no hay monstruos sobrenaturales que valgan, ni reinos mágicos a los que regresar. Tampoco muchas oportunidades de ser un héroe.

En cualquier caso, en estos momentos oigo el golpear de las gotas de lluvia contra mi ventana, y eso me basta.

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