lunes, 12 de marzo de 2012

ELOGIO DEL SILENCIO

Mi cerebro funciona por asociación. Esto tiene sus inconvenientes: cualquier tema de interés suscita de inmediato en mí una serie de ecos, y acuden en tropel a mi mente historias, situaciones o datos relacionados con el asunto inicial, que con frecuencia olvido o en el que al menos no profundizo porque estoy demasiado ocupada con mis propias divagaciones. Es como ir tirando de una cuerda que trae atados recuerdos que me son gratos, pero que inevitablemente me conducen a la dispersión. También tiene, claro está, sus ventajas, esta tendencia mía a establecer relaciones. Una es que me da abundante materia para escribir en este blog.

El germen de la entrada de hoy surgió hace unos días, cuando oí comentar por la radio la existencia en los trenes del Reino Unido de “vagones silenciosos”. En ellos, se ruega a los viajeros que moderen el volumen de su voz, e incluso se llega a bloquear la señal de los móviles para que nadie pueda utilizar este ubicuo artilugio que, por alguna razón inexplicable, lleva al que habla por medio de él a hacerlo en un tono que jamás emplearía en una conversación normal, cara a cara. La noticia me llenó de regocijo, entre otras cosas, porque me recordó de inmediato a todo un clásico, Mycroft Holmes, el hermano del inmortal detective creado por Conan Doyle. Según nos cuenta el propio Sherlock en La aventura del intérprete griego, su hermano mayor es uno de los fundadores de un exquisito club en el que se realizan todas las actividades propias de una de estas instituciones para caballeros, excepto una: hablar. Porque en el club creado por el primogénito de los Holmes, y que toma el nombre del filósofo griego que vivía dentro de un tonel, el silencio es la regla de oro. Allí se reúnen todos los misántropos de Londres, atraídos por la comodidad de las instalaciones y por la posibilidad de leer la prensa, y también, por la seguridad de encontrarse a resguardo del contacto con sus semejantes. No me cabe duda de que los miembros de tan selecto club estarían encantados con la creación de esos “vagones silenciosos” a los que me he referido antes.

El siguiente eslabón de esta cadena de ideas relacionadas me conduce al opresivo universo creado por Ray Bradbury en Farenheit 451, novela que estoy releyendo estos días. En un momento de la trama, el bombero Montag, ya en franco proceso de rebelión contra el sistema del que hasta ese momento ha sido firme defensor, viaja en un ultramoderno tren subterráneo llevando en las manos la más subversiva de las armas: un libro. Y en un acto que supone su ruptura total con lo establecido, se pone a leer delante de los otros viajeros. No cabe una provocación más explícita contra una sociedad adocenada en la que está terminantemente prohibido ir por libre, pensar, tener criterio propio. El lector contiene la respiración, esperando que la rebelión de Montag sea abortada por la furia de los otros viajeros, pero Bradbury, en un giro sorprendente, hace que sea otra la causa que imposibilite la lectura: una voz mecánica que por megafonía pregona una y otra vez, con incansable eficacia, las excelencias de una marca de dentífrico. El protagonista se desespera, reinicia varias veces su lectura, intenta en vano aislarse. La machacona insistencia de la publicidad le gana la partida. Es imposible concentrarse, es imposible pensar. El silencio está desterrado, en ese futuro de personas felices e inanes.

Una última e inevitable asociación: hace unas semanas tuve ocasión de ver The Artist, el emocionante homenaje del director francés Michel Hazanavicius al cine mudo. Esta película contiene una escena divertidísima, en la que el protagonista, reputada estrella anterior al surgimiento del sonoro, sueña con un entorno en el que de repente, de forma inexplicable, todo produce sonido. Los vasos tintinean, las puertas golpean, los pasos resuenan sobre el suelo. Es la peor pesadilla para un ser que vive inmerso en el silencio; lo que sería habitual para cualquier ser humano, para él resulta sorprendente y aterrador. El espectador inevitablemente sonríe ante la ingeniosa salida del guionista, se ríe incluso al ver la expresión de pánico del actor ante los ruidos de un universo repentinamente sonoro. A mí es una escena que me da que pensar. Se me antoja que nos está ocurriendo justo lo contrario en este mundo nuestro, tan lleno de megafonías, auriculares que cantan incansables en los pliegues de las orejas, televisores conectados a todas horas, músicas en salas de espera y supermercados. Al hombre actual, lo que le da miedo es el silencio. Tal vez porque le da la oportunidad de oír sus propios pensamientos.

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