miércoles, 4 de julio de 2018

LOS CUADROS DE JUNIO (2018)

Durante el Renacimiento, algunos nobles italianos sintieron la necesidad de tener en sus palacios un espacio reservado al estudio, la reflexión o el simple apartamiento de la vorágine cortesana. Surge así el concepto de “studiolo”, cámara de tamaño reducido y con un aura de misterio ―se ha hablado de su vinculación con actividades como la alquimia―, en la cual se acumulaban objetos relacionados con el saber y cuyas paredes, recubiertas de madera, fueron decoradas por artistas que crearon la ilusión del espacio abierto en el que era, por definición, un rincón recóndito y cerrado. Una de las más famosas de estas estancias es el Studiolo de Federico de Montefeltro en Urbino, al que pertenece esta deliciosa taracea ―decoración realizada a base de incrustar piezas de madera― que prolonga de forma ficticia la habitación por medio de una arcada que se abre al campo y a la lejana ciudad. Conozco desde hace tiempo esta deliciosa imagen, pero solo hace unos días averigüé su procedencia y su atribución al artista Benedetto da Maiano. Se trata de la obra de factura más peculiar de todas las que han desfilado por esta sección, pero la maestría de su autor nos hace olvidar el ensamblaje de piezas para situarnos frente a una delicada recreación pictórica. El cesto de frutas y la graciosa ardilla que ocupan el primer plano son un elogio del valor de lo cotidiano; a partir de ahí, una arquitectura sobria y simétrica nos abre al mundo exterior en un juego de falsa profundidad. Puedo imaginar a Federico de Montefeltro aislado del mundo en su pequeño refugio, buscando a la vez perder la mirada en un horizonte ilusorio: un juego entre lo mínimo y lo grande, lo cercano y lo distante, entre el aislamiento y la apertura al mundo a través del poder de la mente.


Cuando vi por primera vez Las costureras, del pintor ruso-estadounidense Moses Soyer (1899-1974), algo en el cuadro llamó poderosamente mi atención, pero fui incapaz de determinar qué era. Archivé la imagen para comentarla algún día en esta sección y sólo ahora, al disponerme a hacerlo, he comprendido la causa de la atracción que ejerció sobre mí desde el primer momento. Soyer es un pintor al que se suele ubicar dentro del realismo social y que recrea escenas y personajes de su entorno con un estilo dibujístico y una atención a los volúmenes que parece herencia del Cubismo. Con frecuencia, el mundo de los trabajadores (y también su cara amarga, la de los desempleados) se cuela en su obra; el cuadro que nos ocupa es un buen ejemplo de ello. Pero informándome sobre la figura de este artista, descubrí que Soyer encontró en la danza un importante foco de inspiración y recreó con frecuencia a bailarinas en plena acción o en reposo. Fue entonces cuando comprendí lo que me había llamado la atención de Las costureras: estas mujeres estilizadas que trabajan en grupo pero abstraídas cada una en su tarea tienen la elegancia y la cuidada disposición de un cuerpo de baile. La hermosa alternancia entre colores fríos y cálidos, la contraposición de poses frontales y de espaldas al espectador, parecen obedecer a una cuidadosa planificación. Este amante de la perfección de la danza no puede evitar que el orden, la delicadeza y la precisión invadan su otra faceta, la de testigo de la realidad social de su época.

Conozco varios ejemplos de artistas unidos por lazos familiares, pero nunca me había encontrado con ningún caso de gemelos pintores hasta que conocí a Moses y Raphael Soyer, rusos de nacimiento y afincados en los Estados Unidos. La semana pasada traje a esta sección un cuadro de Moses y esta semana hago lo propio con Raphael. Ambos comparten una mirada atenta sobre su entorno, que se tiñe con frecuencia de melancolía, y que en el caso de Raphael se expresa a través de una pincelada más libre y unas formas menos delimitadas que las que caracterizan la obra de su hermano. El cuadro que precede a estas líneas, titulado Despedida de Lincoln Square, es un homenaje de su autor al lugar en el que tuvo su estudio de pintura durante más de una década, realizado en el momento en que este iba a ser demolido. En un ámbito apenas esbozado, varios personajes de diversa condición posan en actitud de abstracción y tristeza. Raphael Soyer se autorretrata en medio de ellos: él es el hombre menudo que mira hacia el espectador y levanta la mano en un gesto de adiós. El grupo humano que lo rodea empieza a disgregarse; todos ellos parecen echar a andar en direcciones divergentes, guiados por sus pensamientos. El rincón urbano que da título al cuadro es un tenue telón a punto de difuminarse, como los años de vida y trabajo que se desarrollaron en el estudio de artista que está en trance de desaparecer.


Hábil plasmador de los efectos de la luz sobre el paisaje, el pintor austriaco Carl Moll (1861-1945) recoge todo el misterio de la oscuridad creciente en su cuadro titulado Atardecer. En este rincón apartado y acuático, el momento final del día resulta doblemente crepuscular: es un espacio íntimo y cerrado, cuya salida queda más allá de los límites del lienzo y es, por tanto, inexistente para el que lo contempla, que se siente sumergido en un ámbito umbrío, silencioso y lleno de paz. El bosque es un telón tupido e impenetrable, y la única posibilidad de huida está en esas aguas oscuras, que parecen pobladas de seres vivos e incertidumbres. El pintor sitúa en el punto medio de la composición la frontera entre el mundo real y su reflejo en el agua, creando un armónico efecto de simetría. Lo de arriba y lo de abajo, lo tangible y su réplica, ocupan idéntica extensión y sólo se diferencian por el distinto grado de definición de las pinceladas. A mí este paisaje clausurado y de suave colorido me resulta a partes iguales inquietante y acogedor, como lo es volverse hacia uno mismo para ahondar en los rincones más escondidos de la propia alma.

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