sábado, 2 de abril de 2011

LOS CUADROS DE MARZO

Cuenta la leyenda que San Eustaquio era un caballero romano que se convirtió al cristianismo cuando, en el curso de una cacería, se le apareció un ciervo que llevaba en la cornamenta un crucifijo. La historia piadosa se transforma de la mano del artista en una encantadora escena campestre de armonía con las criaturas que pueblan la tierra y surcan los aires; el patricio romano que aún no sospecha de su futura santidad, en un príncipe de cuento a lomos de su corcel: Visión de San Eustaquio, de Pisanello (h. 1395-1455).




Naturaleza muerta con tres cachorros de Paul Gauguin (1848–1903). La vida reducida a su más encantadora simplicidad: el mundo es un mantel floreado sobre el que se alinean tres copas, tres manzanas, tres cachorritos bebiendo su leche. El número tres, gran protagonista, como en los cuentos de hadas. No hay sombras ni oscuridad, ni pesadumbre, en este ámbito mágico lleno de colorido y de vida que empieza. El dolor y la muerte aguardan, el espectador lo sabe bien, pero fuera del cuadro.



Al parecer, los esquimales tienen diecinueve palabras distintas para denominar otros tantos tipos de nieve. Tal vez debiera ocurrir lo mismo para designar los múltiples blancos de Anne apoyada en una mesa, del pintor franco-israelí Avigdor Arikha (1929–2010). Un mantel arrugado, una camisa que se pliega en torno a un cuerpo que adivinamos apenas, y se abre ante nosotros la pasmosa variedad de matices de lo que en el lenguaje común etiquetamos bajo el nombre de un solo color. Y el gran enigma del cuadro: qué expresión oculta el rostro de Anne, tras esa mata de pelo oscuro que atrae los ojos del espectador en medio de tanta blancura.


Un sentimiento sobrecogedor invade al que contempla este paisaje de aguas inmóviles, la isla recortada y cerrada sobre sí misma, la masa amenazadora de los gigantescos cipreses. Una barca conducida por un remero se acerca a la costa; erguida en la proa, hay una misteriosa silueta vestida de blanco. El título del cuadro disipa cualquier duda que nos pueda quedar, y también cualquier atisbo de esperanza: La isla de los muertos, del pintor suizo Arnold Boecklin (1827–1901). Es difícil conseguir una plasmación más estremecedora de ese destino inevitable hacia el que nos dirigimos todos.

2 comentarios:

  1. Alimento para la vista, la mente y el espíritu. La rutina pesa menos, los problemas se relativizan, la ilusión se abre paso robándole espacios al cansancio. Un lugar al que volver y un sitio en el que quedarse. Este blog es ya mi casa.

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  2. No sabes cuánto celebro que sea así, ya que esa fue desde el principio mi intención al crear este espacio en el que voy reuniendo todo lo que me agrada (incluidas las personas). Gracias por saber apreciarlo.

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