domingo, 22 de octubre de 2017

PRIMICIAS DEL OTOÑO

La mañana del pasado miércoles, el otoño me saludó dando golpecitos en la ventana de mi alcoba. Como unos dedos tamborileando sobre el cristal, las gotas de lluvia se esmeraron, cristalinas y metódicas, en despertarme. Se adelantaron por poco al ruido del despertador. Fue, desde luego, un despertar mucho más agradable.

Salí a la calle un poco desconcertada, con los pies enfundados en botas por primera vez desde hacía meses. Siempre me acuerdo de Ray Bradbury en estas ocasiones: igual que el protagonista de El vino del estío llama “calzarse el verano” a sustituir los zapatos de invierno por unas zapatillas de tenis, yo me acababa de calzar el otoño a través de esas botas negras en cuyo interior mis dedos se revolvían incómodos, sorprendidos por tan repentina prisión tras meses de esparcimiento.

Mi camino hasta el trabajo es breve ―tengo esa suerte―, pero esta mañana de la que hablo estuvo lleno de detalles significativos, de novedades que marcaban un paisaje por estrenar, distinto por completo al del día anterior. No sé si es imaginación mía el desconcierto que me pareció leer en rostros e indumentarias de transeúntes: los chubasqueros y paraguas recién rescatados del fondo de los armarios se mezclaban con prendas de verano que se resistían a desaparecer. Bajo el velo de la lluvia, las camisetas de colores y las faldas vaporosas tenían ese inevitable aire de tristeza que desprende la ropa fuera de estación. Una colonia de gitanos del este con la que me cruzo cada mañana en una esquina de Plaza de España había sustituido su habitual actitud expansiva y vocinglera por un silencioso recogimiento: sentados en un escalón, cobijados bajo una cornisa, hombres y mujeres bebían cafés calientes en vasos de plástico. Una riada de muchachos pertrechados con mochilas me adelantó por la cuesta arriba. Son los mismos estudiantes que habitualmente demoran la entrada a clase a base de risas y charla. Esa mañana apresuraban su paso bajo la lluvia.

A mitad de la cuesta tuve mi habitual encuentro diario con unos personajes singulares. Solemos coincidir en el mismo punto: tanto ellos como yo somos extremadamente puntuales. Se podría poner en hora un reloj atendiendo a ese cruce matutino entre la profesora que se dirige a su primera clase de la jornada y una chica que saca a pasear a cuatro perros de razas y dimensiones variadas. Resulta una estampa curiosa, que hace sonreír a más de un transeúnte, la mujer que baja la cuesta llevando con una correa a un perrazo que camina majestuoso y escoltada por tres perrillos de tamaño menguante ―cada uno podría contener al anterior, como unas matruscas caninas― que avanzan solos, en perfecta formación, con sus pasos saltarines. Me he acostumbrado de tal forma a encontrarme con ellos, que si algún día faltaran a su cita diaria, me preocuparía. El pasado miércoles me los encontré como todas las mañanas, pero en la acera que parecía de pronto abarrotada por culpa de los paraguas, solo vi avanzar a la mujer y al mayor de los perros. Tuve que estar casi encima de ellos para ver aparecer por en medio de las piernas de los viandantes a los tres pequeñitos, que venían igual de serios y decididos que siempre, pero ataviados con unos primorosos jerseys de colores. Desfilaron junto a mí y pasaron de largo sin atender a las sonrisas que provocaban. Se perdieron en la lluvia, manteniendo su fila india por encima de los charcos, coloridos y otoñales. En aquel instante tuve la sensación ―déjenme soñar― de que la estación recién estrenada venía cargada de deliciosas sorpresas. 

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