jueves, 28 de septiembre de 2017

MIS ESPEJOS ROTOS

Un amigo me contó hace tiempo que su mala memoria para los títulos le trae una consecuencia indeseada, aparte de la lógica dificultad para dar su opinión en conversaciones sobre literatura: le ha ocurrido más de una vez comprarse un libro que ya había leído porque el título no le resultaba familiar. Yo de momento no me he visto en esa situación, pero sí me ocurre tener en mis estanterías varias ediciones de la misma obra. Me sucede con los libros que amo de forma especial, que compro repetidas veces con cualquier excusa o que me regalan las personas que me conocen bien. Me sucede, como no podía ser de otra forma, con mi novela favorita de Mercè Rodoreda (que es lo mismo que decir una de mis dos o tres novelas favoritas, en términos absolutos): Espejo roto.

Mi primer Espejo roto lo compré siendo muy joven. Era, como correspondía a mi edad y mi situación de estudiante sin recursos, una modesta edición de bolsillo que ha soportado con dignidad el paso del tiempo y que conservo en buen estado, aunque el tono amarillento de sus páginas delata su edad. Hace juego en la estantería con otros libros baratos en los que invertí mis escasos ahorros de aquella época: una selección de lo mucho que leía en mis tiempos de universidad gracias a las bibliotecas públicas. Es de esos libritos humildes y de letra pequeña que uno mira con simpatía y añoranza, porque remite de inmediato a un tiempo de ilusiones y vista intactas.

Cuando un par de décadas después sentí llegado el momento de la relectura, no pude evitar el impulso de adquirir una edición mejor: un volumen más grueso, con papel de mayor calidad y un precioso cuadro de Santiago Rusiñol en la cubierta. Este ejemplar lo tengo plagado de adhesivos de colores que señalan pasajes de especial interés para mí; es el que usé en la tertulia dedicada a Espejo roto de mi club de lectores de Valmojado, hace más de seis años. No es ya el libro de una estudiante, sino el de una profesora. Tiene, por fortuna, la letra de mayor tamaño y se lee con menos esfuerzo. El tiempo no pasa en vano.

Escribo todo lo anterior porque me acaban de regalar una tercera edición de Espejo roto. Lo han hecho los que han sido durante años mis compañeros en el instituto de Valmojado y seguirán siendo ―confío en ello― mis amigos durante muchos más. Se trata del libro más valioso de los tres: una cuidada edición del Círculo de Lectores, de tapa dura, con un papel maravilloso y dibujos del pintor Ràfols-Casamada. Acorde con el paso de los años, este libro no es el apropiado para una estudiante que descubre asombrada una obra que marcará su vida, ni para la profesora deseosa de compartir su entusiasmo con otros amantes de la lectura. Es un libro que se saca de la estantería en los momentos de calma, cuyas páginas se pasan con lentitud y cuidado, cuyos pasajes e ilustraciones se hojean sin plan previo, dejándose llevar por el puro placer del recuerdo y la contemplación. Nada de lecturas apresuradas en transportes públicos, nada de adhesivos y marcapáginas que señalan citas que se intenta salvar del olvido. Ahora lo que prima es la evocación caprichosa, la búsqueda sosegada de las sensaciones que se han quedado prendidas entre esas líneas a lo largo de tantos años.

El pintor y literato Albert Ràfols-Casamada ilustró las principales novelas de su paisana Mercè Rodoreda. Sus dibujos aparecen en las hermosas ediciones en catalán y castellano de Espejo roto, La plaza del Diamante, La calle de las Camelias y Todos los cuentos realizadas por el Círculo de Lectores en la década de los noventa. Como artista plástico, Ràfols-Casamada se movió durante gran parte de su carrera en el terreno de la abstracción. Su obra, sobria y delicada, tiene un enorme poder de sugerencia, de captación de la esencia de la realidad: es la pintura de un poeta. Cuando ilustra las novelas de Rodoreda, se mantiene dentro de los límites de la figuración; una figuración reducida a sus líneas esenciales, con cierto aire primario e infantil, con un colorido básico y una singular capacidad para elegir el detalle revelador. Para ilustrar Espejo roto, realiza dibujos que recogen el mundo inanimado y vegetal que acompaña durante décadas la saga de los Valldaura. No vemos en ellos a ninguno de los protagonistas humanos de la historia, pero sí los elementos cargados de significación que los acompañan: el antifaz de la fiesta que une a Teresa y Salvador, los fundadores del clan; el laurel y el pozo que presiden el jardín familiar; el tronco de árbol con las iniciales de Sofia y Eladi, segunda generación de los Valldaura; el barreño y la manguera con los que se refrescan las criadas en un verano asfixiante; el jarroncillo con la rosa roja que preside el escritorio del notario Riera, confidente discreto de los secretos familiares; el tejado desde el cual Maria, la nieta, se precipita al vacío… y el espejo roto al pie de la escalera en el que Armanda, la criada fiel, ve reflejados fragmentos de la vida pasada en la mansión familiar, desmantelada por la guerra. Plantas y objetos, testigos silenciosos del devenir de los años, de los amores, envidias, rencores, infidelidades y pérdidas que jalonan la vida de tres generaciones. Ràfols-Casamada es un ilustrador sutil y poético que conoce el poder de evocación de los detalles, la fuerza simbólica de lo concreto: las mismas cualidades que despliega Rodoreda, una novelista capaz de recrear a base de imágenes estáticas y sucesivas el devenir de un universo familiar que se va deteriorando hasta la destrucción y el vacío. Un encuentro afortunado, el de estas dos sensibilidades a la vez delicadas y potentes, capaces de entender y transmitir el poder de las pequeñas cosas. 

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