martes, 17 de julio de 2018

UN PUEBLO SIN OJOS

En algún lugar en la frontera entre Lugo y Orense, cerca del cañón del río Sil, hay un pueblo abandonado. El dato en sí no tendría interés, si no fuera porque esta población fantasma no se parece a ninguna otra que yo haya visto con anterioridad.

No he llegado a averiguar el nombre de este pueblo; iba conduciendo con mucho cuidado por una carretera llena de curvas y la impresión que me ha causado me ha dejado fuera de juego el tiempo suficiente para que la omisión no tuviera arreglo. Juzgo inútil consultar mapas: mi capacidad para precisar el punto exacto en el que se ha producido el encuentro esta mañana es inversamente proporcional al desconcierto que me ha causado. Lo dejaré en ese terreno impreciso que mencionaba al comienzo de esta entrada: algún lugar de la frontera entre Lugo y Orense, cerca del río Sil, en una ladera escarpada. Allí he conocido un extraño grupo de casas abandonadas al pie de una hermosa iglesia románica extrañamente bien conservada. El contraste entre las viviendas vacías y la lozana superviviente de tiempos remotos causaba una impresión extraordinaria. Pero había otro detalle que me ha producido una profunda inquietud: todos aquellos edificios carecían de ojos. Supongo que hay una explicación práctica relacionada con el deseo de evitar incursiones en las casas y ocupaciones indeseadas; el caso es que unas manos metódicas e inmisericordes han tapiado todas y cada una de las puertas y ventanas de este pueblo para mí sin nombre. El resultado es un conjunto de casas ciegas, arracimadas bajo una iglesia preciosa que, por contraste, las vuelve aún más siniestras. El corazón se me ha encogido al bordearlas por la estrecha carretera.

Pero el trayecto de esta mañana aún guardaba una sorpresa para mí. Poco antes de llegar al fondo del valle, la espesura se ha aclarado de repente y me he encontrado a escasa distancia de las aguas profundas y silenciosas del Sil. Aquí he tenido que frenar; por fortuna, el tráfico es casi nulo en estas apartadas carreteras.  Debía de venir sugestionada, porque lo que tenía delante de los ojos no me ha parecido un río. Oscuro y pesado, el curso de agua que surcaba el paisaje me ha parecido dotado de una inexplicable animación. He creído oír su latido, sentir su paciente espera de miles de años. Y de pronto he comprendido por qué los antiguos representaban a sus ríos como dioses. También he encontrado una explicación para el hecho de que estas tierras se denominen Ribeira Sacra. Es una explicación, por cierto, que no tiene nada que ver con la que aparece en las guías. 

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