sábado, 25 de febrero de 2012

PERSONAJES A LA ESPERA

Hace unos días, le puse a un grupo de alumnos un pequeño examen sobre el libro de lectura de este trimestre. El libro en cuestión es una novela destinada al público juvenil, y los alumnos rondan los catorce años. Como es una clase con un nivel lector bastante bueno, mi corrección de la prueba transcurrió apaciblemente: una tilde aquí, una precisión allá, algún importuno intercambio entre b y v, y la comprobación de que la práctica totalidad de los chicos había entendido perfectamente la lectura. Pero en varios de ellos rastreé un fenómeno curioso: las primeras preguntas estaban bien contestadas, pero a partir de la cuarta o quinta la cosa iba decayendo, como si el examinado fuera perdiendo fuelle, hasta llegar a un desolador espacio en blanco en la última de las cuestiones. Dado que el examen estaba estructurado siguiendo el desarrollo de la trama, no cabía la menor duda: aquellos dos o tres muchachos habían empezado la novela con brío, habían avanzado superando escollos, pero la habían dejado sin terminar. No tenían la menor idea de cómo acababan las peripecias de los personajes a los que habían acompañado durante más de cien páginas; si acaso, se habrían molestado en indagar preguntándole a un compañero más tenaz. Pensar que proseguirán la lectura una vez obtenido el aprobado es algo que mis años de experiencia me hacen descartar por completo, así que la conclusión es clara: los personajes de la novela se han quedado colgados a la mitad de su andadura, tal vez en una escena de persecución o sumidos en una calamidad, y mis jóvenes lectores no piensan ni por asomo acudir a rescatarlos.

Puedo contar con los dedos de una mano los libros que he dejado sin terminar a lo largo de mi vida. Muchos lectores somos así: tenemos una confianza ciega en que las cosas mejoren, o al menos la constante sensación de que, si nos rendimos, lo haremos justo en la página o el párrafo anterior al punto en que se halla esa perla que nos engancharía definitivamente a la lectura, y no soportamos la idea de perdérnoslo. Sería como marcharse de una fiesta aburrida y oír contar al día siguiente a los que se quedaron hasta qué punto mejoró la cosa al final de la reunión. En ocasiones, mi paciencia se ha visto recompensada, porque hay veces en que la conexión con un autor es complicada, requiere su tiempo y su esfuerzo, como la relación con ciertas personas que nos resultaron inhóspitas en una primera impresión pero que terminaron siendo excelentes compañeros o amigos.

Las causas para dejar un libro a medias pueden ser múltiples, y algunas de ellas subsanables. Los lectores precoces y nuestro empeño por abordar lecturas fuera de nuestro alcance somos una de ellas. Esto me sucedió con El corazón de las tinieblas de Conrad, que intenté sin éxito leer cuando era casi una colegiala, y que he rescatado hace un par de años para llevar a su protagonista hasta el final de ese alucinado periplo que el autor propone. Aun así, he de confesar que tengo una pequeña lista de fracasos, algunos de ellos clásicos renombrados, cuyos títulos me resisto a sacar a la luz aquí. Algunos me pesan en la conciencia especialmente: hay una novela de uno de los grandes de la narrativa contemporánea de la que solo pude leer un capítulo, y recuerdo con singular precisión, a pesar de que era una adolescente, el lugar y la actitud en que estaban los personajes cuando me di por vencida. Así permanecen, inmóviles, desde hace décadas, esperando a que los saque de la situación comprometida en la que los dejé atrapados. Con frecuencia me acuerdo de ellos, y la seguridad de que mi edad actual es más que adecuada para afrontar la lectura me impulsa a acudir al rescate. Por otro lado, pesa esa inmensa panorámica de los libros que me quedan por leer: atractivos, desconocidos, sin ideas previas, irresistibles. Mis viejos personajes siguen, de momento, componiendo una escena fija en mi recuerdo, como una foto antigua que ya empieza a amarillear.

Hace unos años, dirigí un taller de teatro en un colegio público; una docena de niños deliciosos de diez u once años dedicaban un par de tardes a la semana al arte de la interpretación. Al final del curso pusimos en escena una obra que habíamos creado a base de sus improvisaciones, porque eran unos críos extraordinarios –tal vez todos lo son, a esa edad-, con dos de las mejores cualidades que un actor puede tener: imaginación viva y una desbordante capacidad para jugar. A la obrita en cuestión le di yo el hilo conductor, y contaba la historia de dos niñas que se introducían en un libro de la mano de uno de sus personajes e iban saltando de historia en historia. Me viene ahora a la memoria la escena más divertida, en la que todos los pequeños actores evolucionaban por el escenario variando al unísono de ritmo, acelerados o ralentizados, o bien se atascaban en una acción que repetían incansablemente, porque eran los personajes de una de las historias y tenían que moverse al ritmo que les imponía el lector que estaba en ese momento insuflándoles vida, y ese lector era un tanto diletante, pasaba a toda velocidad por encima de lo que no le interesaba o se atascaba en un pasaje cuando se le iba la concentración. En un momento dado, mis voluntariosos actores se quedaban congelados, completamente inmóviles, porque se suponía que el lector se había cansado de la historia y había cerrado el libro. Así me imagino yo a todos los personajes a los que no he tenido paciencia de acompañar hasta el final creado por su autor. Pero también a los que –y esos no llegamos a conocerlos- su autor ha decidido abandonar a la mitad de su peripecia por cansancio, incapacidad u otros avatares.

