jueves, 12 de octubre de 2017

MIS FOTÓGRAFOS (XIV)


Sirviéndose de recursos que confieren a sus imágenes un indudable carácter pictórico, la fotógrafa búlgara Katia Chausheva es autora de un mundo íntimo y delicado, con frecuentes toques oníricos. Sus creaciones me resultan todas ellas inspiradoras, pero no he dudado en elegir la que encabeza estas líneas, que, por su parecido con ciertas escenas de mis sueños, me produce por ello una doble sensación de extrañamiento y cercanía. Gracias a una exposición múltiple, Chausheva sitúa en el escenario del bosque a un caballo que no debería estar allí y que avanza, fantasmal e imparable, por un curioso camino empedrado. Todo en este bosque es simétrico, extrañamente quieto y ordenado: los troncos en perfecta verticalidad, el sendero que se quiebra en ángulos para adentrarse en la niebla. Es un paisaje compuesto a base de elementos que no casan del todo; el equilibrio de las líneas y el ambiente sombrío son percepciones opuestas, que chocan en nuestro cerebro acostumbrado al imaginario tenebroso heredado de románticos y surrealistas. Somos claramente espectadores no implicados en la escena (el camino se desvía hacia nuestra derecha y no nos invita por ello a adentrarnos en el bosque, el caballo está a punto de pasar de largo a nuestro lado), pero aun así es inevitable que busquemos un sentido a esta visión inquietante, que estamos abocados a contemplar desde fuera, sin comprender su alcance.

Nunca antes había repetido fotógrafo en esta sección, pero media tanta distancia entre el delicado blanco y negro de Alas de mariposa, la obra de Cristina García Rodero que incluí en septiembre de 2012, y esta explosión cromática perteneciente a su serie Tierra de sueños, que parece como si se tratara de una autora diferente. En efecto, Cristina García Rodero se ha pasado al color. Y lo ha hecho para retratar aspectos de la vida del país colorido por antonomasia, la India, pero también ―curiosamente― para adentrarse en terrenos sombríos. Tierra de sueños es una serie fotográfica que saca a la luz a los más vulnerables de una sociedad llena de vida y de contrastes. Enfermos, niños invidentes y con parálisis cerebral son los protagonistas de este fresco de alto impacto visual y emocional. A veces, como en el caso de la fotografía que precede a estas líneas, bajo la espectacular belleza de la imagen subyace una realidad terrible: estas jovencitas envueltas en el más hermoso de los azules son actrices de un espectáculo con el que se pretende concienciar a la población del horror que suponen los abortos selectivos. Cristina García Rodero ha abandonado por una vez el blanco y negro, pero no el claroscuro en que se encuentra sumida la existencia de gran parte de la humanidad.


Hará cosa de un mes, publiqué una entrada sobre la exposición Wildlife Photographer of the Year, en la que comentaba las imágenes que más habían llamado mi atención cuando la visité. Dejé fuera a propósito una de ellas, probablemente la que me había resultado más sugerente y atractiva. Quería incluirla en esta sección por la que llevan años desfilando fotógrafos de variado renombre y carácter, para dejar con ella representado a ese amplio número de artífices de la imagen empeñados en perseguir y atrapar con sus objetivos la belleza del mundo natural. Su autor es el noruego Audun Rikardsen; su expresivo y conciso título en inglés, que me resisto a traducir, Night blow. La cartela que la acompañaba en la exposición narraba las circunstancias en que fue tomada, que constituían en sí un episodio de novela de aventuras: la noche polar, el barco pesquero que regresa a puerto escoltado por varias ballenas que buscan alimento fácil, el fotógrafo que sale en su bote y en su precipitación olvida llevarse una linterna, la arriesgada postura fuera de la borda y el premio del chorro de vapor emergiendo frente al objetivo tras una larga y peligrosa espera. No en vano, esta fotografía tiene la fuerza y la poesía de las novelas de aventuras tradicionales, de Stevenson y de Melville, y también, como en estos autores, conjuga la grandeza del mundo material con el alcance metafísico de la peripecia, que es a la vez una superación de obstáculos reales y una búsqueda de la propia identidad. A mí este fotógrafo que persigue al monstruo marino en una noche sin amanecer me parece un símbolo del ser humano enfrentado a sus terrores más hondos: fotografía de la naturaleza, desde luego, pero también de la naturaleza humana.

Tenía decidido desde hacía tiempo que la siguiente imagen que comentaría en esta sección sería una de las que forman la serie titulada La calle, del fotógrafo barcelonés Joan Colom. Los trágicos acontecimientos sucedidos esta semana en Barcelona han convertido esta elección en una triste coincidencia. Colom es un extraordinario cronista de los barrios más complicados de la Ciudad Condal, que recorrió durante años con una cámara convenientemente disimulada para no perturbar las actividades de sus habitantes y poder así mostrar el pulso real de la calle. Prostitutas con sus clientes, tipos marginales, policías y maleantes son los protagonistas habituales de un universo gráfico lleno de vida. Todas las imágenes pertenecientes a esta serie que he podido ver rebosan naturalidad y comprensión hacia los personajes que en ellas aparecen. Por razones sentimentales, y supongo que también relacionadas con mi profesión, me atrae de forma especial el retrato de este muchachito de mirada difícil e indumentaria de adulto, que recibe de forma poco complaciente el gesto autoritario de una persona carente de rasgos individuales. El encuadre es un prodigio de expresividad y eficacia: las líneas rectas que representan el orden establecido, representado tan sólo por la caída de una gabardina y un brazo extendido con gesto terminante, en un feroz ángulo recto, frente al movimiento de los chiquillos callejeros del fondo, pillados en plena actividad y desenfocados. Y, en el centro de la composición, nuestro protagonista, con su actitud corporal de hombre en miniatura, clavando su mirada en nosotros como si se saliera por un instante de su contexto para explicarnos sin necesidad de palabras las razones de su amargura precoz, de su gesto airado. 

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