martes, 3 de abril de 2018

LOS CUADROS DE MARZO (2018)

Censuran a Egon Schiele en la publicidad de su exposición en Londres y a mí, como no podía ser de otra manera, me entran unas ganas extraordinarias de volver a traer un cuadro suyo a esta sección. Me he puesto por ello a revisar su obra y he dado con esta acuarela impactante y expresiva (¿cuándo no lo es algo pintado por Schiele?) titulada Dos mujeres besándose. Se trata de la enésima reversión de un tema muy querido por este autor: la plasmación de dos cuerpos femeninos, semidesnudos o desnudos por completo, que se entrelazan en una inequívoca actitud de deseo y sensualidad. Como suele suceder en las obras de Schiele, los personajes aparecen perdidos en un espacio casi despojado, como vagando a solas o en dúo por un ámbito abstracto, más emocional que físico. Lo que singulariza a la pareja protagonista en este caso es la actitud de entrega de la figura que nos da la espalda frente a la mirada fija y penetrante de su compañera, que nos escruta con inquietante intensidad. Esta mujer que se entrelaza al cuerpo de su amante, pero que a la vez nos observa con heladora frialdad, nos habla de los límites de la pasión, de la imposibilidad de abandonarse en el otro, de la profunda soledad a la que cada cual está condenado. Es lo más potente y transgresor de la obra de este artista de vida fugaz, y tiene la ventaja de que no se puede censurar, como en el caso de Londres, con un cartel que oculte las zonas más perturbadoras de la anatomía de sus modelos.

Hace poco reflexionaba yo frente a un cuadro de un conocido artista sobre la dificultad que incluso los pintores más hábiles tienen para reflejar la danza. Los más grandes se han estrellado al afrontar este tema y han creado obras encorsetadas, carentes de emoción y de vida. Unos días después, como una respuesta a mi pensamiento, me encontré con esta deliciosa pieza en la exposición titulada La danza de la Edad de Plata de la Residencia de Estudiantes. Y de inmediato lo comprendí: para captar la vida y la fluidez del movimiento, nada mejor que la libertad del dibujo; el vuelo ágil del lápiz sobre el papel transmite la ligereza del cuerpo que consigue burlar los designios de la gravedad que atan al suelo al común de los mortales. Así lo consigue Pablo Gargallo en este dibujo titulado sencillamente Bailarina. No es la única vez que Gargallo explora este tema, tanto en su faceta de escultor como en la de dibujante. Siempre lo hace con maestría. La liviandad, el abandono al poder de la música, el placer de volar: todo está contenido en el juego parco y eficaz de estas líneas sencillas y llenas de elocuencia.

Buscaba un cuadro con motivos vegetales para celebrar la llegada de la primavera cuando me he encontrado con esta pequeña maravilla del pintor francés Henri Fantin-Latour, autor de un sinnúmero de lienzos en los que toma como tema central las flores y los frutos, con frecuencia separados de su lugar de origen y dispuestos en recipientes y jarrones que el artista retrata con singular pericia. No soy especialmente amiga de este tipo de pintura; sin embargo, estos cuadros de Fantin-Latour me parecen el ejemplo máximo de la delicadeza y el buen gusto. Es el caso de este lienzo de composición clara y sencilla como su título: Cerezas. Con exquisitez digna de la pintura japonesa, el artista concentra su atención en la redondez y el brillo de los frutos, en el meticuloso diseño de las hojas. El fondo neutro elimina todo elemento superfluo y reduce el cromatismo de la escena al verde y a un rojo radiante y lleno de luz. El pintor nos hace espectadores privilegiados de la belleza de lo mínimo: estas cerezas son un milagro de la naturaleza que habría pasado inadvertido a una mirada menos atenta, a una sensibilidad menos aguda.
 

Mi relación con el cuadro de esta semana tiene una historia azarosa. Su comienzo se remonta a abril de hace tres años, cuando una lectora de mi blog me dejó un comentario en una entrada sobre la figura de María Magdalena en el arte. La lectora en cuestión manifestaba su interés por dicho personaje y me hablaba de un cuadro que había visto fugazmente en un documental y que no había podido localizar, en el que aparecía María Magdalena inclinada sobre el cuerpo muerto de Jesucristo. Tras una serie de avatares que no contaré para no resultar prolija, y que incluyen una localización errónea y problemas cibernéticos, he aquí finalmente el cuadro que la lectora en cuestión me había descrito: El descendimiento de la cruz del pintor francés Jean-Joseph Weerts (1846-1927). Lo curioso es que la figura que tanto mi lectora como yo habíamos tomado por la de la ilustre pecadora es en realidad la de la Virgen María. Este descendimiento de Weerts es una obra peculiar por el dispar tratamiento de los personajes: frente a la teatralidad de la pose de la Magdalena, que es la mujer de rojo que entrelaza sus manos en actitud de desesperación, la sobriedad y la contención de la figura de la Virgen, sobrecogedora en su amoroso gesto de acercamiento al hijo muerto. No soy muy amiga de la pintura religiosa (lo he comentado en más de una ocasión en este espacio), a menos que refleje ciertos temas que me son muy queridos: San Jorge, San Sebastián, los ángeles y, cómo no, el personaje que ahora nos ocupa. Llevo infinitos descendimientos en mi retina de amante de la pintura y he de decir que nunca la figura de María le había robado mi atención de semejante forma a la siempre intensa y desmelenada Magdalena. 

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