sábado, 31 de marzo de 2018

CUANDO LOS CUADROS COBRAN VIDA

De vez en cuando, me sucede que la pintura se sale de su medio habitual (los marcos de los museos, los catálogos de exposiciones, Internet, mis propios recuerdos…) y baja a la calle. Resulta entonces que me cruzo en mi deambular cotidiano con paisajes y figuras que parecen extraídas de un cuadro. La sensación es maravillosa. Resulta que la pintura está viva, más aún de lo que siempre lo está para mí.


Ya lo he comentado en alguna ocasión en este espacio: desde que me mudé al centro de Madrid a finales del verano pasado, todas las mañanas me siento inmersa en un cuadro de Antonio López. Mi relación con la Gran Vía madrileña viene de lejos; la casa en la que me crié está a escasos pasos de ella y esta arteria siempre concurrida es uno de mis primeros recuerdos de infancia. Y, sin embargo, pese a su condición de paisaje vivido y archivivido, cada vez que por la mañana espero pacientemente a que se abra un semáforo que suele tardar en hacerlo, vuelvo la cara hacia el arranque de la calle iluminada por la primera claridad de la mañana y me acuerdo inevitablemente del gran pintor hiperrealista y de su impresionante plasmación de la Gran Vía. Él la abordó desde un extremo y yo lo hago cada mañana desde el opuesto. No importa: nuestras miradas, la pictórica y la real, se juntan en algún punto intermedio en ese instante diario de privilegio.

Siempre que paso por Preciados a una hora avanzada de la tarde me los encuentro. Para ser exacta, diré que primero los oigo: su música me acompaña desde que enfilo la calle desde la Plaza de Callao. Son un conjunto musical compuesto por cuatro o cinco personas que interpretan piezas clásicas y que tienen siempre un amplio auditorio dispuesto en forma de semicírculo. Me suelen poner muy melancólica, porque insisten en interpretar el Adagio de Albinoni o alguna pieza de Bach que me conduce directamente a la nostalgia. Pero eso no viene al caso; lo pertinente es que el pasado martes ese grupo familiar para mí tenía un miembro nuevo. Era un hombre joven con melena oscura, que tocaba su contrabajo con expresión ensimismada. Todos los miembros del grupo parecían conectados entre sí y pendientes del público y sus reacciones, excepto él. Me vino de inmediato a la cabeza El violonchelista de Modigliani, prodigio de delicadeza e introspección. Como él, este contrabajista parecía aislado del entorno, perdido en su música y en sus pensamientos, conectado tan sólo consigo mismo.

Desde mi ventana se ve la terraza de un bar que abre a primerísima hora de la mañana y cierra de madrugada. Esa terraza que contemplo cómodamente desde mi casa es un microcosmos. En ella hay de todo: taxistas que se detienen a tomar un café para espantar el frío y el sueño, trasnochadores que se exponen a la intemperie y fuman largamente en medio de la noche, turistas que despliegan guías sobre la mesa y toman paellas a horas impensables, ancianas acompañadas por cuidadoras de piel oscura, ruidosos grupos familiares o de amigos que tienen que anexionar varias mesas para instalarse, personajes solitarios que beben sin prisa observando el intenso tráfico de coches y personas. Entre estos últimos, está el hombre de Cézanne. Es un tipo mayor con barba, corpulento y de movimientos lentos, que varias veces al día se sienta en una mesa de la terraza a tomar un café o una cerveza. Está siempre solo y desprende un aire de desamparo conmovedor. He de decir que le tengo cierto aprecio; si un día no apareciera con los andares lentos del que camina sin un rumbo preciso, creo que me preocuparía. Me gusta además porque tiene la tristeza indefinible de los personajes a los que retrató Cézanne en solitario o en grupo, jugando a las cartas, fumando o mirando hacia el vacío. Entre ellos, el que más se parece a este tipo grandullón asiduo de la terraza es El jardinero Vallier, al que el pintor francés retrató en varias ocasiones, siempre con ese punto de abstracción del que está solo incluso rodeado por una multitud.

Hace un par de semanas, se puso en funcionamiento un lujoso hotel en Plaza de España, a poca distancia de mi casa. Por casualidad pasé por delante la tarde en que tenía lugar la ceremonia de inauguración; no le habría vuelto a prestar atención al tema de no ser porque, hace un par de días, otro cuadro cobró vida y se plantó delante de mí en la puerta misma del edificio. Era primera hora de la tarde y yo ascendía la calle en cuesta en un cierto estado de somnolencia. Entonces vi a escasos metros de mí, como extraído de un sueño, a un hombre con un abrigo oscuro y tocado con un bombín. Pensé: Magritte ha cobrado vida. Ahí estaba, plantado en la acera, desafiante con su peculiar indumentaria en medio del despliegue de pantalones vaqueros y cazadoras de los transeúntes, aquel personaje al que el pintor belga inmortalizó en infinidad de cuadros y convirtió en el emblema de la inquietud y la destemplanza de los tiempos modernos. Puedo asegurar que fue un instante de hechizo, esos segundos de modorra en los que creí haberme topado con una figura escapada de un cuadro. Era, por supuesto, el portero del hotel. Ahí lo veo a diario, eficaz y obsequioso con la clientela, ufano con su elegante indumentaria, ajeno ―supongo― al instante de magia que creó en una pobre viandante adormilada que se creyó por un momento trasladada al universo de Magritte.

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