jueves, 19 de abril de 2018

FELICIDAD EN TRES PALABRAS

Tengo alumnos artistas. Hay oraciones muy breves que contienen una dosis de felicidad desmesurada. Se me ocurren varios ejemplos. «Yo a ti también» gana de calle; está claro que soy una sentimental. Pero volvamos a estas tres palabras (tengo-alumnos-artistas) en las que se cifra mi bienestar cotidiano.

Habitan al fondo de un pasillo sinuoso, en la zona más recóndita de la planta dedicada al primer curso de Bachillerato. El viejo palacio que alberga mi instituto está lleno de rincones escondidos; uno de ellos es el escenario diario de esta colección de jóvenes que viven refugiados en su universo privado de líneas y colores. No podía ser de otra manera. La puerta de su aula es también singular: a diferencia de la mayoría, es toda ella de madera y carece del ventanal que en las otras permite avistar desde el pasillo a alumnos y profesores en plena clase. Con frecuencia, cuando termina una hora y el profesor abandona el aula, los chicos cierran la puerta y se quedan allí dentro, silenciosos, aislados del exterior. Para acceder hay que utilizar la llave. Mientras la introduzco en la cerradura, siempre me asalta la misma duda al captar la tranquilidad que emana del otro lado de la plancha de madera: ¿se habrán marchado estos muchachos a alguna actividad extraescolar? ¿Estarán aún cambiándose después de Educación Física y me voy a encontrar al abrir con el aula vacía y silenciosa? Pero no, ahí están. Sentados, concentrados o charlando en un susurro apenas perceptible. Dibujando. Son mis jóvenes artistas del aula más remota de primero de Bachillerato. Pintores, dibujantes, escultores, fotógrafos en ciernes.

Entrar en esa clase es como ingresar en un santuario. Yo lo suelo hacer lanzando un saludo general, bromeando sobre la puerta perpetuamente cerrada, sorteando mesas con frecuencia descolocadas –ah, el desorden del artista― y con la sensación de estar interrumpiendo un solemne ritual. Casi todos están armados de lápices y rotuladores, tienen desplegados blocs y láminas sobre su mesa y están sumidos en la hermosa tarea de crear. Yo vengo a hablarles de oraciones subordinadas y sintagmas. Con un poco de suerte, de poesía y de novela. Ellos me escuchan con placidez y cortesía, incapaces de interrumpir su actividad creadora. Mientras explico, veo surgir de sus lápices retratos y paisajes, siluetas de animales reales o de criaturas de ficción. Cuando quiero escribir una oración para analizar en la pizarra doble que ocupa toda una pared de la clase, me las veo y me las deseo para sortear los hermosos arabescos en tiza con que alguno de ellos ha decorado la superficie acerada. «Profe, eres la única que no los borra», me dijo hace poco un alumno. Como para borrarlos, dada la admiración que suscitan en mí.

En este grupo de 1º de Bachillerato de Artes Plásticas, cada vez hablo menos de sintaxis y más de poesía. Cada vez cuento más historias y analizo menos formas verbales. Aun así, me siento profanadora de algo muy hermoso y a diario me asalta el deseo de pedirles perdón a mis alumnos. También me asalta otra tentación que va siendo más intensa a medida que se acerca el final del curso: la de encerrarme yo también con llave, abandonar mi tarima, mis programaciones y objetivos y dar rienda suelta a mi faceta de artista. Habría, digo yo, que colgar un cartel explicativo en la puerta: «Cerrado por creación». Podríamos entonces dibujar y contar historias sin atender a timbres, horarios ni fechas de exámenes. Podríamos jugar con las líneas y las sombras, con las ideas, los sonidos y palabras, sin sufrir interrupciones ni molestias, allí cobijados en el rincón más secreto del instituto.

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