sábado, 24 de febrero de 2018

CHICAS QUE SE QUIEREN

Hace unos días, un compañero que regresaba de poner orden en una clase cuyo profesor se había retrasado, se cruzó conmigo y me informó del estado de la cuestión. «Todo tranquilo», me dijo. «Varios chavales charlando, alguno de pie que ya se ha sentado y una pareja de chicas». Nos miramos, sonrientes. Yo sabía perfectamente a lo que se refería. Nunca habíamos hablado del tema, pero aun así comprendí que le hacía tan feliz como a mí la presencia, en el aula al fondo del pasillo, de dos chicas que se toman de la mano en el cambio de clase y se besan largamente, en medio de la indiferencia cómplice de sus compañeros, si se da la afortunada circunstancia de que un profesor se retrasa. Noté entonces que mi felicidad se empañaba un poco: había acudido a mi mente una escena cuyo recuerdo me asalta de forma recurrente y que yo incluiría entre los momentos de terror de mi infancia. Se la conté a mi compañero y paso a narrarla a continuación.

No sé qué edad tendría yo: la suficiente como para ir sola por el barrio, pero a la vez tan poca como para que los chicos apostados en la puerta del colegio de la esquina me parecieran seres separados de mí de forma tajante por la brecha del mundo adulto. Los que aquella mañana o tarde ―no lo recuerdo― formaban un bullicioso grupo a la entrada del centro masculino del barrio eran seis o siete; estaban reunidos junto a un coche aparcado en la acera, apoyados algunos en el vehículo, como suelen hacerlo los grupos de jóvenes, para horror de los propietarios. Yo avanzaba por la acera contraria a este conjunto de chicos, a corta distancia de un viandante que me precedía. Este era un hombre alto, muy moreno, vestido con una camisa de color rosa. Caminaba de forma apresurada y decidida, moviendo los brazos con brío y sujetando el bolso que llevaba colgado del hombro. Había en él algo que me llamó la atención a pesar de mi corta edad: no sólo el hecho de que fuera vestido de rosa ―color impensable para la indumentaria masculina en aquella España de finales de la Dictadura― y de que llevara bolso, objeto asociado en exclusiva a las madres en mi mentalidad infantil, sino su forma de andar sinuosa, el movimiento curvo de sus caderas, el gesto femenino con que sus brazos acompañaban su avance. Andaba yo absorta observándolo cuando el grupo juvenil apostado frente al colegio se percató de su presencia y tuvo una reacción unánime y sonora. Supongo que serían buenos chicos y no tendrían conciencia del daño que causaban, supongo también que habían sido educados como yo y que serían, tal vez, hermanos de mis vecinas y compañeras de clase; el caso es que aquel grupo de muchachos cobró vida y, con fiereza inusitada, acompañó el paso del hombre vestido de rosa con todo tipo de improperios. El viandante continuó su camino sin inmutarse, con el firme bamboleo de sus brazos. Vi desaparecer su figura rosa calle adelante, perseguida por los gritos de “guapa” y las risotadas de los estudiantes. Yo había ralentizado el paso. Sentí miedo, indignación e impotencia, y los sigo sintiendo al evocar la escena. Aquellos chicos bien peinados y vestidos de uniforme deforman sus agradables rostros y se desgañitan todavía en uno de los más siniestros recuerdos de mi infancia.

Pero volvamos a las chicas del aula del fondo, a las que se pueden tomar de la mano y besarse sin levantar más tormenta a su alrededor que la natural turbulencia, la revolución interior que causa contemplar el amor juvenil. Pienso en todos los hombres de rosa que habrán aguantado violencias e insultos para que ellas se amen con naturalidad y me emociono. Estas chicas que se quieren son el bálsamo que me envía la vida en mi edad adulta para curar una de las pesadillas de mi niñez.

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