martes, 20 de marzo de 2012

LA GUARIDA DEL ESCRITOR

Cuenta Vargas Llosa que comenzó a escribir en cafés, cuando en el año 1958 estuvo viviendo en Madrid gracias a una beca. En concreto, creó buena parte de su primera novela, La ciudad y los perros, en una tasca llamada Jute, cercana a la pensión donde se alojaba. Al parecer, un camarero bizco y de gran simpatía lo recibía siempre con una palmada amistosa, lo cual entraña especial mérito si tenemos en cuenta que aquel joven desconocido venido de tierras americanas debía de ocupar una mesa durante mucho tiempo sin grandes alardes de consumición. A mí me da mucho que pensar, esta costumbre de ciertos escritores de desarrollar su tarea en sitios públicos, supongo que porque el silencio me resulta indispensable para concentrarme. Me pregunto también de qué manera influye el lugar de creación en la textura de lo creado; hasta qué punto guardan las páginas de La ciudad y los perros los ecos de las conversaciones de los parroquianos, el bullicio de la calle y las interrupciones del camarero bizco y comprensivo. Sería, tal vez, una novela distinta, de haber sido concebida en medio del silencio.

Pero es evidente que tranquilidad e inspiración no son necesariamente aliados. En Señora de rojo sobre fondo gris, Miguel Delibes cuenta una anécdota encantadora que lo demuestra: teniendo como tenía una familia numerosa y por ende una casa nada sosegada, su esposa, siempre atenta a sus necesidades, creó para él un estudio en un lugar apartado, pensando que sería el sitio idóneo para desarrollar sin inconvenientes su tarea de escritor. El bueno de Delibes se instaló sin tardanza y se dispuso a hacer lo que de él se esperaba, escribir con constancia y aprovechamiento en un ambiente concebido para ello. Pero sorprendentemente, descubrió que las ideas no acudían a su cerebro; por más que se esforzaba, aquel espacio artificial, desgajado de la realidad, bloqueaba su inspiración. Al final tuvo que confesarle a su devota mujer la verdad: era incapaz de escribir en ese ambiente de asepsia, sin los ruidos normales de la casa, sin las voces y carreras de sus hijos, sin la vida fluyendo en torno a él.

Otro caso de creación en medio del bullicio lo cuenta Ray Bradbury en el posfacio de Fahrenheit 451, escrito cuarenta años después de la publicación de la novela. En 1950, el joven Bradbury iba paseando por el campus de la Universidad de Los Angeles cuando oyó un ruido de tecleo que procedía de las profundidades. Intrigado, indagó y descubrió algo que lo llenó de júbilo: en el sótano de la biblioteca existía una sala de mecanografía en la que se alquilaban máquinas de escribir por diez centavos la media hora. Allí, en aquella sala atestada de estudiantes –y presupongo que de bullicio, no solo el de las teclas- escribió el joven y poco adinerado Bradbury una novela titulada El bombero, que es el germen de su celebérrima fábula sobre un mundo en el que está proscrita la lectura. Encantadora paradoja del destino, que esta historia sobre destructores de libros se creara en las tripas de un edificio consagrado a conservar la letra escrita. Procurarse ese simulacro de despacho le costó a Bradbury nueve dólares y medio, en monedas de diez centavos.

En el polo opuesto se sitúa Paul Auster. En esa radiografía de las condiciones físicas que han rodeado su vida que es Diario de invierno, incluye un curioso repaso de su existencia a través de las distintas habitaciones y casas que ha ocupado desde su nacimiento hasta la actualidad. Entre otras muchas cosas, relata cómo, recién casado y con una niña pequeña, consigue instalarse en Nueva York en un apartamento decente, pero sin un espacio aislado para escribir, lo que lo obliga a alquilar una habitación destinada únicamente a ese fin. Auster es, al parecer, un autor que necesita de la soledad y el silencio; no en vano, en esta obra define al escritor como un hombre silencioso aislado del resto del mundo, sentado día tras día al escritorio sin otro propósito que el de explorar el interior de su cabeza”. Esta idea de búsqueda en las profundidades de uno mismo la ilustró ya en su día en su novela La noche del oráculo. En ella hay una escena que es una imagen preciosa de ese viaje interior: el protagonista, que lleva horas encerrado en su despacho escribiendo una novela, se encuentra al abandonar la habitación con que ya ha llegado su mujer, que lo mira con asombro y le dice que pensaba que no estaba en casa. Él le explica que lleva horas sin moverse de su sitio frente al escritorio, pero ella le responde que no es posible: nada más llegar a casa, ha abierto la puerta del despacho y se lo ha encontrado vacío. La pareja no se pone de acuerdo, ninguno se apea de su postura y no sale nada en claro de esa discusión. Solo el lector comprende que la esposa tiene razón, que el marido novelista no estaba en efecto allí cuando ella se asomó por la puerta, porque había emprendido ese vuelo increíble, al margen del espacio y del tiempo, que es el acto de escribir.

2 comentarios:

  1. Leí hace bastante tiempo una entrevista a la autora de Harry Potter y contaba que escribió la primera parte de la novela en plena crisis personal y económica, en un café donde acudía día tras día. No tenía dinero ni para un juego de fotocopias. Hace mucho más tiempo, leí otra entrevista a Soledad Puértolas, donde decía que el escritor está condenado a observar cómo viven los demás. Contaba que ella a veces iba a un café y miraba cómo pasaba la gente, con sus carpetas, sus nervios, sus prisas y sus trajines. Hace muy poco, leyendo Trilogía de Nueva York me pareció que Auster también hablaba de la soledad del escritor, que se aísla del mundo, pero es a la vez él mismo y otros, invade a otros para crear. Todo este tema me parece precioso. Feliz fin de semana, Bea.

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  2. Lo has descrito muy bien en tu comentario, Confidente fiel: el escritor está en constante contacto con otras personas, a las que observa y por cuyas historias y sentimientos se interesa, pero a la vez se aísla para crear y bucear en su mundo privado. Es la magia de la literatura, que nos acerca a las vidas ajenas y a la vez nos ayuda a viajar hacia el interior de nosotros mismos. Es algo que le ocurre tanto al que escribe como al que lee. No se me ocurre ninguna otra actividad que, como la literatura, sea tan solitaria y permita a la vez sentirse tan acompañado, tan cercano a los demás.

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