jueves, 2 de noviembre de 2017

LOS CUADROS DE OCTUBRE (2017)


El pintor estadounidense de origen danés Soren Emil Carlsen (1853-1932) es un hábil captador de la singularidad y la belleza de las cosas pequeñas. Entre sus cuadros hay un gran número de naturalezas muertas en las que recipientes, flores, frutos y prendas de vestir nos saludan desde ese puesto en la eternidad que algunos artistas se molestan en otorgar a los detalles en principio intrascendentes. Aparte de su indudable habilidad para reflejar los distintos materiales y texturas, cualidad fundamental en un pintor de bodegones, Carlsen tiene ese añadido que sólo unos pocos consiguen: la capacidad de dotar de alma a los seres inanimados que pueblan sus composiciones. Dentro de sus obras de este tipo, me gustan especialmente varias que tienen como elemento central un abanico. No nos engañemos: los objetos como este, accesorios y vinculados por la tradición literaria y teatral a temas sentimentales, despiertan de forma automática el interés del espectador. Ubicado en un espacio abstracto y con la única compañía de un pequeño jarrón, este abanico que ocupa la parte central del lienzo nos parece el testigo de múltiples aventuras, el recuerdo de innumerables lances amorosos. Pero es, además, gracias a los pinceles de Carlsen, un objeto bello en sí mismo, parte de un universo de armonía cromática de increíble exquisitez. Los objetos con alma y presencia, pero también los objetos reducidos al mero goce de sus formas y colores: un detonante para la imaginación del que los contempla, pero también para el disfrute de sus sentidos.

Después de muchos años de dar clase a los más jóvenes del instituto, este curso solo tengo grupos de mayores. Aunque me encuentro muy a gusto con ellos, reconozco que echo de menos los rostros y expresiones de los más pequeños, sus miradas limpias y sus comentarios llenos de ingenuidad e imaginación. Por eso he querido traer hoy a esta sección el delicioso cuadro de Ángeles Santos titulado Niña (Retrato de Conchita). A lo largo de su dilatada carrera, la pintora Ángeles Santos Torroella tuvo contacto con las vanguardias, en especial el Surrealismo y el Cubismo. Encontramos la huella del segundo en este cuadro en el que se aúnan tradición y modernidad. En un primer vistazo, este retrato seduce por la naturalidad de la modelo y la acertada captación del espíritu infantil. Es inevitable sentir atracción por los enormes ojos que nos escrutan desde el lienzo, por la actitud a medias curiosa y regocijada de la pequeña que nos oculta parte de su rostro tras una mano. Como es tan habitual en los niños, la modelo ha adoptado una postura inestable que va a durar apenas un segundo: es el que la autora ha elegido dejar detenido para la posteridad. Lo instantáneo y lo perdurable se alían así, de la misma forma que lo clásico y lo nuevo. Porque una observación más detallada pone en evidencia la simplificación de las formas y la reducción de la figura humana a volúmenes esenciales, herencia del Cubismo, así como una improvisada colocación de la modelo que nos sitúa en la estela del arte fotográfico. Una obra fácil en apariencia, que apela a nuestro lado sentimental, pero que esconde una compleja elaboración mezcla de elementos dispares; un ejemplo de cómo dirigirse a nuestro lado más básico, utilizando los recursos de una profunda sabiduría pictórica.

La obra del pintor y fotógrafo alemán Gerard Richter oscila entre dos posiciones muy distantes entre sí y rara vez unidas en el mismo artista: la abstracción y el hiperrealismo. Al último de estos estilos pertenece este retrato titulado Betty, uno de los dos que pintó empleando como modelo a su hija. Para realizar este tipo de cuadros, Richter parte de una fotografía que realiza él mismo y que traslada al lienzo con total fidelidad, pero a la que aplica luego su característico difuminado, que le da un toque especial y aleja el resultado de un realismo simple y ramplón. Ese es el juego que singulariza su obra: la imagen se parece al original, pero está envuelta en una pátina que la llena de encanto y misterio; es y no es como una fotografía. De los dos retratos que realizó de su hija Betty de niña, este me gusta especialmente: el movimiento espontáneo de la modelo, la sensación de instantaneidad, así como la incógnita del rostro que se nos oculta, componen una imagen atrayente, que capta de inmediato nuestra atención. El vivo estampado que resalta sobre el fondo neutro y los bellos matices de la melena hacen el resto. Acostumbrado a combinar formas y colores con total libertad en el terreno de la abstracción, Richter es también el dueño absoluto cuando se mueve en el ámbito de la figuración más estricta. A pesar de su fidelidad a la fotografía que le sirve de base, este retrato parece sacado de la imaginación del artista, que ha combinado elementos a su antojo con el fin de conservar para siempre la imagen de la joven Betty, tan llena de vida.

Estaba buscando el último cuadro para este mes de octubre cuando me he enterado de la muerte de la pintora Isabel Quintanilla. Desde hacía tiempo, alguna de sus obras formaba parte de la amplia lista de espera de la que se va nutriendo esta sección. Me habría gustado que fuera otro el motivo para seleccionarla, pero sirvan estas palabras como pequeño homenaje a una artista admirable. Isabel Quintanilla pertenece a ese grupo de talentos privilegiados capaces de dotar de magia y trascendencia a los aspectos más vulgares de la vida. Un vaso es el sencillo título de este cuadro extraordinario. Partiendo de una paleta restringida al máximo, Quintanilla consigue algo inaudito: pintar lo transparente. Este recipiente de cristal lleno de agua, apoyado sobre un alféizar blanco, recortado en el marco también blanco de la ventana que se abre a un paisaje urbano de idéntico color, podría haber sido la nada absoluta, pero lo es todo. Con los elementos mínimos ―la realidad más simple y cotidiana, la mayor de las restricciones cromáticas―, la autora crea una composición en la que uno puede recrearse durante horas. ¿Qué tiene este humilde vaso para reclamar de semejante forma nuestra atención? ¿El indudable alarde técnico con que está pintado, el aura de soledad que lo envuelve, lo que sugiere sobre el universo humano que descubriríamos si nos fuera dado asomarnos al entorno que lo rodea? Es un cuadro arriesgado de puro sencillo. Difícil ―casi imposible, diría yo― crear más con menos.

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