martes, 29 de mayo de 2018

LA VOZ SE APAGA

Cuando yo era niña, en mi casa se escuchaban mucho los discos de una señora que era grandiosa como un tótem y tenía la acogedora serenidad de la Madre Tierra. Yo entonces no lo formulaba así, pero notaba algo especial en esa mujer sonriente y sin estridencias, que cantaba con voz grave y sacaba de sus amplias túnicas unos brazos que movía con gracia majestuosa. Me parecía que la palabra “señora”, que en esos territorios de la infancia tiene desagradables connotaciones asociadas a la vejez, se teñía en ella de cálidas tonalidades.

Esta mañana, sentada en el metro, he abierto Facebook y me he dado de bruces con la noticia de la muerte de esta vieja dama. Un par de amigos han tenido el detalle de colgarla en sus respectivos muros y de rendirle un homenaje de admiración. Me han venido a la cabeza varias cosas simultáneamente: mi ignorancia con respecto a que padeciera enfermedad alguna, la constatación de que tenía una edad avanzada (aunque ya parecía por encima de las contingencias del tiempo hace muchas décadas) y, por encima de todo, las notas de una canción que era mi favorita de niña y que yo canturreaba sin comprender del todo su significado. Aquella canción hablaba de una pareja que se paseaba orgullosa y muerta de amor, exhibiendo su felicidad frente a todos, en un coche de caballos. En ella aparecían expresiones para mí entonces enigmáticas, como “peinetón” y “recrujir de almidón”. La canción tenía el título, también curioso para una niña madrileña de aquellos tiempos, de Amarraditos.

Me he puesto a mirar la prensa digital y he sabido que María Dolores Pradera murió ayer a los 93 años. Los periódicos hablan solo de una afección respiratoria que la obligó a suspender su última gira, en este mismo mes. Yo he seguido sentada en mi vagón de metro, leyendo reacciones en Facebook y meditando. En el interior de mi cerebro resonaban las notas juguetonas de Amarraditos. En mi corazón, más afectado de lo esperable, se renovaba una pena aún reciente. Esta cantante era la favorita de mi padre. Cada vez que desaparece un artista que a él le gustaba de forma especial, es como si perdiera a mi padre un poco más.

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