jueves, 22 de marzo de 2018

DÍAS DE POESÍA

Me gusta mi trabajo. Es un carrusel de impulsos y emociones encontradas: en el mismo día, siento amor y aversión, entusiasmo, fervor y desaliento, con frecuencia inspirados por el mismo sujeto o colectivo. Durante una sola mañana (qué infinitos matices afectivos separan el timbre del comienzo de las clases del que señala la salida para ir a casa a comer), experimento el deseo de perpetuarme en mi puesto de forma vitalicia y la tentación de dimitir con urgencia de todas mis obligaciones. ¿He dicho en el mismo día, en la misma mañana…? Sin temor a exagerar, diré: en la misma hora. ¿He llamado “carrusel” a este continuo vaivén sentimental? Mis alumnos acudirían a la imagen de la montaña rusa. Se nota que me he quedado antigua.

Hay otra razón para que me guste mi trabajo. Cada vez que hojeo el material que empleo a diario, me asaltan voces de poetas. También me salen al paso sintagmas y morfemas, palabras polisémicas y perífrasis verbales, pero de todo esto me voy a olvidar en esta ocasión; volvamos a la poesía. Abro el libro de texto de Lengua y sale de él la voz de un anónimo poeta medieval: «Levantaos, amigo, que dormís las mañanas frías:/todas las aves del mundo de amor decían». Le contesta, desde unos temas más adelante, Gutierre de Cetina: «Ojos claros, serenos,/ya que así me miráis, miradme al menos». Clama Novalis desde la antología de lecturas de Literatura Universal: «¿Tienes tú también/un corazón humano,/oscura noche?» Concluye Petrarca: «Aquí termine mi amoroso canto:/seca la fuente está de mi alegría,/mi lira yace convertida en llanto».

(A veces la poesía surge en los lugares menos esperados. Esta mañana, un alumno de un Bachillerato de Ciencias me ha enseñado orgulloso una antología de versos de García Lorca. «Mi libro para Matemáticas», me ha explicado. Me ha costado un poco comprender lo que me quería decir: el alumno en cuestión ha arrojado la toalla en la citada asignatura y dedica sus horas de clase a leer al gran Federico. La respuesta que le he dado me ha salido del alma: «Yo no te puedo regañar por eso». No está bien, lo sé. Por eso esta anécdota la cuento entre paréntesis, en un acto de contrición ortográfica).

Todo lo anterior viene al caso porque ayer fue el Día Mundial de la Poesía. No tuve tiempo de escribir nada al respecto y por ello esta entrada ha llegado con un día de retraso. Estaba algo apurada a causa de mi negligencia, pero he descubierto que no importa: hoy no es el Día Mundial de la Poesía, pero, mirándolo bien, para mí todos los días del año lo son.

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