Los archivos del escritor están llenos de proyectos que se quedan en el aire, de historias truncadas, de principios que no conducen a ninguna parte. Los escritores se rinden, se declaran incapaces de sacar adelante a sus criaturas, juzgan con dureza lo ya creado y lo condenan a la indefinición de lo no concluido. También –toco madera- los escritores pierden facultades, enferman, se mueren, o tienen que zambullirse de lleno en el mundo de la subsistencia diaria y carecen de tiempo para escribir. Cuántos libros que nos encantarían a los lectores se habrán quedado así en el limbo de los proyectos sin terminar, de las historias truncadas. Me parece oír las quejas de esos cientos, miles de personajes condenados a una existencia a medias, atrapados en la inmovilidad de una historia que no va a evolucionar jamás. Yo tengo unos cuantos. Algunos pertenecen a relatos que he dejado sin terminar; otros viven en lo que estoy escribiendo en un momento determinado, y para ellos mi ritmo de trabajo nunca es lo bastante rápido. Son todos ellos unos completos tiranos: o bien porque me pesan en la conciencia por mi abandono o porque me increpan con sus exigencias. Irrumpen en mi pensamiento en el momento más inesperado, como dotados de vida autónoma. Me reprochan mi falta de constancia: Pero qué haces ahí, entretenida con esas tonterías, en lugar de estar completando nuestra historia. A veces, me parece que con sus manos invisibles me tiran de la ropa para llamar mi atención. Cuando me da por pensar si merece la pena las horas pasadas frente al ordenador, dedicadas a esta labor solitaria, y coqueteo con la idea de emplear ese tiempo en tareas más sociales, en el fondo de mi corazón sé que es inútil. Ellos no me lo permitirán. Están a la espera de que los saque de su vida inmóvil, de que los haga crecer, enamorarse, sufrir, llorar, reírse, y no cejarán en su empeño. Van a ganar, seguro. Gracias a ellos o por culpa suya, nunca dejaré de escribir.

4 comentarios:

  1. Beatriz, menos mal que no te dio por los petirrojos de tu entrada anterior y te persiguen esos “personajes a la espera” que luego nos llegan a través de tus palabras… Personajes a los que comprendemos, rechazamos o en los que nos reconocemos. Leí una vez que la literatura, aunque “disfrazada” de ficción, está llena de verdad. En uno de los relatos de “Sefarad” de Muñoz Molina, el narrador asegura que leyendo a Bassani anticipó con claridad su propio fracaso amoroso, algo que no habría sido capaz de aceptar por sí mismo. A veces la literatura nos “sitúa” en la realidad, aunque nos sobrevuelen “amigos con alas” cuyo nombre ignoramos… En fin, compañera, sigo a la espera de tus personajes... Hasta pronto. Choni.

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  2. Es la otra razón por la que no dejo de escribir: los lectores que como tú, Choni, siguen a la espera de mis personajes. Mientras exista uno solo que desee leer sus peripecias, me sentiré una persona afortunada. Y en efecto, la literatura, como dices, está llena de verdad. Nos hace más fuertes, nos conforta, nos ayuda a entender. Para algunos, es la única manera que tenemos de afrontar el mundo real. Qué desvalidos estaríamos sin ella.

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  3. Hoy mi sobrino de diez años estaba en mi casa repasando sus tareas y entre otras, practicaba con la flauta la melodía de Titanic. Y una cosa ha llevado a la otra, hemos terminado mirando imágenes de barcos hundidos en internet. Así que le he contado la historia de la fragata Mercedes, y de repente ha saltado la chispa. Se ha enganchado a la historia de tal forma que me ha hecho rastrear en la memoria hasta encontrar un artículo que leí en el periódico, donde se cuenta la historia del hundimiento de La Mercedes y la forma en que sobrevivió Pedro Afán de Ribera, que explica de primera mano cómo pasó dos horas y cuarto en el agua asido a un trozo de proa, sin un brazo, esperando a que le rescataran. Mi sobrino, que casi nunca quiere leer, parecía otro, atrapado por esa historia.
    Por cierto, Bea, hay dos noticias literarias en el periódico de ese día: el hallazgo de un escrito inédito de Charlotte Brontë y una entrevista grabada de Paul Auster que me ha encantado, menos mal que estaba subtitulada en castellano...

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  4. ¡Muchas gracias, Confidente fiel! Literalmente, me he "lanzado" a leer la noticia sobre la mayor de las Brontë y a escuchar la entrevista con Auster. Me gusta mucho lo que dice este último de que el escritor nunca sabe por qué escribe un libro; puede decir cómo, cuándo, dónde... pero ignora la razón que lo empuja a ello. Simplemente, siente la necesidad de hacerlo (creo que esto se podría aplicar también a muchas otras cuestiones de la vida).

    Lo que me cuentas de tu sobrino es precioso. Hay pocas cosas comparables a la emoción que aparece en los ojos de un niño cuando está escuchando una historia que le engancha y le interesa. Yo lo experimento con mis alumnos y me encanta: de pronto, me pongo a contar algo que les llama la atención, y se crea un silencio en la clase que nunca lograría poniéndome seria o castigando. Es un momento mágico que se produce cuando menos lo espero, y es una de las cosas más hermosas de esta profesión nuestra.

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